Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 24 Srs. Brown
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CAPÍTULO 24 Srs. Brown

Srs. Brown

Michael colgó la llamada y se incorporó al tráfico.

Manhattan seguía siendo un caos incluso a primera hora de la mañana.

Taxis amarillos cambiaban de carril sin previo aviso, los peatones cruzaban con el semáforo todavía en rojo y el sonido de las sirenas se mezclaba con el de los cláxones.

Mientras esperaba en un semáforo, el teléfono vibró una vez más. Era un mensaje de Megan.

Una sonrisa apareció de forma inevitable en su rostro.

—Señora Brown... —murmuró para sí antes de guardar el teléfono.

El semáforo cambió a verde y continuó conduciendo hasta el puerto.

A medida que se acercaba, el movimiento policial era cada vez mayor.

Varias patrullas bloqueaban el acceso principal mientras una cinta amarilla delimitaba la escena del crimen.

Detrás de ella se agolpaban curiosos, periodistas y cámaras de televisión intentando obtener cualquier declaración antes de que la investigación comenzara oficialmente.

Michael aparcó junto a varios vehículos sin distintivos y caminó hacia el perímetro. Nathaniel lo esperaba con un café en una mano y una carpeta en la otra.

—Mira quién ha decidido aparecer. Pensaba que Matt iba a llamar a la señora Brown para denunciar tu desaparición.

Michael soltó una risa.

—¿Vais a seguir con esa broma mucho tiempo?

—Toda la vida. Antes desaparecías por culpa del trabajo; ahora desapareces por culpa del matrimonio.

—He dejado el móvil cargando en el coche.

Nathaniel sonrió con malicia.

—Claro... y yo me creo que llevabas una hora mirando cómo subía la batería.

Michael negó con la cabeza.

—Eres imbécil.

—Pero tengo razón.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde. Por cierto, ¿cómo está Megan?

—Bien.

—Eso significa que tú también.

Michael sonrió sin responder.

Nathaniel levantó la cinta policial para dejarlo pasar, pero apenas habían dado tres pasos cuando un grupo de periodistas se lanzó sobre ellos.

—¡Inspector Brown!

—¿Es cierto que el cadáver pertenece a Kevin Queen?

—¿Cómo ha salido de prisión?

—¿Ha habido una fuga?

Nathaniel se colocó delante de Michael con gesto serio.

—Caballeros, dejen trabajar a la policía. Tendrán información cuando podamos ofrecerla. Ahora, por favor, retrocedan.

Los agentes alejaron a la prensa mientras ambos inspectores continuaban caminando hasta la camilla donde trabajaba Helen.

La forense levantó la cabeza al escucharlos acercarse.

—Buenos días, guapo.

Nathaniel dejó escapar un largo suspiro.

—No falla. Llevo años viniendo a tus escenas del crimen y siempre saludas primero al mismo.

Helen sonrió de lado.

—¿Quieres que te mienta?

—Con que lo finjas me conformo.

Michael soltó una carcajada.

—Algún día lo superará.

—No creo. Tiene el ego muy delicado.

Nathaniel se llevó una mano al pecho.

—Qué poca sensibilidad. Luego dirás que no te invito a cenar.

—Porque sabes que te diría que no.

—Eso duele.

—No tanto como las autopsias.

Michael negó con la cabeza divertido.

—No sé cómo seguís teniendo exactamente la misma conversación cada vez que nos vemos.

—Porque él insiste desde hace años.

—Y algún día caerás.

—Sí... el mismo día que nieve en agosto.

Nathaniel resopló.

—Desde que eres el señor Brown te ríes demasiado.

—Desde que me casé soy feliz.

—Qué asco das.

Helen soltó una pequeña risa.

—Reconócelo, Nathaniel. Lo que tienes es envidia.

—¿Yo? Jamás.

Hizo una pausa.

—Bueno... un poco sí.

Los tres rieron al mismo tiempo.

La sonrisa desapareció cuando Helen retiró por completo la camisa del cadáver.

Sobre el pecho, grabada profundamente en la piel, solo había una palabra.

TRAIDOR.

Michael dio un paso al frente.

—Cuéntanos.

Helen señaló las marcas del cuello.

—La causa de la muerte parece evidente. Lo estrangularon con una cuerda antes de arrojar el cuerpo al agua. Sin embargo, cuando los pescadores lo encontraron ya no había ni cuerda ni el peso que utilizaron para hundirlo.

Levantó uno de los brazos del cadáver.

—También presenta marcas de inmovilización en las muñecas. Las ligaduras fueron cortadas. Según los pescadores, el cuerpo apareció exactamente así.

Michael examinó las heridas.

—Si encontramos la cuerda, quizá tengamos suerte con alguna fibra o restos biológicos.

Helen asintió.

—No descartaría ADN. He visto casos peores resolverse con mucho menos.

Nathaniel seguía observando el cadáver.

—Hay algo que no me cuadra. Kevin llevaba meses encerrado en prisión gracias a nosotros. No pudo aparecer aquí por arte de magia.

Michael cruzó los brazos.

—Esa es la primera pregunta que debemos responder.

—¿Se fugó?

—Lo dudo.

Helen negó lentamente.

—Por las lesiones que presenta, diría que pasó varias horas retenido antes de morir. Tiene hematomas recientes, golpes en las costillas y pequeñas fracturas en dos dedos de la mano derecha.

Nathaniel frunció el ceño.

—Lo interrogaron.

—O lo torturaron —añadió Helen.

Michael volvió a mirar la palabra grabada sobre el pecho.

TRAIDOR.

—Si la mafia ha sacado a Kevin de prisión para matarlo, significa que alguien muy poderoso ha colaborado desde dentro.

Nathaniel permaneció en silencio unos segundos.

—Y eso implica funcionarios, escoltas o incluso policías corruptos.

Michael negó lentamente.

—Kevin conocía demasiados secretos. Demasiados nombres. Demasiadas cuentas. Si alguien ha decidido silenciarlo ahora es porque tenía miedo de que hablara.

El silencio se apoderó de los tres.

Helen terminó de cubrir el cuerpo con la bolsa negra.

—Me lo llevo al Instituto de Anatomía Forense. Necesitaré unas horas para la necropsia. En cuanto tenga el informe preliminar, os llamaré.

—Gracias, Helen —respondió Michael.

Ella hizo un gesto de despedida y los celadores introdujeron la camilla en la furgoneta del instituto. Las puertas se cerraron lentamente y el vehículo abandonó el puerto escoltado por una patrulla.

Nathaniel observó cómo desaparecía entre el tráfico antes de romper el silencio.

—¿Por dónde empezamos?

Michael dirigió la vista hacia el agua del canal y respiró hondo.

—Por la prisión.

Hizo una pausa.

—Quiero saber quién fue la última persona que vio con vida a Kevin Queen.