Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 25 Mami
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CAPÍTULO 25 Mami

Mami

Mientras Michael, Nathaniel y Ethan continuaban examinando la escena del crimen, Matt regresó tras hablar con varios vecinos del barrio. Caminaba con una libreta entre las manos y una expresión que dejaba claro que había encontrado algo interesante.

—¿Sabéis a quiénes me recuerdan esos dos? —murmuró Nathaniel, señalando a Ethan y Matt con una sonrisa.

Michael giró la cabeza.

—A ver...

—A Eminem y a Machine Gun Kelly. Ethan tiene el aire del primero y Matt del segundo, aunque uno sea más joven y el otro siga soltero porque nadie lo aguanta.

Matt levantó la vista al escucharlo.

—Lo he oído.

—Era la intención.

Las risas duraron apenas unos segundos.

—Hemos hablado con los vecinos y preguntado por las cámaras de seguridad —explicó Ethan mientras abría la libreta—. Sorpresa... no hay ninguna funcionando.

—¿Cómo que no? —preguntó Michael.

—Desde hace meses un grupo de vándalos se dedica a destrozarlas. El ayuntamiento dejó de sustituirlas hasta que los

detengamos. Dicen que no piensan gastar más dinero para que las vuelvan a romper.

Nathaniel negó con resignación.

—Fantástico.

—Lo curioso viene ahora —continuó Ethan—.

Los vecinos organizan vigilancia por las noches porque aseguran que ese grupo siempre aparece por esta zona.

Nadie sabe exactamente qué hacen, pero entran y salen de los almacenes abandonados durante horas.

Y varios de ellos reconocieron a Kevin. Lo habían visto muchas veces con ese grupo.

Michael permaneció pensativo.

—No encaja.

—¿Por qué? —preguntó Matt.

—Kevin era uno de los hombres más importantes de la mafia del Bronx. No se paseaba por un barrio portuario para perder el tiempo. Si venía aquí con frecuencia, era por algo.

Nathaniel asintió lentamente.

—Un almacén. Un cargamento. O un punto de reunión.

Michael volvió la vista hacia el canal.

—Quiero la identidad de todos esos chavales antes de que acabe el día.

Aquella misma mañana yo me encontraba en casa de Sasha.

Habían pasado varios meses desde mi boda con Michael y mi vida había cambiado por completo. Ya no solo era la doctora Megan Brown. También era una mujer feliz. Una esposa. Y dentro de unos meses...

Una madre.

La habitación donde Sasha recibía a determinadas personas seguía exactamente igual que la recordaba.

Un despacho improvisado en una de las habitaciones de su casa, presidido por un enorme escritorio de roble lleno de papeles, un cenicero de cristal y varias botellas de licor.

Ella permanecía sentada con los pies sobre la mesa, fumando un cigarrillo mientras me observaba desde el momento en que crucé la puerta.

No hizo falta que hablara.

Me conocía demasiado bien.

—Llevas cinco minutos aquí y todavía no has dicho una sola palabra. ¿Qué demonios te pasa?

Sonreí sin darme cuenta.

—Estoy embarazada.

Sasha tardó unos segundos en reaccionar. Después apagó el cigarro de golpe y se levantó de la silla.

—¿Qué acabas de decir?

—Voy a ser madre.

Durante un instante pensé que iba a abrazarme.

No lo hizo.

Su expresión cambió por completo.

—¿Y qué pasa con el negocio?

Respiré hondo.

—Lo dejo.

—No me hagas reír.

—Hablo en serio.

Sasha comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación.

—¿Después de tantos años? ¿Después de todo lo que hemos construido?

—Mi vida ya no es esa.

—¿Porque te has casado con un policía?

—Porque voy a formar una familia.

—Las familias también necesitan dinero.

La miré fijamente.

—Michael gana lo suficiente. Yo también tengo mi consulta.

Sasha soltó una carcajada cargada de ironía.

—¿De verdad piensas vivir como una psicóloga ejemplar? ¿Olvidar todo lo demás?

Noté cómo empezaba a enfadarme.

—No quiero que mi hijo crezca rodeado de mentiras.

—¿Mentiras?

Su voz se volvió mucho más dura.

—No sobrevivimos gracias a las mentiras, Megan. Sobrevivimos porque nadie nos regaló absolutamente nada.

Guardé silencio.

Sabía que parte de lo que decía era cierto.

Pero también sabía que aquella vida había terminado para mí.

—No pienso volver.

Sasha golpeó el escritorio con fuerza.

—¡No puedes marcharte así!

—Sí puedo.

—Nos debes demasiado.

Aquellas palabras me atravesaron como un cuchillo.

La observé durante unos segundos antes de responder.

—No. La deuda quedó saldada hace muchos años.

Las dos permanecimos en silencio.

Fue entonces cuando tomé una decisión.

Una que llevaba demasiado tiempo guardando.

—Hay algo que Michael no sabe.

Sasha levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué has hecho ahora?

Tragué saliva.

—No solo trabajé para el negocio...

Mis manos comenzaron a temblar.

—Fui yo quien escondió el dinero de Kevin antes de que lo detuvieran.

El despacho quedó completamente en silencio.

Sasha abrió los ojos con incredulidad.

—¿Sigues teniendo ese dinero?

Negué despacio.

—No.

Hice una pausa.

—Pero sé exactamente dónde está.

Y, por primera vez en muchos años, comprendí que aquel secreto podía destruir no solo mi matrimonio... sino también la carrera del hombre al que más amaba.