Los seis asesinatos de Daphne St. Clair Prólogo
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Los seis asesinatos de Daphne St. Clair

Los seis asesinatos de Daphne St. Clair

Por MacKenzie Common

© inepub.com

Prólogo

PRÓLOGO

Lo encontraron un jueves por la mañana, cubierto con su edredón de forma tan pulcra como el papel que envuelve un cigarrillo.

Siempre dormía así, pero ese día su rostro lucía gris e inexpresivo.

El personal de la residencia de la tercera edad Coconut Grove llamó a urgencias, y aunque habían llevado a cabo ese ritual muchas veces, en esta ocasión la tristeza era más palpable en el ambiente.

Warren Ackerman había sido un residente muy apreciado, un caballero encantador a quien le apasionaba canturrear baladas para arrancar una sonrisa a las enfermeras.

Ingresó cuando se quedó viudo, y el resto de los residentes, que eran en su mayoría mujeres, se habían comportado como colegialas con él, obsequiándole con sonrisas de labios rojos y bombones de las cajas que les regalaban para sus cumpleaños.

Después de casi un año, Warren había elegido una novia, y los pintalabios rojos se guardaron.

Estar con Daphne St. Clair solo había hecho que se sintiera más feliz, y sus pasos de baile eran incluso más ligeros cuando daba vueltas junto a la silla de ruedas de ella.

Y ahora, toda esa alegría y la promesa de una oportunidad más para amar, y para ser amado, se había esfumado.

Daphne se quedó allí, observando cómo se llevaban la camilla con el cuerpo amortajado, rodeándose a sí misma con esos brazos endebles.

Parecía tan pequeña y desvalida que los demás se apartaron, recordando todas las historias compartidas, que se desvanecieron en un instante.

Casi todas las mujeres habían pasado por la dolorosa transición de esposas a viudas, y ver a Daphne y la camilla tan solo les recordó que algún día también abandonarían Coconut Grove del mismo modo.

Los auxiliares estuvieron más pendientes de Daphne, acomodándola de nuevo sobre sus almohadas, ofreciéndole sábanas suaves y compañía, pero ella deseaba estar sola.

Sus hijas gemelas vivían en la misma localidad, pero la visitaban con la misma frecuencia que nevaba en Florida.

Realmente era una lástima, porque Daphne era una anciana encantadora: alegre pero sofisticada, con el porte regio de alguien que ha sido poseedor de una gran belleza durante buena parte de su vida.

Si bien la edad había apagado su presencia, el recuerdo de haber sido digna de admiración iluminaba sus rasgos.

Cuando la cena terminó y Daphne todavía no había salido de la habitación, Rachel, una de las auxiliares, decidió llamar a su hija Diane.

Sin duda, Daphne tenía que recordar que no estaba sola, que la gente la amaba, y de eso debía encargarse su hija.

Cuando Diane respondió, Rachel le comunicó que Warren había muerto y le sugirió que llamara a su madre para saber cómo estaba.

Diane le contestó que intentaría encontrar un hueco, pero que estaba muy ocupada.

—Hola, mamá. Me han dicho hoy se te ha muerto alguien —dijo Diane.

—Sí, así es. Warren, un hombre muy majo —respondió Daphne con una voz más apagada de lo normal.

—Ni siquiera sabía que tenías novio —replicó Diane.

—Nos hemos estado viendo durante casi un año. Fue un gran apoyo para mí durante la pandemia —reveló Daphne en voz baja.

—Es muy triste, mamá, pero es algo inevitable en una residencia de ancianos. De todas formas, es un poco ridículo, ¿no? Tener novio a tu edad. —Su hija hablaba con aire distraído, como si viera la televisión.

—Vaya, no pretendía incomodarte —dijo Daphne con aspereza—. Bueno, ahora quiero acostarme.

—Vale. Esto…, intentaré venir pronto. Tal vez traiga a Harper —dijo Diane, pero su madre ya había colgado. Sintió una punzada de culpa por no haber sido más amable, pero la cosa quedó ahí. Su madre era fuerte. Un sueño reparador y al día siguiente volvería a ser la de siempre.

Tras colgar el teléfono, Daphne se sentó en el borde de la cama; el colchón era tan mullido y grueso que apenas rozaba el suelo con los dedos de los pies.

No encendió la luz y permaneció en la penumbra gris azulada que bañaba las paredes.

Era ese momento liminal, la frontera entre el día y la noche, cuando todo parecía muy oscuro, pero a la vez relucía.

Aunque la luz siguió apagándose, Daphne se quedó allí sentada, con la vista fija en el vacío que la rodeaba.

Finalmente descolgó el teléfono de la mesita de noche y empezó a marcar, con movimientos precisos y sin vacilar.

—Comisaría de Palm Haven. ¿En qué le podemos ayudar?

—Hola —empezó aclarándose la garganta, y luego prosiguió—.

Hoy han encontrado sin vida a un hombre llamado Warren Ackerman en la residencia de la tercera edad Coconut Grove.

Todo el mundo cree que se ha muerto de viejo, pero en realidad ha sido asesinado.

Yo lo he matado. A decir verdad, he matado a muchas personas…