Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 14 El amor se hace de verdad
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CAPÍTULO 14 El amor se hace de verdad

El amor se hace de verdad

Michael llevaba varios minutos esperándome en la mesa. Podía imaginármelo tamborileando los dedos sobre el mantel, mirando el reloj una y otra vez. Nunca había sido especialmente paciente, y cuando se trataba de mí, mucho menos.

Mientras tanto, yo seguía frente al espejo del baño, retocándome el maquillaje y tratando de controlar el rubor que aún provocaban sus miradas.

De pronto, la puerta se abrió con brusquedad.

Di un pequeño respingo.

—¿Michael?

Él entró con el ceño fruncido, recorriendo el baño con la mirada de un lado a otro. Abrió los cubículos uno por uno, comprobando que no hubiera nadie.

Cuando se aseguró de que estábamos solos, sacó un pequeño juego de llaves del bolsillo de su americana.

Todavía hoy no sé cómo demonios había conseguido las llaves del baño.

Con toda la naturalidad del mundo, cerró la puerta desde dentro y guardó las llaves en el bolsillo.

Después levantó la vista hacia mí.

Su expresión de preocupación desapareció al instante.

—Llevas casi diez minutos aquí dentro —dijo mientras se acercaba despacio—. Empezaba a pensar que te habían secuestrado o que habías decidido escapar por la ventana.

No pude evitar reír.

—Solo estaba arreglándome un poco.

Él negó con la cabeza, sonriendo.

—No hacía falta. Ya eras la mujer más bonita del restaurante cuando cruzaste esa puerta.

—¿Qué quieres que haga?

Él sostuvo su mirada y esbozó una leve sonrisa.

—Que confieses que estás enamorada de mí hasta las entrañas... igual que yo lo estoy de ti.

Michael sonrió. Era aquella sonrisa suya, la que siempre conseguía desarmarme sin esfuerzo.

Me acerqué a él y nuestros labios se encontraron con suavidad.

Nos besamos despacio, sin prisas, disfrutando de cada instante.

Era uno de esos besos que no necesitaban pasión desenfrenada para resultar inolvidables; bastaba la ternura, la cercanía y todo aquello que ninguno de los dos era capaz de expresar con palabras.

Por unos momentos, el mundo desapareció.

No existían los problemas, los secretos ni los miedos.

Solo estábamos él y yo, compartiendo un silencio que decía mucho más que cualquier declaración.

Aquella noche no hubo pasión desbordada ni momentos de lujuria. Parecía un cuento: dos personas abrazadas, compartiendo besos lentos, caricias tímidas y sonrisas que hablaban más que las palabras.

Por primera vez, el tiempo parecía haberse detenido solo para nosotros.

Aunque, si alguien nos hubiera visto una hora después probablemente no habría dicho lo mismo.

Nuestros labios volvieron a encontrarse. El beso comenzó despacio, pero la necesidad de sentirnos cerca hizo que se volviera más profundo. El mundo desapareció a nuestro alrededor; solo existían nuestras respiraciones, nuestras manos y el latido acelerado de nuestros corazones.

Sentí un estremecimiento recorrer todo mi cuerpo. Cada roce suyo despertaba emociones que llevaba demasiado tiempo intentando contener. Me aferré a su camisa mientras él me abrazaba con delicadeza, como si temiera que aquel instante pudiera romperse.

Cuando el beso terminó, permanecimos unos segundos con la frente apoyada el uno en el otro, sonriendo en silencio, incapaces de apartarnos.

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