Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 1
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COMUNICADO DE LA COMISARÍA DE PALM HAVEN

Buenos días. Hace dos días, una mujer llamada Daphne St. Clair se puso en contacto con la policía y confesó una serie de asesinatos que afectan a cuatro estados y dos países y que han sido cometidos a lo largo de setenta años.

Se trata de los supuestos crímenes de varios hombres con quienes la señora St. Clair mantenía una relación sentimental.

Uno de estos delitos, el envenenamiento de Warren Ackerman, tuvo lugar hace tres días en una residencia para la tercera edad de la localidad.

Ayer se practicó la autopsia al cuerpo del señor Ackerman, y ahora disponemos de pruebas lo bastante sólidas como para acusar a la señora St. Clair de haber cometido el delito de asesinato en primer grado.

Por el momento, no revelaremos ninguna información sobre los otros crímenes, puesto que no tenemos pruebas fehacientes que los corroboren.

La señora St. Clair también ha empleado varios alias a lo largo de los años, que deberemos investigar.

No obstante, trabajaremos en coordinación con las autoridades policiales de otras jurisdicciones, que han mostrado un gran interés en la confesión de la señora St. Clair.

El asesinato de Warren Ackerman, que tuvo lugar aquí, en Florida, será el eje de nuestra investigación.

Ya hemos podido recabar una notable cantidad de pruebas pertinentes, ya que este asesinato es muy reciente.

Este caso resulta más complejo por el hecho de que la señora St. Clair tiene noventa años y está delicada de salud.

En estos momentos, la Oficina del Fiscal del Distrito está buscando el lugar más adecuado para mantener recluida a la señora St. Clair en unas condiciones de seguridad dignas, pero no hay suficientes plazas.

Actualizaremos esta información a medida que avance el caso. Gracias.

Al día siguiente de que la policía emitiera el comunicado, vino a verme mi abogado, Arthur Tisdale.

Permaneció de pie junto a la ventana de mi salón con su traje de tres piezas, con la vista fija en el césped de la residencia, tan verde que parecía brillar bajo el sol de esa tarde de domingo.

Tisdale era, por lo visto, un abogado defensor muy famoso, el tipo de hombre que se aseguraba de que un magnate del mercado inmobiliario o un jugador de baloncesto profesional de Florida pudiera infringir cualquier ley que imperase en el cielo y la tierra sin tener que acabar vistiendo de naranja.

—Debo decir que es muy poco habitual que una asesina en serie confiese, especialmente cuando no está bajo sospecha —afirmó, escrutándome como si fuera un trozo de carne de dudosa calidad.

—Supongo que, después de crearme, Dios rompió el molde —bromeé, pero Tisdale no sonrió.

—Deberemos hacerle un reconocimiento, para tener la certeza de que está en plenas facultades mentales, por haber confesado y también para prestar declaración.

Y hay muchas probabilidades de que no ingrese en prisión, ya que debido a su edad y problemas de salud no es fácil para las autoridades penitenciarias buscarle un lugar apropiado.

Además, el personal me ha comentado que, debido a sus problemas de movilidad, no hay riesgo de fuga.

—Entendido dije, algo decepcionada porque aún no iba a cambiar nada en realidad.

Ya estaba encerrada en mi habitación; a partir de ahora, no se me permitiría ir a las zonas comunes ni estar con otros residentes.

Caray, matas a un viejo y, de pronto, nadie quiere sentarse contigo en el comedor.

Sabía que los residentes me odiaban e incluso los auxiliares que me traían la comida y me bañaban lo hacían con una expresión glacial.

No sé si alguna vez te ha frotado la espalda alguien que te considera una escoria, pero no lo recomiendo.

—También es importante que no abandone el centro, porque será un caso mediático, con múltiples investigaciones y muchas víctimas, y puede que alguien quisiera hacerle daño.

Varias personas ya han acudido a mi despacho para tratar de ponerse en contacto con usted.

Algunas serán periodistas, pero otras podrían tener intenciones más perversas.

—Bueno, supongo que soy como la luna llena; hago salir a todos los locos —dije riendo.

—Pero quiero dejar claro que una declaración como culpable comportará una condena de prisión. En este estado hay personas de ochenta y noventa años en la cárcel.

—Lo sé —dije—. Esto es Florida. Tiene mano dura con el crimen.

Y supongo que matar a gente mayor perjudica los negocios en este paraíso para los jubilados.

—También sabía que eran implacables con los asesinos en serie.

Ejecutaron a Aileen Wuornos, y también a Ted Bundy.

Los pueblerinos incluso habían montado fiestas a lo «Bundy Burn» el día de su ejecución.

—Finalmente, otros estados podrían tratar de extraditarla por los crímenes que haya cometido en sus jurisdicciones.

En los próximos meses, es probable que reciba visitas de estos investigadores de otros estados, para ayudarles en sus pesquisas.

Yo, por supuesto, estaré presente, pero no creo que deba preocuparse en exceso por la extradición.

Los procesos judiciales son —carraspeó, incómodo— largos, y para decirlo con delicadeza…

—Es probable que yo muera antes —le interrumpí.

—¿Quién se está muriendo ahora? —inquirió una voz. Levanté la cabeza y vi a mis hijas gemelas, Rose y Diane, de sesenta años, y a mi nieta Harper, esperando a que las hicieran pasar a la habitación.

—Ah, veo que tiene visita. Esto está bien, en líneas generales ya hemos terminado —dijo Tisdale, que se despidió con gesto ceremonioso y se retiró. Diane lo siguió con la mirada hasta que salió. Siempre había sentido debilidad por los buenos trajes.

—Y bien, ¿qué os trae a las dos por aquí? —pregunté.

Aunque vivían tan solo a una hora en coche de allí, llevaba meses sin verlas.

A la gente no le gusta ir a visitar a sus padres ancianos.

Lo entiendo; casi todas las personas mayores solo tienen un tema de conversación: las múltiples formas apasionantes en que su cuerpo se va consumiendo.

Yo siempre he suscitado interés, aunque la gente no se haya dado cuenta completamente hasta ahora.

Hay algo curioso en la vida: cuando tus hijos son pequeños, no te puedes imaginar lo cabrones que pueden llegar a ser.

Date tiempo y lo verás por ti mismo. Mi hijo pasó de ser un niño bueno a un hombre inteligente y correcto, pero por desgracia mis gemelas se vinieron abajo como suflés.

Se lo di todo, pero en lugar de conformarse querían más, y más, y más.

Cuando me quedé embarazada de ellas, se me empezaron a agrietar las uñas y perdí dos dientes.

Me absorbían los minerales de los huesos, literalmente, me comían viva.

Y así es como han sido siempre: cuatro manos avariciosas y dos boquitas perversas que piden más.

Mis dos hijas estaban embarcadas en una lucha frenética contra el tiempo, y se inyectaban tanto bótox y relleno en la cara que lucían una piel tersa y brillante, como unos globos demasiado inflados.

A una manzana de distancia, parecían atractivas; ambas se teñían el pelo de un rubio miel y presumían de un bronceado dorado y unos dientes de un blanco reluciente.

Sin embargo, lo único que veía cuando las miraba eran etiquetas de precio.

Incluso sus dientes eran pura fachada. Los de verdad, los que había visto asomar en sus encías y que les había enseñado a cepillar, habían sido reducidos a púas y recubiertos de porcelana.

—Bueno, tu pequeño reclamo de ayuda ha funcionado.

Hemos venido a verte. ¿Ahora vas a decirle a policía que te has inventado todo esto para llamar la atención?

—dijo Diane mientras caminaba delante de mi butaca con una voz cargada de condescendencia, como si yo fuera una niña que explicaba a sus compañeros que había venido a clase montada en un dinosaurio.

—Diane… —dije, pero me interrumpió un chillido y un golpe de una mano arreglada.

—Mamá, te lo he dicho un millón de veces. Llámame Diana. Diane suena a camarera.

—Ah, ¿de una mujer con trabajo? Sí, mucho mejor que sonar a desempleada —solté con un resoplido—.

Te he parido. Creo que me he ganado el derecho a llamarte como quiera.

—Sabía que estaba siendo hipócrita. Diane quería variar una sílaba de su nombre, mientras que yo me había cambiado el mío con la misma frecuencia con la que uno se podía cambiar de compañía telefónica.

Sin embargo, la insistencia de Diane en un nombre con más clase realzaba la vena egoísta que dominaba las personalidades de las gemelas.

Entregarían cualquier retazo de felicidad que poseyeran a cambio de una piscina, una tarjeta American Express negra y un atractivo código postal. De hecho, ya lo habían hecho.

—No se trata del nombre de Diana —terció Rose. Querida Rose, siempre la segunda en hablar y la última en pensar—. Mamá, ¿qué es lo que ocurre? ¿Le has dicho a la policía que has matado a un viejo?

—Bueno, sí, entre otros —contesté con voz suave—. He matado a un montón de hombres, de hecho. Tendría que sentarme con un lápiz y papel para saber cuántos.

—¿Eso es por la demencia? —preguntó Rose a Diane en voz baja.

Diane se encogió de hombros.

—Los médicos dicen que no. Y no sé sobre el… resto, pero la policía cree que cuenta la verdad sobre Warren. —Diane me echó una mirada y levantó la voz, por si acaso había empezado a chochear de repente en los últimos diez segundos.

— MAMÁ, ¿TE HAS CONFUNDIDO? TAL VEZ SOLO PIENSES QUE MATASTE A ESAS PERSONAS… ¿O FANTASEAS CON QUE LO HICISTE?