Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 18 Linea Roja
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CAPÍTULO 18 Linea Roja

Linea Roja

Kevin hizo una única llamada. No necesitó dar explicaciones.

Colgó el teléfono y, en menos de diez minutos, varios hombres vestidos completamente de negro comenzaron a entrar en la habitación.

Todos iban enmascarados; nadie conocía la identidad del otro y, por lo que había aprendido con los años, era mejor que siguiera siendo así.

Cada uno cumplía una función distinta. Mientras unos recogían los casquillos y limpiaban cualquier rastro de sangre, otros cambiaban las sábanas, retiraban las cámaras ocultas y hacían desaparecer cualquier prueba que pudiera relacionarnos con lo ocurrido allí.

Sasha, como siempre, parecía vivir en un mundo completamente diferente. Se apoyó contra la pared, cruzó los brazos y comenzó a observar a uno de los enmascarados con una sonrisa traviesa.

—Oye, tú... el alto. ¿Siempre eres tan misterioso o hoy te has levantado interesante? —preguntó con una media sonrisa.

El hombre ni siquiera giró la cabeza.

Ella soltó una pequeña carcajada.

—Sabía que ibas a ignorarme. Los peligrosos siempre sois los más aburridos.

Continuó siguiéndolo por la habitación con la mirada, como si aquello fuera un juego.

A Sasha siempre le habían atraído los hombres que inspiraban peligro, los que escondían el rostro y hablaban poco. Cuanto más inaccesibles parecían, mayor era su curiosidad por romperles la coraza. Nunca entendí esa obsesión suya, aunque después de tantos años había dejado de intentar comprenderla.

—Vámonos, Sasha —dije mientras me colocaba el abrigo.

Ella lanzó un último vistazo al enmascarado y sonrió con resignación.

—Otro día será, guapo.

El hombre siguió limpiando la habitación sin responderle una sola palabra, como si ella nunca hubiera estado allí.

En apenas unas horas tendría que declarar ante Asuntos Internos sobre el estado psicológico de Michael.

Me habían llamado personalmente para que entregara el informe y respondiera a todas las preguntas que consideraran necesarias.

La línea roja que llevaba años evitando cruzar estaba cada vez más cerca.

Iba a entrar en la boca del lobo y, por primera vez en mucho tiempo, no sabía si sería capaz de salir sin que alguien descubriera quién era realmente.

La cita era en la misma comisaría donde trabajaba Michael.

Decidí ir muy temprano, poco antes de las siete de la mañana.

Cualquiera pensaría que, a esa hora, el edificio estaría prácticamente vacío, pero el crimen no entendía de relojes, festivos ni horarios.

Policías uniformados entraban y salían sin descanso, detectives caminaban con carpetas bajo el brazo mientras hablaban por teléfono y varios agentes custodiaban a un par de detenidos esposados.

Aquel lugar desprendía un caos perfectamente organizado, el mismo que mantenía viva una ciudad que nunca dejaba de necesitar a quienes juraban protegerla.

Entre todos los que había en la comisaría, fui yo quien más llamó la atención.

Varias miradas se posaron sobre mí, algunas por simple curiosidad y otras porque no era habitual ver a una psicóloga recorrer aquellos pasillos.

Michael fue el primero en acercarse. Sin embargo, lejos de dedicarme una sonrisa o mostrar cualquier gesto de confianza, mantuvo la misma compostura que utilizaba con el resto de profesionales.

Me saludó con educación, me presentó como su psicóloga y me trató con una profesionalidad impecable, como si entre nosotros no existiera nada más que la relación entre un paciente y la especialista encargada de su tratamiento.

Michael caminó a mi lado hasta la sala donde iba a reunirme con Asuntos Internos.

Frente a la puerta nos esperaban los tres mosqueteros: Ethan, Matt y Nathaniel.

Al verlos juntos, no pude evitar sonreír; siempre desprendían esa complicidad que solo nace después de años compartiendo peligros.

Sin embargo, hubo una presencia que consiguió sorprenderme.

Richard también estaba allí. Hacía meses que no lo veían.

Recordaba que, cuando el caso que llevaba Michael apenas estaba por la mitad, decidió apartarse porque lo consideraba demasiado rutinario y con escasa repercusión.

Poco después le ofrecieron incorporarse a una investigación conjunta con los federales, la Interpol y la Europol, una oportunidad que aceptó sin pensárselo dos veces por el prestigio que suponía trabajar en una operación internacional.

Entré en la sala con paso firme. Lo primero que llamó mi atención fue la larga mesa de madera que ocupaba casi todo el despacho.

Al otro lado solo había tres personas esperándome: dos hombres y una mujer.

Los tres vestían traje, tenían varias carpetas abiertas frente a ellos y una grabadora descansaba en el centro de la mesa.

Sus expresiones eran serias, demasiado serias, como si ya supieran todas las respuestas antes incluso de formular las preguntas.

Me invitaron a sentarme frente a ellos. Mientras tomaba asiento, no pude evitar recorrer la sala con la mirada.

No era especialmente grande, pero transmitía esa sensación de autoridad que solo tienen las habitaciones donde una sola respuesta puede cambiarte la vida.

Aquello no era una consulta psicológica, ni una conversación entre compañeros.

Era un interrogatorio disfrazado de reunión profesional, y tenía la impresión de que cada palabra que saliera de mi boca iba a ser analizada al milímetro.

—Buenos días, doctora Anderson. Antes de hablar del caso del inspector Brown, le haremos unas preguntas de rutina para verificar su identidad y algunos datos relacionados con su ejercicio profesional. Después pasaremos al motivo de esta reunión.

La mujer pasó otra página del expediente y continuó con el cuestionario.

—¿Es usted Megan Carol Anderson?

—Sí.

—¿Nació usted en el estado de Colorado?—Sí.

—¿Su número de la Seguridad Social es el 548-72-3916?

—Sí.

La mujer hizo una pequeña anotación antes de continuar.—Según consta en su expediente, lleva ejerciendo como psicóloga clínica especializada en trauma desde el año 2018.

—Así es.