CAPÍTULO 15 Tostadas y Bar
Tostadas y Bar
Apoyé la cabeza sobre su pecho y cerré los ojos. El sonido de su corazón marcaba un ritmo lento y constante, una melodía que jamás habría imaginado que algún día podría escuchar tan de cerca. Era el lugar donde, sin darme cuenta, había encontrado refugio.
Permanecimos tumbados en mi habitación, uno junto al otro, sin necesidad de hablar. Me bastaba con levantar la vista para perderme en sus ojos y recorrer con la mirada cada rasgo de su rostro. Nunca me había parecido tan guapo como aquella noche.
Fue una noche de locos.
Por primera vez, Michael me había correspondido. Después de tantos rechazos, de tantas veces en las que el miedo o las circunstancias parecían interponerse entre nosotros, por fin había dejado que su corazón hablara.
Comprendí entonces que, para él, era mucho más fácil compartir una noche cualquiera con alguien que entregar aquello que realmente importaba.
Su corazón.
Y aquella noche, por primera vez, me lo había confiado a mí.
Me levanté semidesnuda. Fui al cuarto de baño tenía marcas ,
pequeños flashbacks en mi mente. Reí y miré hacia la cama:
él estaba durmiendo como un angelito, desnudo, tapado por las sábanas.
Me fijé en que tenía tatuajes en la espalda y los brazos.
Me pareció raro. Me acuerdo de cómo Michael me pidió que me arrodillara sensualmente sin mirar al suelo.
Me dio indicaciones. Darle besos , iniciando desde las piernas, hasta que llegue a su sexo, chupe y lami, fue delicioso, nunca como ella llegue a un punto de ahogarme.
Sus expresiones de placer me encantaron; frenó, me sostuvo y me llevó a la cama.
Nos dimos besos. Follamos pero cuando sabes que la persona corresponde tu amor el sexo ya no es vacio.
Cambiamos varias veces de postura, todas tan deliciosas y por dentro sentí el mayor placer.
Seguí observándolo durante unos instantes.
Dormía profundamente, ajeno a mi mirada, con una tranquilidad que pocas veces le había visto.
Sonreí para mis adentros. Me acerqué al espejo y me peiné un poco, intentando ordenar mi cabello después de aquella noche tan intensa.
Después abrí el armario y me puse mi pijama de encaje.
Al volver la vista hacia la cama, Michael seguía exactamente igual, abrazado a la almohada, respirando con calma.
No pude evitar acercarme de nuevo. Aparté con delicadeza un mechón de cabello que caía sobre su frente y sonreí.
Nunca imaginé que un hombre pudiera parecer tan vulnerable mientras dormía y, al mismo tiempo, transmitir tanta paz.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que aquel silencio era el lugar donde realmente quería estar.
Mis pasos me llevaron hasta la cocina. Aún tenía la mente perdida en los recuerdos de la noche anterior mientras comenzaba a preparar el desayuno.
Puse la cafetera en marcha y el aroma del café recién hecho empezó a inundar toda la casa.
Coloqué dos rebanadas de pan en la tostadora y, cuando estuvieron listas, las serví en un plato junto con mantequilla, mermelada de frutos rojos y unas rodajas de fruta fresca.
También preparé un vaso de zumo de naranja recién exprimido.
Observé la mesa durante unos segundos. Todo estaba listo.
—La mujer más bella preparando platos exquisitos. Me enamoras por tu mente, ahora y siempre. La dedicación es extraordinaria —expresó Michael con dulzura y amor.
Antes de poder sentarme retiro la silla como si yo fuera una dama. El desayuno fue el mejor momento, la primera vez que senti algo raro.
—El departamento ha decidido volver a asignarme un psicólogo, pero le he denegado la ayuda diciendo que te tengo a ti y que todavía nos queda mucho progreso.
Han insistido en que, por mi seguridad y mi salud mental, hables con ellos y les entregues un informe con mi progresión —dijo Michael, mirándome con expresión apenada.
—No me importa ir y entregarles mis informes. Hasta Matt me lo ha pedido. Ha vuelto a terapia... Ha recaído— Le dije mientras le agarraba la mano—.
Michael era el tipo de persona que cargaba con los problemas de los demás.
Si alguien necesitaba ayuda, siempre era el primero en acudir, no solo para escuchar, sino también para intentar encontrar una solución.
La bondad nacía de él de forma natural, aunque, en ocasiones, su carácter impulsivo y sus reacciones explosivas terminaran jugándole malas pasadas.
Michael dejó de morder la tostada. La depositó sobre el plato y levantó la mirada hacia mí. Al cruzarse nuestros ojos, supe que sabía perfectamente lo que estaba a punto de decirle.
—Matt, después de perder a Mónica, nunca volvió a ser el mismo. Se conocían desde niños; prácticamente crecieron juntos. Para él, Mónica era el amor de su vida.
Aunque ella pertenecía a una familia adinerada y sus padres nunca quisieron que estuviera con él porque pensaban que no estaba a su altura, Matt jamás dejó de luchar por ella. La quería con locura. De hecho, ya había comprado el anillo y estaba decidido a pedirle matrimonio.
Pero todo se vino abajo el día del secuestro. Cuando la encontró tendida en el suelo, sin vida... una parte de él murió con ella.
Desde entonces dejó de ser el mismo. Volvió a terapia porque ha recaído. Perdió su sonrisa, dejó de creer en muchas cosas y el dolor pasó a formar parte de su vida. A veces pienso que aquel día no solo mataron a Mónica... también destruyeron al hombre que Matt era.
Miré al hombre de mi vida. La pérdida de Matt y la suya propia lo habían destrozado en muy poco tiempo.
Desayunamos en silencio. Aunque ya conocía gran parte de la historia porque Matt me la había contado, mientras escuchaba a Michael comprendí que había detalles que habían pasado desapercibidos, detalles que Matt jamás llegó a revelarme.
Michael y yo nos despedimos. Antes de marcharse, agendé una nueva cita para seguir siendo su psicóloga , no pude evitar pensar en el lío en el que me estaba metiendo.
Acercarme a una comisaría de policía ya era jugar con fuego, pero acostarme con un inspector y, además, querer construir una relación con él...
probablemente era la peor decisión que podía tomar.
Michael arrancó el coche. Lo oí alejarse y miré por la ventana. A través del retrovisor, nuestras miradas volvieron a cruzarse. Me sonrió y, segundos después, salió disparado calle abajo.
Aquel día no tenía pacientes, pero sí un plan con Sasha. Tocaba día de chicas.
Fuimos a recorrer las tiendas más exclusivas de la ciudad. Sasha entraba en todas sin mirar los precios ni el saldo de su cuenta bancaria. Yo la acompañaba más por hacerle compañía que por comprar.
Nuestra reputación como psicólogas nos permitía ganar hasta quinientos mil dólares netos al año.
Yo, en cambio, apenas rondaba los cien mil.
Había decidido renunciar a buena parte de los pacientes de la élite para atender a personas con menos recursos.
Ganaba mucho menos, pero nunca me había arrepentido de esa decisión.
Cayó el sol. Caminamos calle abajo, por una de las zonas más familiares de Brooklyn, iluminada por carteles luminosos de neón que daban vida a cada rincón. Entre aquel ambiente acogedor encontramos un pequeño bar, famoso por preparar los sándwiches más ricos de todo Brooklyn.
Miré a través de la cristalera y me sorprendí al ver, sentados en aquellos taburetes, a los cuatro jinetes: Ethan, Matt, Nathaniel y Michael. Sasha siguió mi mirada y, al reconocer a Matt, sonrió de inmediato.
—Vamos.
Sin darme tiempo a responder, me agarró del brazo y prácticamente me arrastró hasta el interior del bar. En cuanto crucé la puerta, tres pares de ojos se clavaron en mí.
Durante unos segundos me convertí en el centro de todas las miradas.
Nathaniel le dio un codazo a Michael en el hombro. Él lo esquivó con una media sonrisa, como si ya supiera que algo, o mejor dicho, alguien había despertado la curiosidad de todos. Los cuatro dirigían la vista exactamente hacia el mismo punto.
¡Hacia mi!
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