CAPÍTULO 16 La otra cara de mi
La otra cara de mi
Michael me dejó en casa después de que nos tomáramos un par de cervezas con sus compañeros.
La noche había transcurrido mejor de lo que esperaba.
Sasha terminó presentándose al grupo con la naturalidad que la caracterizaba y, aunque para Michael era la primera vez que la veía, Matt parecía reconocerla de algún sitio.
Se quedó observándola unos segundos, como si intentara recordar dónde la había visto antes, pero finalmente no dijo nada.
Sasha, por el contrario, actuó como si nunca se hubieran cruzado en la vida.
Antes de marcharse, Michael apoyó una mano sobre mi mejilla y me besó con esa ternura que solo él era capaz de transmitir. Me pidió que le escribiera cuando entrara y, aunque le respondí riéndome que parecía un padre preocupado, terminé prometiéndoselo.
Permanecí en la acera observando cómo su camioneta desaparecía al final de la calle. Esperé hasta que las luces traseras dejaron de verse entre el tráfico y solo entonces comprendí que llevaba varios segundos sin sonreír.
Entré en casa y cerré la puerta tras de mí.
Aun así, había algo que no terminaba de encajar.
Una sensación incómoda recorría mi cuerpo, como si el peligro estuviera acechando muy cerca.
Mi urbanización era una de las más seguras de Brooklyn, con vigilancia las veinticuatro horas y cámaras en cada esquina,
pero eso nunca había conseguido tranquilizarme. Había aprendido hacía mucho tiempo que el peligro no siempre esperaba en los barrios oscuros; a veces era capaz de colarse en los lugares donde uno se sentía más protegido.
Di un brinco al escuchar la vibración del móvil. Era un mensaje de Michael.
«Avísame cuando estés dentro. Buenas noches, preciosa. ❤️»
No pude evitar sonreír. Le respondí con un simple «Ya estoy en casa. Descansa.» y guardé el teléfono en el bolso.
Mientras subía las escaleras, una extraña sensación volvió a recorrerme el cuerpo.
Intenté convencerme de que solo eran imaginaciones mías, pero aquella inquietud no desaparecía.
Al llegar al dormitorio comprobé que la puerta estaba entreabierta.
Fruncí el ceño. Juraría haberla dejado cerrada antes de salir.
Dejé el bolso sobre la cómoda y, cuando iba a quitarme los tacones, una voz masculina rompió el silencio de la casa.
—Has tardado más de lo que esperaba.
El corazón me dio un vuelco.
Encendí la luz de inmediato y giré la cabeza hacia el sofá.
Había un hombre sentado, con las piernas cruzadas y una copa de whisky entre las manos, observándome como si aquella también fuera su casa.
—¿Cuánto tiempo pensabas seguir escondiéndote? —preguntó aquel hombre con una tranquilidad que me revolvió el estómago.
Lo observé sin apartar la mirada. Cinco años habían pasado desde la última vez que vi aquel rostro y, aun así, seguía sintiendo el mismo rechazo.
Había envejecido poco. Las arrugas apenas comenzaban a marcar la comisura de sus ojos, pero su sonrisa seguía siendo la misma: fría, calculadora y capaz de hacerte creer que conocía cada uno de tus secretos.
—No me estoy escondiendo de nadie —respondí con firmeza.
Él dejó escapar una risa baja, casi divertida.
—¿Ah, no? Entonces explícame por qué llevas cinco años fingiendo ser una mujer diferente. Psicóloga, ciudadana ejemplar... incluso te has enamorado de un inspector del FBI. Debo reconocer que has interpretado muy bien tu papel.
Apreté la mandíbula.
—No pronuncies su nombre.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que descubra quién eres realmente?
No contesté.
Él dio un paso hacia mí.
—Michael jamás podría amar a la verdadera Megan Carol Anderson.
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