CAPÍTULO 11 Deseo y Deber
Deseo y Deber
Habíamos seguido hablando por mensajes durante aquellos días. Michael estaba completamente absorbido por el caso en el que trabajaba, así que no había podido acudir a consulta. Aun así, yo sabía que todavía quedaban demasiadas heridas abiertas para dar la terapia por terminada.
Cuando por fin volvió a sentarse frente a mí, percibí un cambio en él. Su expresión era distinta, más relajada. Seguía cargando con parte de su pasado, pero empezaba a sostenerlo con menos peso sobre los hombros.
La sesión fue larga. Hablamos de cómo se sentía, de la evolución de su dolor y de esa rutina gris que llevaba demasiado tiempo consumiéndolo. Escucharlo era diferente a las primeras sesiones. Ya no hablaba únicamente desde la rabia; comenzaba a hacerlo desde la esperanza.
—¿Te sientes preparado para enterrar el pasado y dejarlo atrás? —Le pregunté con calma.
Su sonrisa apareció al instante.
—¡Ahora estoy más cuerdo que nunca!
No pude evitar devolverle una pequeña sonrisa. Me levanté para acercarme al escritorio y ordenar algunas notas de la sesión. Escuché cómo él también se ponía en pie y caminaba hasta donde yo estaba.
—¿Te importa si te pago en efectivo? Lo tengo en el coche. Está cargando.
Asentí con naturalidad mientras esperaba a que regresara.
⚠️ +18 ⚠️
Michael sacó la cartera y me entregó 40 dólares.
Los tomé y me giré para dejarlos sobre el escritorio, pero cuando volví a girarme, él ya me tenía sujetada por la cintura y devorándome la boca.
Por una fracción de segundo, nuestras miradas se encontraron.
En los ojos de ambos se reflejaba la lujuria.
Le di un corto beso y, lentamente, pasé mi lengua por los labios de él. Su mano descendió, acariciando su pecho hasta llegar a su bragueta. Bajé la cremallera, deslizando sus pantalones junto con los bóxers. Comencé a masturbarlo con movimientos rápidos.
De la garganta de Michael escapó un gemido.
—Quiero follarte hasta alcanzar el cielo —gruñó con voz ronca.
Se movieron con cuidado hasta el sofá, asegurándose de que Michael no tropezara en el camino. Cuando él se sentó, acomodó sobre sus piernas. Michael masajeó mis pechos por encima del vestido, mientras acerque mi boca a su oreja y succionaba su lóbulo.
—Ahora mismo deseas arrancarme toda la ropa y dejarme desnuda a tu disposición… pero, cariño, esta vez controlo yo —susurré con picardía.
Solo con escucharla, la piel de Michael se erizó y su erección se intensificó.
Me apartó de sus piernas y, con movimientos sensuales, comenzó a deslizar la cremallera de su vestido hasta que este cayó al suelo. Se quitó los tacones con calma. Michael me observaba con detenimiento, devorando con la mirada. Para él, era la imagen del paraíso.
Contono mis caderas antes de acercarse de nuevo.
Michael, impaciente, arrancó el tanga negro.
Volví a optar por sus piernas como mi trono y abrió mis piernas en menos de un respiro .
Sus dedos entraron en mi sexo húmedo y jugaron con el clítoris hasta que llego el orgasmo.
Arqueo la espalda y gimo, agarrándole los muslos en un éxtasis entre dolor y placer.
Cuando él sacó los dedos, estaban empapados en sus fluidos. Se los llevó a la boca y los lamió, encendiendo aún más la temperatura entre nosotros.
—¿Tienes preservativos? —preguntó Michael, con una sonrisa traviesa—. No pensé que te comería la boca y terminaría masturbándote para luego hacer todas las posturas del Kamasutra.
Reí.
Se levantó, caminó hasta su escritorio y sacó un pequeño sobre plateado de su bolso. Lo abrió con los dientes y, sin titubear, colocó el condón sobre la base del pene de Michael, quien gimió con el contacto.
—Tranquilo, semental… haremos todo lo prohibido —susurré, acariciándole la mejilla—. Y sabes... te comería la polla.
Sin decir más, guió su erección hasta mi entrada y me envolvió con su cuerpo. Se sentó y comenzó a moverse con suaves danzas. Llegué al orgasmo antes que él y tuve varios seguidos. Michael, resistiendo un poco más, finalmente se corrió dentro del condón.
Retiró con cuidado y lo arrojó a la papelera.
Cuando terminamos de vestirnos, sus risas llenaron la habitación. Michael me sujetó por la cintura y me dio un beso en los labios. Le rodeó el cuello con los brazos.
—Lamento haberte roto el tanga —comentó él con una sonrisa.
—No pasa nada. Masturbas genial... y no quiero imaginar cuando me comas el coño —exclame sonriendo con picardía.
—Tendrás que esperar —dijo él. Y tú no te has quedado corta, dando saltitos.
Se dieron un último beso antes de despedirse.
Michael se dirigió a la puerta, pero antes de salir, le llamó la atención.
—¿Es la primera vez...? —preguntó con curiosidad.
—¿Qué?
Gire en mi silla y le miro fijamente.
—¿Es la primera vez que te tiras a un paciente?
Michael rió.
—¡Sí! —respondí con rapidez—. Hasta luego, cariño.
Él salió,caminando por un corto pasillo hasta la salida del edificio. En la puerta, un hombre esperaba con impaciencia.
—¡Buenas tardes! Por fin, llevo esperando más de media hora —exclamó el hombre antes de entrar.
Michael intentó contener la risa mientras avanzaba. Cuando llegó a la acera contraria, sacó su móvil y revisó los mensajes.
📲 Llamadas perdidas de Nathaniel (27)
Justo en ese momento, el teléfono sonó.
—¡Mamón! ¿Por dónde andas? —dijo Nathaniel , molesto—. ¿Dándole cariñitos a tu nueva novia?
—Uno: no es mi novia... aún. Dos: estaba en terapia. Y tres: ¿ha ocurrido algo muy importante para que me llames veintisiete veces? —preguntó Michael con calma.
Nathaniel suspiró.
—Vale… espero que te ayude bien —dijo, dejando el tema atrás. Pero ven rápido. Tenemos un caso. Un pez gordo de la mafia del Bronx apareció muerto en el canal Erie. El jefe ha luchado para que el FBI no se lo quede. Quiere demostrar que nosotros podemos con esto.
Michael, ya en la carretera, se detuvo en un semáforo en rojo. En ese instante, recibió un mensaje de Megan.
📩 Megan "La cita será el lunes 19. Tengo semanas ocupadas con muchos pacientes. 💖"
Michael sonrió para sí mismo.
Las cosas iban en serio.
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