CAPÍTULO 20 Está es la puta vida
Está es la puta vida
Richard lo celebraba por todo lo alto. Reía a carcajadas, bromeaba con varios agentes y aceptaba felicitaciones como si acabara de ganar un premio.
Lo que más me sorprendió fue que nadie le llamara la atención por aquella falta de respeto.
Al contrario, parecía que todos daban por hecho que el caso Vanno pasaría directamente a sus manos.
Para él era un ascenso; para Michael, perder aquel caso era como perder una parte de sí mismo.
Michael me llevó hasta mi despacho en completo silencio.
Durante todo el trayecto estuvo distante, con la mirada perdida y los hombros vencidos por el peso de lo que acababa de suceder.
Ni siquiera intentó besarme. Por un instante pensé que quizá estaba enfadado conmigo, pero enseguida comprendí que yo no tenía la culpa.
Le acababan de arrebatar una parte de su vida y necesitaba tiempo para asimilarlo.
Cuando llegamos a la puerta de la consulta, antes de que pudiera entrar, noté cómo su mano buscaba la mía. Entrelazó nuestros dedos con suavidad. Levanté la mirada y nuestros ojos se encontraron. No hizo falta pronunciar una sola palabra. En aquel silencio había más dolor, miedo
y cariño del que cualquier conversación habría sido capaz de expresar.
—Que el día te cuide... y que esta noche vuelva a traerme hasta ti.
Besándome la mano.
—Lo mismo, mon amour —susurré.
Me acerqué despacio y deposité un beso corto sobre sus labios, tan suaves como siempre. Apenas duró un instante, pero fue suficiente para que nuestras miradas volvieran a encontrarse antes de que cada uno siguiera su camino.
Apenas Michael se alejó unos metros, un joven de unos veinte años se acercó hasta mí con cierta timidez. Llevaba una carpeta bajo el brazo y no dejaba de jugar con las llaves que sostenía entre los dedos.
—Señorita Megan —me llamó con educación—. Tenemos una cita a las doce menos cuarto.
Desvié la mirada hacia él y le dediqué una sonrisa amable, obligándome a dejar a un lado todo lo ocurrido aquella mañana. Era hora de volver a ser psicóloga.
En cambio, él volvió a destrozarse la vida.
La retirada de la placa terminó por romper el frágil equilibrio que tanto le había costado reconstruir y cayó, una vez más, en el alcoholismo más absoluto.
La primera decisión que tomó fue raparse el cabello.
No al cero, pero sí lo suficiente para dejar atrás la imagen del inspector impecable que siempre había proyectado.
No quería verse reflejado en el espejo y reconocer al policía que ya no era.
Cuando llegó a su casa, situada en un barrio humilde donde la mayoría de los vecinos eran policías, veteranos o familias vinculadas al cuerpo, sintió que cada fachada le recordaba aquello que le acababan de arrebatar.
Las patrullas aparcadas frente a las viviendas, los saludos de los vecinos y las conversaciones sobre turnos y detenciones eran un recordatorio constante de la vida que acababa de perder.
Cerró la puerta tras de sí, dejó las llaves sobre el mueble de la entrada y caminó directamente hasta la nevera.
La abrió, sacó una lata de cerveza y la abrió de un tirón.
Dio un largo trago sin apenas respirar. No buscaba disfrutar del sabor.
Solo quería silenciar el vacío que llevaba dentro.
Se dejó caer al suelo del salón con la espalda apoyada en el sofá. Abrió la lata y empezó a beber sin prisa, como si cada trago pudiera anestesiar el dolor que le consumía por dentro. De repente, soltó una carcajada amarga, de esas que nacen cuando uno está demasiado roto para seguir llorando.
Cuando terminó la cerveza, se levantó sin rumbo fijo y salió de casa.
Caminó hasta el supermercado veinticuatro horas de la esquina, compró varias latas más y regresó sin cruzar una sola palabra con nadie.
Las fue abriendo una tras otra mientras las horas se deshacían delante de él.
Ya no le importaba el reloj, ni el día, ni la noche.
En un momento de aquel silencio, su mirada se detuvo sobre una fotografía enmarcada.
La tomó entre las manos. Era de la academia de policía.
Allí estaba él, con el uniforme impecable, el cabello perfectamente peinado y una sonrisa llena de ilusión, rodeado de los compañeros con los que había jurado proteger la ciudad.
La observó durante unos segundos y volvió a reírse, esta vez con una tristeza tan profunda que dolía escucharla.
—Mira qué idiota eras... Creías que podías salvar a todo el mundo... y al final ni siquiera pudiste salvarte a ti mismo.
Repentinamente, su móvil comenzó a sonar.
Lo cogió con desgana y la pantalla se iluminó mostrando varias llamadas perdidas mías.
Permaneció unos segundos mirándolas sin reaccionar.
Para entonces, yo ya debía de haberme acercado a buscarlo, pero aquella mañana también estaba atrapada en mis propios problemas.
Repentinamente, su móvil comenzó a sonar. Desvió la mirada hacia la pantalla. Era Ethan. Dejó que sonara unos segundos antes de responder.
—¿Qué quieres? —preguntó con la voz apagada.
Al otro lado de la línea solo hubo un breve silencio. Ethan ya había comprendido, incluso antes de escucharle hablar, que Michael estaba completamente destrozado.
—¡Michael, no me jodas! —gritó Ethan al otro lado del teléfono—. ¡Has vuelto a caer!
Michael cerró los ojos y dio otro trago a la cerveza, sin responder.
—¡Escúchame de una puta vez! ¡Nathaniel ha recibido un disparo por la espalda delante de su casa! ¡Está camino del hospital!
Toda su puta vida pasó delante de sus ojos.
Había sobrevivido a secuestros, tiroteos, asesinatos y a la muerte de personas que jamás conseguiría olvidar.
Había enterrado a compañeros, había visto familias destrozadas y había aprendido a convivir con la culpa.
Pero perder a otro amigo... no. Ese era el último camino que estaba dispuesto a recorrer.
Si Nathaniel moría, una parte de él moriría con él.
Michael lanzó la lata contra el suelo con toda la fuerza que le quedaba.
No fue suficiente. La recogió de nuevo y comenzó a golpearla una y otra vez contra las baldosas hasta deformarla por completo.
El aluminio terminó rajándose y los bordes afilados le abrieron varios cortes en la palma de la mano.
La sangre empezó a mezclarse con la cerveza derramada, pero él ni siquiera sintió el dolor.
—¿En qué hospital? —preguntó con la respiración entrecortada.
Ethan respondió de inmediato.
Sin perder un segundo más, Michael salió disparado de la casa.
Apenas cerró la puerta. Bajó las escaleras a toda velocidad y corrió hacia su coche.
El alcohol seguía nublándole la visión, las piernas apenas le respondían y el mundo parecía tambalearse a su alrededor, pero nada de eso importaba.
Solo había una idea ocupando su mente: llegar antes de que fuera demasiado tarde.
Metió la mano temblorosa en el bolsillo para buscar las llaves. Apenas consiguió sacar el mando de la camioneta cuando un estruendo rompió el silencio.
¡Bang!
Sintió un impacto brutal que le atravesó el costado y lo lanzó contra la carrocería del vehículo. El aire escapó de sus pulmones de golpe. Las llaves cayeron al suelo mientras una mancha de sangre empezaba a extenderse por su camisa.
Con una mueca de dolor, levantó la vista buscando de dónde había venido el disparo, pero su visión ya estaba nublada por el alcohol y por la pérdida de sangre. Intentó dar un paso, aferrándose a la puerta de la camioneta, pero las piernas le fallaron.
Cayó de rodillas sobre el asfalto.
El teléfono seguía en la llamada con Ethan.
—¡Michael! ¡Michael, contéstame! ¿Qué ha pasado? ¡Joder, respóndeme!
Michael abrió la boca para hablar, pero solo consiguió expulsar un gemido ahogado. Su respiración comenzó a volverse irregular mientras la sangre goteaba sobre el pavimento.
Una figura se acercó lentamente hasta donde yacía Michael. Se agachó, recogió el teléfono que había quedado a pocos centímetros de su mano ensangrentada y se lo llevó al oído.
Al otro lado seguía Ethan.
—¿Michael? ¡Joder, habla! ¡¿Qué está pasando?!
El desconocido dejó escapar una leve risa antes de responder con una frialdad escalofriante.
—Escúchame bien. Esta misma noche quiero el caso Vanno cerrado... o tu hermano será el siguiente.
La llamada se cortó.
El teléfono cayó de nuevo junto al cuerpo de Michael, mientras el desconocido desaparecía entre las sombras como si nunca hubiera estado allí.
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