Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 21 Vuelta al prostibulo
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CAPÍTULO 21 Vuelta al prostibulo

Vuelta al prostibulo

El pasillo se extendía como un tunel entre sombras luces azulado. El eco de los tacones resonaba en el suelo de mármol mezclados con los gemidos apagados que escapaban tras las puertas entreabiertas. El aire era denso, impregnado de perfume, licor y el sudor del deseo ajeno.

Avance con paso lento, casi felino, mientras el latido de su corazón se acelera con cada mensaje recibido en su movil.

Un número desconocido le habia indicado el camino, al final del pasillo, girando ligeramente a la derecha.

Cada vez que mis dedos rozaban la tela de mi vestido sentia la electricidad recorrer su piel.

LLegó a la puerta indicada. La madera oscura contrastaba con la luz tenue que escapaba por debajo.

Con un movimiento pausado, empuje la manija y entró.

Dentro, el ambiente era opulento y seductor. Un despacho elegante se desplegaba frente a un escritorio de caoba junto a una mini nevera, un sofá de cuero negro y, en la esquina, una cámara montada en su trípode. El olor ea incienso y champange flotaba en el aire, embriagador.

La vi.

La mujer japonesa, joven, de piel perlada y labios carmín, me esperaba con una sonrisa que era a la vez invitacion y desafío. Su cabello negro y rojo en una alta cola de caballo enmarcaba su rostro felino.

Vestia una chaqueta blanca, suelta , dejando ver el atrevido vestido corto de lentejuelas con un escote que rozaba la indecencia. Tacones dorados, un colgante en forma de serpiente y enormes aros en las orejas completadas su imagen de

—Pasa, guapa..— susurro con voz aterciopelada.

Me quedé de pie, sin responder de inmediato. Sus ojos recorrieron el cuerpo de la mujer con una mezcla de admiración y lujuria contenida. Como si quisiera probar cada centímetro de su piel antes siquiera de tocarla.

La japones me miro de arriba abajo y me hizo una seña con los dedos, indicando que diera la vuelta. Obedeci sintiendo la mirada ardiente de la otra mujer que me quemaba la espalda.

Cuando por fin estuvimos a escasos centimetros, la japonesa no espero más.

Me sujeto de la nuca y me atrajo hacia si, atrapando con un beso profundo y hambriento.

Deje deborar, siento el sabor de champagne en los labios de mi antifitriona.

Sus manos decendieron hasta sus nalgas masajeandolas con descaro mientras nuestros cuerpos pegaban calentando mutuamente.

El sonido de su respiracion agitada llenaba la habitacion, la camara se volvio testigo de lo ocurrido.

—¿Por que no la activamos?— murmure contra sus labio—. Hagamos una pelicula.

Sonrie con malicia, deslizando sus uñas sobre la piel expuesta mía.

—¡Zorrita mia!— susurró con voz cargada de deseo—. De todas las putitas que han pasado por mi coño, tu eres especial. Se alejó un poco para ajustar la cámara, asegurando que captada toda la escena.

—Diem, ¿qué prefieres ser esta noche?—pregunto, con la voz mas grave—. ¿La esclava o la perra de los demás? Me sente sobre el escritorio, con los labios entreabiertos y las pupilas dilatadas.

—Quiero comerte hasta que sangres miel

La respuesta no le valio. El golpe llego rapido y preciso. Una bofetada que no solo ardio en mi piel, sino que encendio aún más por dentro.

—Primero mi nombre— ordeno la japonesa, con una sonrisa cruel— Luego, tu respuesta. Di: "Ama, quiero saborear tu nectar" Jadeante, mis mejillas ardiendo y el cuerpo temblando de anticipación. Sabia que la noche no sería fácil salir de aquella puerta.

Tampoco quería hacerlo.

Presente y futuro. Ya no había más salida.

Michael y Nathaniel terminaron ingresados en el mismo hospital.

El destino, con su cruel sentido del humor, quiso reunirlos en la misma planta, separados únicamente por unos metros de distancia.

La gravedad de ambos obligó a movilizar a los mejores cirujanos disponibles y, durante unas horas, incluso compartieron el mismo quirófano, mientras dos equipos luchaban al mismo tiempo por mantenerlos con vida.

Fuera, la tensión era insoportable. Matt y Ethan permanecían destrozados, incapaces de comprender cómo todo había cambiado en cuestión de minutos.

Sin embargo, el departamento no tardó en tomar una decisión.

Ambos fueron apartados de la investigación por su evidente implicación emocional con las víctimas.

Consideraban que ninguno de los dos estaba en condiciones de dirigir una operación con objetividad.

El caso Vanno cambió oficialmente de manos.

Richard fue nombrado nuevo inspector al mando.

Mientras yo seguía inmersa en mi propia oscuridad, completamente ajena a lo que estaba ocurriendo, sus vidas se debatían sobre una fría mesa de quirófano.

Dos cirujanos luchaban contrarreloj por mantener con vida a Michael y Nathaniel, mientras las luces blancas del hospital iluminaban un escenario donde cada segundo podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Fuera del quirófano, Richard aguardaba en silencio. Bajo aquella apariencia de preocupación se escondía un deseo inconfesable: rezaba para que ninguno de los dos sobreviviera y el caso Vanno quedara definitivamente en sus manos.

A pocos metros, la esposa y la hija de Nathaniel permanecían abrazadas, incapaces de contener las lágrimas. Rezaban una y otra vez para que siguiera con vida, para que la bala no hubiera alcanzado ningún órgano vital y todavía existiera una oportunidad de volver a verlo abrir los ojos.

Cuando todo terminó, cogí el móvil para mirar la hora.

La pantalla se iluminó y el corazón se me encogió al descubrir tres llamadas perdidas de Matt.

Fruncí el ceño. Era raro que insistiera tanto.

Una sensación incómoda comenzó a instalarse en mi pecho, aunque todavía no podía imaginar la magnitud de lo que había ocurrido.

Me acerqué de nuevo para despedirme. Nuestros labios volvieron a encontrarse en un beso lento y profundo, un beso con lengua que parecía prolongar unos segundos más aquel instante antes de que cada una siguiera su camino.

Ninguna de las dos sabía que, mientras nos despedíamos, la vida de dos personas pendía de un hilo.

Llegue al hospital y sali casi detenida, los comentario inapropiados de Richard se volvio una tortura.

La paciencia terminó por agotárseme. Sin pensarlo dos veces, le crucé la cara de una bofetada tan fuerte que el golpe resonó por todo el pasillo del hospital.

Richard se llevó una mano a la mejilla, completamente fuera de sí.

—¡Deténganla! —ordenó con furia.

Durante unos segundos nadie se movió.

La mayoría de los agentes desviaron la mirada hacia otro lado, fingiendo no haber visto nada. No era porque aprobaran lo que acababa de hacer, sino porque detestaban a Richard tanto como el resto del departamento. Aquel silencio fue mucho más humillante para él que la propia bofetada.

En ese momento, el comisario pasó por el pasillo acompañado por varios agentes. Su mirada recorrió la escena en silencio: Richard con la mejilla enrojecida, yo respirando con dificultad y media comisaría observando sin intervenir.

Richard sintió cómo la humillación se hacía todavía más grande. Que nadie hubiera obedecido su orden de detenerme era un golpe mucho más duro que la bofetada.

El comisario no dijo nada al principio. Sacó el teléfono móvil y realizó una llamada.

—Quiero a Asuntos Internos aquí inmediatamente. Y que envíen agentes de paisano. A partir de este momento, el hospital queda bajo vigilancia. No quiero filtraciones ni un solo movimiento fuera de control.

Colgó sin añadir una palabra más. El ambiente se volvió todavía más tenso. Todos comprendimos que aquello acababa de dejar de ser un simple incidente en un hospital. Había empezado una investigación mucho más grande.

Richard, el pedante, el que presumía más que nadie y disfrutaba humillando a los demás, fue tan gilipollas que nunca imaginó que acabaría convirtiéndose en el principal sospechoso.

Mientras se esforzaba por aparentar ser el héroe que tomaría el relevo de Michael, la verdad se abría paso poco a poco.

Nadie lo sabía todavía, pero el asesino siempre había estado delante de sus narices.

La situación cambió de un momento a otro. En cuanto comenzaron a aparecer las primeras pruebas y las sospechas apuntaron hacia Richard, el departamento actuó con rapidez. El caso Vanno fue devuelto de inmediato a Ethan y Matt, quienes retomaron la investigación sin perder un solo minuto.

Richard, por su parte, fue apartado del servicio delante de todos sus compañeros. Dos agentes se acercaron a él, le retiraron el arma reglamentaria y la placa, y lo condujeron a una sala de interrogatorios. Por primera vez desde que todo había empezado, dejó de sonreír.

Al principio, Richard no dejaba de insultar a todo el mundo, especialmente a los hermanos. Se revolvía en la silla, lanzando amenazas y burlas, convencido de que saldría de allí como siempre. Ni siquiera el interrogatorio parecía preocuparle.

Ethan permaneció en silencio durante unos segundos, observándolo fijamente. De repente, una idea cruzó por su mente. Se volvió hacia Matt y habló con total serenidad.

—Matt, se me ha ocurrido algo. Quiero que me des tu placa. Ahora mismo.

Matt frunció el ceño, completamente desconcertado.

—¿Por qué?

Ethan esbozó una leve sonrisa sin apartar la vista de Richard.

—Bueno... si Richard no quiere declarar nada, hemos sido muy bondadosos con él hasta ahora.

Ethan se dio la vuelta sin decir una palabra más y salió de la sala con la rabia reflejada en el rostro. Apenas había cruzado la puerta cuando, a su espalda, resonó el impacto seco de un puñetazo.

Richard soltó un grito de dolor.

Ethan cerró los ojos durante un instante y continuó caminando por el pasillo sin volver la vista atrás.

Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo dentro de aquella sala.

No era legal. No figuraba en ningún protocolo policial y, si alguien llegaba a descubrirlo, las consecuencias serían devastadoras.

Pero, después de ver a Michael y Nathaniel debatiéndose entre la vida y la muerte, había compañeros que ya no estaban dispuestos a seguir las normas.

El interrogatorio no duró mucho más. La resistencia de Richard terminó por quebrarse y, con la respiración agitada y el rostro desencajado, acabó confesándolo todo.

—Me pagaron... más de cien mil dólares.

El silencio se apoderó de la sala.

Matt dio un paso al frente.

—¿Quién?

Richard tragó saliva antes de responder.

—Un tal Kevin. Nunca me dio su apellido. Solo dijo que quería el caso Vanno fuera de las manos de Michael Brown y que, si era necesario, había que apartarlo para siempre.

Aquellas palabras bastaron para que Ethan y Matt intercambiaran una mirada. Ya no estaban ante una simple traición dentro del departamento. Aquello era una conspiración mucho más grande de lo que habían imaginado.