Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 22 Bajo la piel
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CAPÍTULO 22 Bajo la piel

Bajo la piel

El tiempo vuela. No nos damos cuenta de que hemos llegado hasta cierto punto, hasta que ocurre. Miras atrás y, dependiendo del momento, puede ser un recuerdo triste o uno feliz. Pero este no era uno cualquiera. Este era el día más importante de todos: me casé.

Para llegar a ese punto, todo comenzó la semana después del cumpleaños de Michael. Le pedí que se viniera a vivir conmigo y, sin dudarlo, aceptó al instante. Ahí sería donde realmente pondríamos a prueba nuestra compatibilidad. Y lo fuimos.

Muchos meses después...

27 de diciembre de 2019

Michael se mudó a mi casa. Fue idea suya, aunque el dinero tuvo mucho que ver: la hipoteca y todo eso.

Pero, al final, resultó ser la mejor decisión.

La casa estaba más cerca de la comisaría y, en general, era mejor que la suya.

Más espacio, mejor barrio y, lo más importante, se convertía en nuestro hogar.

Nathaniel y Ethan descargaban cajas de la camioneta, llevándolas arriba con la energía de quien ya lo ha hecho demasiadas veces. Mientras tanto, Michael bajaba las dos últimas, luchando con la falta de visión entre tanto cartón.

Cuando llegó al piso, le ayudé a soltarlas. Ethan y Nathaniel, sentados en el suelo con cervezas en mano, nos observaban entre risas.

—¿Te acuerdas cuando nos mudamos a aquel piso cutre del Bronx? —preguntó Nathniel a Michael con una sonrisa nostálgica—. No había ascensor, y los vecinos eran... digamos, "peculiares". Menos mal que nos mudamos rápido, antes de que se enteraran de que éramos polis.

Michael soltó una carcajada mientras se limpiaba el sudor de la frente.

—¡Joder, sí! Y si no hubiera sido porque acabamos con la mafia de allí sin que nos dieran el caso oficial... La cantidad de crímenes era absurda. Nosotros, unos novatos recién llegados, nos metimos en medio de una operación del FBI sin permiso. Al final, nos tocó infiltrarnos durante meses.

Ethan alzó su botella en un gesto de brindis.

—Todo tiene un final feliz. Nos trasladaron y así nos conocimos. Recuerdo ese día como si fuera ayer. Yo era un novato, y me trataban como un gilipollas. Pero cuando llegaron ustedes, fue como la revolución francesa con guillotina incluida.

Solté una carcajada y sacudí la cabeza.

—¡Dejaron claro que no eras el capullo de la comisaría!

Michael tomó un trago de su cerveza y se encogió de hombros.

—A comparación de Matt, que no se calla ni bajo el agua, tú eres un santo. Borracho es peor, parece que ha bebido lengua el cabrón.

Las risas resonaron en la habitación, llenando el ambiente con un aire de camaradería.

Después de un rato, decidí retirarme. Caminé hasta mi dormitorio y cerré la puerta tras de mí.

Inspiré hondo, disfrutando por un momento de la tranquilidad...

hasta que sentí unas manos deslizándose por mi cintura.

Un escalofrío recorrió mi espalda. No era Michael. Un par de labios comenzaron a recorrer mi cuello con lentitud, jugando con la piel sensible. Sonreí, dejando que mi expresión cambiara de la tranquilidad a la picardía.

El escenario cambió por completo. Ya no era mi habitación.

Estaba boca abajo, desnuda, mi cabello recogido en un moño desordenado.

Mis manos estaban atadas, mi respiración agitada.

Sentía el roce de su piel contra la mía, su aliento cálido en mi oído mientras sus labios recorrían mi cuello.

Su mano se cerró en torno a mi garganta, ejerciendo la presión justa entre dominio y deseo.

La noche, lejos de terminar, apenas comenzaba.

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