CAPÍTULO 23 Cielo
Cielo
Michael soltó una carcajada al recordar el comentario de Matt. Negó con la cabeza y me miró con una sonrisa divertida.
—Al final va a tener razón Matt... Eee, colega, eso es mío, no tuyo.
La convivencia resultó ser mucho mejor de lo que ambos habíamos imaginado.
Cocinábamos juntos, discutíamos por quién fregaba los platos, nos robábamos comida del plato del otro y terminábamos riéndonos por cualquier tontería.
Poco a poco, aquella casa dejó de ser la mía para convertirse en nuestro hogar, un lugar donde la rutina era sinónimo de tranquilidad y felicidad.
Pero la vida todavía no había terminado de ponernos a prueba. Lo peor aún estaba por llegar.
Cenamos tranquilos, disfrutando de una normalidad que durante mucho tiempo había creído imposible.
Pasamos juntos las Navidades, decoramos la casa, cocinamos, intercambiamos regalos y, por primera vez en muchos años, sentí que tenía una familia de verdad.
Sin embargo, hubo algo que seguí evitando.
Todavía no quise presentar a Michael a mis padres.
No era el momento. Ellos no eran precisamente los padres más normales del mundo.
Eran dos ricachones de Manhattan, acostumbrados a las galas benéficas, las cenas de etiqueta y a relacionarse únicamente con personas de su mismo nivel económico.
Nunca entendieron que yo quisiera ejercer la psicología cerca de quienes más la necesitaban.
Cuando decidí abrir mi consulta en Brooklyn y dejar atrás el prestigio del Upper East Side, dijeron que era la mayor vergüenza del apellido Anderson.
Para ellos había desperdiciado mi futuro por atender a personas que, según sus propias palabras, jamás podrían devolverme todo lo que había invertido en mi carrera.
Desde aquel día comprendí que nunca me mirarían con orgullo.
Y por eso no estaba dispuesta a permitir que juzgaran también a Michael.
Michael debió de leer mis pensamientos. Me observó durante unos segundos con una sonrisa divertida antes de romper el silencio.
—¿Y bien? —preguntó con naturalidad—. ¿Cuándo vas a presentarme a mis suegros?
Sentí cómo el corazón me daba un vuelco. Solté una risa nerviosa e intenté apartar la mirada, pero era imposible engañarlo. Había dado justo en el único tema que llevaba semanas intentando evitar.
La conversación se volvió tan intensa que ni siquiera intenté escapar de la pregunta. Sabía que tarde o temprano tendría que responderle.
—Verás, amor... —dije después de suspirar—. Mis padres son de las personas más ricas de Manhattan. El apellido Anderson, a veces, pesa más de lo que imaginas. Para muchos es un símbolo de prestigio; para mí, muchas veces ha sido una carga.
Michael permaneció en silencio, escuchándome sin interrumpirme.
—Se olvidaron de dónde vienen. Hubo un tiempo en el que también tuvieron que aguantar a un jefe, contar cada dólar y trabajar hasta quedarse sin fuerzas.
Pero, desde que hicieron fortuna, viven convencidos de que el dinero mide el valor de una persona.
Todo gira en torno al apellido, a las apariencias y a los contactos.
Si no llevas un traje de miles de dólares o un cargo importante, simplemente dejas de existir para ellos.
Bajé la mirada unos segundos antes de volver a encontrarme con sus ojos.
—Y tengo miedo de que te miren igual. No porque tú no seas suficiente... sino porque ellos nunca han sabido ver más allá de una cuenta bancaria.
Michael sonrió con esa tranquilidad que siempre conseguía desarmarme. Tomó una de mis manos entre las suyas y la acarició con el pulgar antes de responder.
—Me conoces lo suficiente como para saber que no tengo miedo de que nadie me mire por encima del hombro.
Llevar una placa significa vivir con una diana en la espalda todos los días.
He tratado con políticos, empresarios, millonarios y con algunos de los ricachones más engreídos del planeta.
Créeme, sé controlar mi comportamiento. Si tus padres quieren juzgarme por no pertenecer a su mundo, será problema suyo, no mío.
Hizo una pequeña pausa y sonrió con dulzura.
—Lo único que me importa es que soy el hombre al que amas. Lo demás... es solo ruido.
Michael acarició mi mejilla con una ternura que desarmaba cualquier miedo.
—No somos ilegales, Megan. Nuestro amor no le hace daño a nadie.
Me da igual que haya personas que nunca lo acepten, incluso si ahora sigo siendo tu paciente.
Lo que siento por ti es real, y no pienso avergonzarme por ello.
He aprendido que la vida es demasiado corta para dejar que los demás decidan a quién podemos amar.
Mientras tú quieras caminar a mi lado, yo no pienso soltar tu mano.
Michael me sonrió con esa mezcla de seguridad y ternura que tanto me desarmaba.
—¿Qué te parece si mañana quedamos con ellos?
Me quedé sin palabras. Michael siempre había sido mi refugio, mi guardián, la persona que aparecía cada vez que sentía que el mundo empezaba a desmoronarse.
Mirándolo a los ojos, por un instante tuve unas ganas inmensas de confesarle toda la verdad.
De contarle quién era realmente, todo lo que había escondido durante años y el oscuro pasado que seguía persiguiéndome.
Sabía que, si lo hacía, su mundo se derrumbaría en cuestión de segundos.
El inspector que siempre había perseguido monstruos descubriría que dormía cada noche junto a uno de ellos.
Sentí un nudo en la garganta y me obligué a callar. Aún no era el momento.
Sonreí con todo el amor que sentía por él y acaricié su mejilla.
—Cariño... mañana nos veremos con la familia de policías.
Hice una breve pausa antes de añadir con una sonrisa más cálida.
—Y pasado mañana... conocerás a mi familia.
Reunión familiar policial
La reunión tuvo lugar en casa de Nathaniel.
Era una de esas barbacoas que empezaban al mediodía y terminaban entrada la noche, entre risas, cerveza y anécdotas de la comisaría.
Poco a poco fuimos llegando todos. Nathaniel nos recibió junto a su mujer y a su hija, que no dejaba de correr por el jardín.
Ethan apareció acompañado de Lili, una maquilladora profesional que había conseguido montar su propio negocio y que desprendía esa seguridad de quien ha luchado mucho para llegar donde está.
Michael y yo llegamos unos minutos después con varias bolsas de comida.
El único que volvió a presentarse solo fue Matt.
Como siempre, trató de esconderlo detrás de una sonrisa y una cerveza, aunque todos sabíamos que, desde la muerte de Mónica, ninguna mujer había conseguido ocupar el lugar que ella dejó en su vida.
Nada más llegar, Ethan rodeó la cintura de Lilia y sonrió con picardía.
—A ver, Lilith... hazme una pregunta.
Ella arqueó una ceja, divertida.
—¿Estás seguro?
—Claro.
Lilia sonrió de lado.
—Entonces dime... ¿cuánto tiempo llevamos juntos?
Ethan ni siquiera dudó.
—Cuatro años y tres meses.
Ella soltó una carcajada y le dio un beso en la mejilla.
—Muy bien. Veo que todavía no se te olvida.
Michael se acercó a mí y, en voz baja, murmuró con una sonrisa:
—Siempre la llama Lilith cuando quiere picarla un poco. Y lo peor es que siempre funciona.
Matt se reía con todos, hacía bromas y levantaba la cerveza cada vez que alguien proponía un brindis.
Sin embargo, aquella sonrisa apenas le duraba unos segundos antes de desaparecer.
Bastaba con que mirara a cualquiera de sus compañeros junto a su pareja para que la nostalgia volviera a reflejarse en sus ojos.
No era difícil darse cuenta de que sentía envidia.
No una envidia maliciosa, sino de esa que nace cuando ves a los demás construir la vida que tú también soñabas tener.
Instintivamente hice ademán de acercarme a él, pero miré primero a Michael. Él siguió la dirección de mi mirada y, con una pequeña sonrisa, asintió.
—Ve.
No hizo falta que dijera nada más.
Cogí dos cervezas de la nevera portátil y me senté a su lado.—¿En qué piensas?
Matt soltó una risa breve antes de dar un trago.
—En nada... Bueno, sí. Estaba recordando el partido de hockey contra Boston. ¿Te acuerdas? Les dimos una paliza. Creo que ha sido el mejor partido que hemos jugado desde que entré en el cuerpo.
Sonreí mientras lo escuchaba hablar. Poco a poco dejó de mirar a las parejas que lo rodeaban y volvió a reír con naturalidad, perdiéndose en aquellas historias de patrullas, partidos benéficos y compañeros que solo ellos podían entender.
Cuando Matt logró recomponerse y dejó de sentirse un simple soltero espectador de la felicidad ajena, volvió a integrarse en el grupo.
Recuperó las bromas, las carcajadas y esa manera tan suya de hacer que cualquier conversación terminara convirtiéndose en un caos.
Entre cerveza y cerveza, el ambiente volvió a llenarse de vida, hasta que Michael golpeó suavemente su vaso con una cuchara para llamar la atención de todos.
—Quiero hacer un brindis.
Las conversaciones se apagaron poco a poco y todas las miradas se posaron sobre él. Michael sonrió, respiró hondo y levantó su copa, preparado para decir unas palabras que ninguno de nosotros olvidaría.
Matt levantó la botella de cerveza con una sonrisa de esas que solo aparecían cuando estaban todos juntos.
—. Por los hijos de puta que somos. Unos más chulos que otros. Por el cabrón de Richard... y por el mayor asesino que nos ha tocado perseguir: Kevin.
Las botellas chocaron al unísono entre carcajadas.
Durante unos segundos, las bromas volvieron a adueñarse del jardín y el peso de la placa desapareció de los hombros de todos.
Cuando Matt logró recomponerse y dejó de sentirse un simple soltero espectador de la felicidad ajena, volvió a integrarse por completo en el grupo.
Recuperó las bromas, las carcajadas y esa manera tan suya de convertir cualquier conversación en un auténtico caos.
Todos volvieron a alzar sus vasos, convencidos de que iba a pronunciar otro discurso sobre la amistad o la familia que habían formado dentro de la comisaría.
—Por los compañeros que ya no están, por los que seguimos aquí y por las personas que hacen que, después de los peores días de nuestra vida, siempre tengamos un motivo para volver a casa.
Bebimos al mismo tiempo. Cuando dejé mi copa sobre la mesa, vi a Michael acercarse lentamente hacia mí. Pensé que iba a darme un beso, pero, para mi sorpresa, se detuvo frente a mí.
Sin apartar la mirada de mis ojos, se arrodilló.
El jardín quedó completamente en silencio.
Metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una pequeña caja de terciopelo negro. La abrió con cuidado y, en su interior, apareció un precioso anillo que brilló bajo la luz de las guirnaldas.
Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Michael sonrió con nerviosismo.
—Megan Carol Anderson... desde que entraste en mi vida entendí que el hogar no es un lugar, sino una persona.
Contigo he aprendido a volver a sonreír, a levantarme cuando creía que ya no podía más y a creer que todavía existe un futuro para alguien como yo.
No sé qué nos deparará la vida, pero sí sé que quiero vivirla a tu lado.
Tomó el anillo entre sus dedos.
—¿Quieres casarte conmigo?
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas antes incluso de que pudiera responder.