CAPÍTULO 17 La trampa del pecado
La trampa del pecado
—¿No te interesa hablar de Michael? —preguntó Sasha con curiosidad.
—Sasha, te quiero, pero ese tema ni lo toques —respondí con cansancio.
No quería que pasara, pero esa noche fue distinta. Ya no tendría a Michael enviándome mensajes antes de dormir o diciéndome que me quería. Por una vez creí que esto podía funcionar... pero la cagué. Caí en la trampa en la que llevo metida desde hace años, como una rata que sigue un pedazo de queso.
Y entonces, cuando pensaba que podría olvidarlo por un rato...
Sasha y yo íbamos en los asientos traseros de un SUV. Delante, al volante, estaba David. En un momento me pasó un móvil. Lo tomé con firmeza, aunque mis ojos decían otra cosa.
Una vez me dijeron: "Los ojos son el espejo del alma".
Y tenían razón.
Al bajar del auto, Kevin ayudó a Sasha. Caminamos con seguridad, como dos diosas, sin importar lo que pasaría en esa habitación. Todo a sangre fría. Miré a mi alrededor. Sasha y yo siempre habíamos sido distintas, pero algunas cosas nos unían.
Ella era la loca, la que no tenía miedo a nada, como si fuera inmune a las consecuencias. Nunca se enamoró.
Siempre decía: "El amor es solo una droga que te hace hacer estupideces. Prefiero acostarme con ellos y no sentir nada."
Yo era diferente. Yo quería mi cuento de hadas: esposo, casa, hijos... o al menos eso creía.
Entramos al hotel y nos dirigimos al bar. Era la primera vez que veíamos a esos clientes.
Más tarde
Estábamos en el restaurante del hotel con dos hombres, uno rubio y otro pelirrojo. Ambos rondaban los cuarenta.
—Chicas, ¿vamos a la habitación? —propuso el rubio con una sonrisa.
Subimos. Poco después, el servicio de habitaciones trajo champán rosado, fresas y nata montada.
Nos movimos con sensualidad. Yo me acerqué al rubio; Sasha, al pelirrojo. Pero antes de que pasara nada, ellos nos detuvieron.
—No —dijo el pelirrojo, sonriendo con malicia—. Vosotras dos. Queremos veros.
Nos miramos por un instante. No era la primera vez que pasaba algo así. Era común que los clientes pidieran cosas raras. Adaptarse era parte del juego.
Cambiamos de táctica. Hicimos que pareciera que nos deseábamos la una a la otra. Me acerqué a Sasha, le tomé el rostro entre mis manos y la besé, un beso profundo, húmedo, con lujuria. Los hombres se acomodaron en unas sillas cercanas y se quedaron mirando.
Me senté en el filo de la cama, Sasha me arrancó la ropa, dejándome desnuda ante ellos. Sus miradas me devoraban. Sentí el calor en mi vientre, la adrenalina.
Un cuchillo.
En un movimiento rápido, lo saqué y lo hundí en su entrepierna. El hombre soltó un grito desgarrador. La sangre brotó de inmediato, tiñendo las sábanas.
Al mismo tiempo, Sasha tomó la botella de champán, dio un largo trago y, sin tragar, se inclinó sobre mí, besándome otra vez, pasándome el líquido de su boca a la mía. Nuestras lenguas jugaron.
Me recosté sobre la cama, abriendo las piernas. Sasha comenzó a besar mi cuello, su mano descendió hasta mi pecho, masajeándolo. Sus dedos hábiles bajaron más, hasta que entraron en mí, suaves, deslizándose dentro y fuera con maestría. Mi respiración se volvió errática.
Los hombres nos observaban sin parpadear.
—Joder... —susurré, mordiéndome el labio.
Sasha se deslizó entre mis piernas y su lengua tomó el relevo de sus dedos. Gemí. Ella era experta. Sabía exactamente qué hacer.
—Oh, joder... cómeme hasta que te sepa a sangre —gemí, perdida en la sensación.
Pero de repente, todo cambió.
Sasha se separó de mí y caminó hacia el rubio. Lo besó con violencia.
—Qué lástima que solo observemos... —dijo él con voz ronca—. Porque la tengo dura.
Me acerqué y le mordí el labio inferior, luego le susurré al oído:
—Porque así lo quisiste.
Mi mano bajó hasta su erección sobre el pantalón, pero en la otra sostenía algo más.
Sasha sacó una pistola con silenciador y disparó al pelirrojo.
El móvil de la habitación sonó.
Sasha lo tomó, respondió con un simple:
—Okey.
Luego colgó y lo lanzó a la cama.
Sin más, volvió a disparar al rubio, aunque ya estaba muerto.
Disfrutaba de la escena, como si fuera un juego.
Respiré hondo.
—¡Sasha, para ya, joder! —grité—. No son tus malditos maniquíes. Si quieres practicar necrofilia, hazlo sola.
Sí, además de ser mi hermana del alma y mi mejor amiga.
Y lo peor de todo es que aquella noche, después de todo lo que hicimos, no sentí nada distinto.
Total, Sasha era tan ninfómana que una vez le pagó a un vagabundo solo para tirarselo.
Sí.
Una puta tarada mental.
Pero a pesar de todo... teníamos un vínculo especial.
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