Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 13 La Cita
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CAPÍTULO 13 La Cita

La Cita

Michael acompañó a la joven hasta la sala de descanso de la oficina federal. Caminaba en silencio, con los hombros encogidos y la mirada perdida. En la documentación figuraba como Silvia , aunque en su entorno todos la conocían por el seudónimo de Marfil .

Era una prostituta independiente. No trabajaba para ningún proxeneta ni pertenecía a una red de explotación; elegía a sus clientes y vivía al margen de cualquier organización. Sin embargo, aquella libertad no la había librado de convertirse en una pieza más del rompecabezas.

Michael abrió la puerta de la sala y le indicó que tomara asiento.

—Puedes descansar unos minutos. Alguien vendrá con agua y algo de comer.

Silvia asintió sin pronunciar una palabra. Sus manos temblaban ligeramente.

Michael permaneció unos segundos observándola. Había visto a demasiadas personas fingiendo ser víctimas para engañar a la policía, pero aquella joven no transmitía eso. Lo que veía en sus ojos era miedo, confusión y un cansancio que parecía llevar años acumulándose.

Y, si su intuición no le fallaba, también corría peligro.

Michael cerró la puerta con suavidad. Aquella noche había comprendido que la lista del misterioso paquete no distinguía entre profesiones, estatus o dinero. Solo elegía nombres.

Y Silvia, o Marfil, acababa de sobrevivir por pura casualidad.

Silvia permaneció en silencio durante unos segundos, con la mirada fija en el vaso de agua.

—Hay algo que quizá le interese saber.

Michael tomó asiento frente a ella.

—Te escucho.

—Existe un círculo de prostitutas independientes. No tienen proxenetas, no trabajan para ninguna organización y, en muchos casos, el dinero ni siquiera es su principal motivación.

Michael arqueó una ceja.

—Continúa.

—Nunca he pertenecido a ese círculo, pero he coincidido con algunas de ellas. Entre nosotras corren rumores desde hace años.

—¿Qué rumores?

Silvia dudó antes de responder.

—Se hacen llamar la Hermandad de las Diablas .

Michael no apartó la mirada de ella.

—¿Qué hacen exactamente?

—No lo sé. Nadie lo sabe con certeza. Son muy reservadas. Solo sé que se protegen entre ellas y que solo unas pocas consiguen entrar. Yo nunca he formado parte de la hermandad.

—¿Y por qué me hablas de ellas?

Silvia respiró hondo.

—Porque Jason era cliente de varias de esas mujeres. Y si alguien puede saber por qué lo han matado... son ellas.

Michael asentó con la cabeza.

Al llegar a casa, lo primero que hice fue mirar el reloj. Michael saldría de trabajar a las diez y, por primera vez en mucho tiempo, me descubrí nerviosa por una cita.

Sasha había insistido en ayudarme a elegir el vestido. Tenía toda mi habitación patas arriba: prendas sobre la cama, zapatos en el suelo y un sinfín de perchas vacías colgando del armario.

—Ese no —dijo, señalando el vestido negro que sostenía entre las manos—. Es demasiado serio. Esta noche necesitas algo que te haga sentir guapa, no una psicóloga.

Solté una pequeña risa.

—¿Desde cuándo eres asesora de imagen?

—Desde que mi mejor amiga se enamoró y no se da cuenta.

Negué con la cabeza mientras seguía rebuscando entre la ropa.

—No estoy enamorada.

—Claro... y yo soy monja.

Rodé los ojos antes de sacar un vestido color vino que apenas me había puesto una vez.

—¿Este?

Los ojos de Sasha se iluminaron.

—Ese. Definitivamente ese.

Mientras lo colocaba sobre la cama, su expresión cambió. La sonrisa desapareció y suspiró.

—Tienes suerte.

La miré con curiosidad.

—¿Suerte?

—Sí. El hombre que te gusta también siente algo por ti. Te mira como si fueras la única mujer del mundo. Ojalá a mí me pasara algo parecido.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Hay alguien?

Asintió despacio.

—Me gusta un chico de nuestra edad.

—¿Y él?

Se encogió de hombros.

—No le gusto.

Guardé silencio, esperando que continuara.

—Sé que le resulto atractiva. Me desea... pero también conozco a la chica a la que realmente mira cuando cree que nadie se da cuenta.

Sus palabras me golpearon más de lo que esperaba.

—Sasha...

—Yo también quiero sentirme deseada como ella. Quiero que alguien me mire y piense que soy suficiente. Pero siempre termino siendo el segundo plato. La opción cuando la primera no está disponible.

Me acerqué y le tomé las manos.

—No vuelvas a decir eso. Que alguien no sea capaz de ver tu valor no significa que no lo tengas. El problema no eres tú.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Algún día llegará alguien que te elija sin dudarlo. No como un reemplazo, sino como la única persona con la que quiera estar.

Ella sonrió con tristeza.

—Espero que tengas razón.

La abracé con fuerza. Mientras lo hacía, pensé en Michael. En lo extraño que era que alguien hubiera conseguido derribar los muros que llevaba años levantando. Quizá el destino simplemente llegaba cuando menos lo esperabas.

Cuando Michael llegó a recogerme, el sol comenzaba a esconderse entre los edificios de Brooklyn. Desde la ventana de casa vi su camioneta detenerse frente al jardín perfectamente cuidado de mis padres. Mi corazón se aceleró de una forma casi ridícula.

Escuché el timbre.

—¡Ya voy! —respondí mientras terminaba de colocarme un mechón de cabello tras la oreja.

Abrí la puerta y allí estaba él.

Durante unos segundos olvidé cómo respirar.

Se había afeitado la barba y, aunque me encantaba acariciarla cuando nos veíamos, aquel cambio resaltaba aún más la dulzura de su sonrisa.

—Vaya... Qué guapo estás. Me encantaba tu barba, pero así también estás increíble.

Sus ojos brillaron con esa mezcla de timidez y seguridad que solo él conseguía transmitir.

—Tú tampoco te quedas atrás. Con ese vestido azul pareces una princesa de Disney.

Sentí cómo el calor me subía hasta las mejillas. Reí bajito mientras aceptaba la mano que me tendía para ayudarme a bajar el pequeño escalón de la entrada.

Era un gesto sencillo.

Pero nadie había hecho algo así por mí.

Caminamos juntos hasta la camioneta y, antes de que pudiera abrir la puerta, Michael se adelantó y la sostuvo para que subiera primero.

Lo miré sin poder evitar sonreír.

—¿Qué pasa? —preguntó divertido.

Negué con la cabeza.

—Nada... Es solo que nadie me había abierto la puerta antes.

Su expresión cambió por completo. Durante un instante pareció dolerle escuchar aquello.

No dijo nada.

Solo esperó a que estuviera cómoda antes de cerrar la puerta con cuidado.

El camino era largo, pero, cuando estaba con él, las distancias parecían desaparecer. Hablamos de nuestra infancia, de música, de películas absurdas y de anécdotas que terminaban haciéndonos reír hasta dolernos el estómago.

Cada vez que un semáforo nos obligaba a detenernos, Michael buscaba mi mano entre las mías.

A veces solo entrelazaba nuestros dedos.

Otras, depositaba un beso sobre mis nudillos.

Y, cuando el silencio nos envolvía, inclinaba la cabeza para besar mis labios durante apenas unos segundos, como si quisiera recordarme constantemente que estaba allí conmigo.

Nunca nadie me había hecho sentir tan importante.

Cuando llegamos al restaurante, me quedé completamente inmóvil.

Era precioso.

Las luces cálidas iluminaban la fachada mientras el sonido de una fuente acompañaba el murmullo de la noche.

Sentí unos brazos rodear suavemente mi cintura.

Michael apoyó la barbilla sobre mi hombro y sonrió junto a mi oído.

—Creo que he tenido que vender hasta un riñón para traer a la chica más bonita de Nueva York al mejor restaurante de la ciudad.

No pude contener la risa.

Me giré y le di un pequeño golpe en el pecho.

—Eres imposible...

Él fingió ofenderse.

—Pero ha funcionado. Has sonreído.

Y tenía razón.

No podía dejar de hacerlo.

Entramos de la mano y nos acercamos al recepcionista.

—Señorita Anderson. Qué alegría volver a verla.

Asentí con una sonrisa.

—Tenemos una reserva a nombre de Michael Brown.

El hombre comprobó la lista y nos acompañó hasta nuestra mesa.

Mientras caminábamos, Michael me miró con curiosidad.

—¿Has venido muchas veces aquí?

—Algunas. Me gusta porque es tranquilo. Aquí siempre siento que el tiempo va más despacio.

El restaurante era elegante sin resultar frío. Predominaban los tonos blancos, las sillas negras y enormes plantas naturales que daban vida a cada rincón.

Michael dejó la chaqueta sobre una silla y, antes de que el recepcionista pudiera ayudarme, él mismo apartó mi asiento para que me sentara.

Sonreí.

Cada detalle suyo hacía que me enamorara un poco más.

Noté algunas miradas curiosas a nuestro alrededor, pero no me importaban.

Solo existíamos él y yo.

El recepcionista se acercó discretamente.

—Disculpe, señor. La chaqueta no puede permanecer sobre la silla. Si lo desea, puedo guardarla.

Michael lo miró unos segundos y terminó sonriendo.

—Está bien. Gracias.

No tenía sentido discutir por algo tan insignificante.

Cuando nos entregaron la carta, pedí un champán francés que conocía desde hacía tiempo.

Michael observó los precios con una expresión exageradamente dramática.

—Madre mía... Como sigamos así voy a terminar pagando este restaurante durante veinte años.

Reí sin poder evitarlo.

—Prometo que merecerá la pena.

—Eso espero. Si no, reclamaré.

El camarero sirvió el champán con toda la ceremonia posible y, tras probarlo, brindamos.

—Por nosotros —susurró Michael.

Choqué mi copa con la suya.

—Por nosotros.

La mesa era pequeña, lo suficiente para que nuestras rodillas se rozaran de vez en cuando bajo el mantel.

Michael estiró la mano y acarició lentamente la mía.

—¿Sabes una cosa?

Negué con la cabeza.

—Llevo toda la semana esperando esta noche.

Mi corazón dio un vuelco.

—Yo también.

Sonrió con esa ternura que conseguía desarmarme.

—Entonces ha valido la pena esperar.

La cena comenzó a llegar plato tras plato. Compartíamos bocados, comentábamos los sabores y terminábamos riéndonos por cualquier tontería.

Durante unas horas el mundo dejó de existir.

Hasta que el teléfono de Michael vibró sobre la mesa.

Lo miró solo un segundo.

Después volvió a dejarlo boca abajo.

—¿No vas a responder?

Negó con una sonrisa tranquila.

—No hay nada más importante que tú ahora mismo.

Aquellas palabras fueron mucho más valiosas que cualquier restaurante de lujo o cualquier botella de champán.

Porque, por primera vez en muchísimo tiempo, sentí que alguien realmente me elegía.

Y esa noche comprendí que el lugar más bonito del mundo nunca sería un restaurante elegante.

Sería cualquier sitio donde pudiera seguir mirando esos ojos marrones mientras él me sonreía de la forma en que solo Michael sabía hacerlo.

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