Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 10 El amor que nunca imaginé
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CAPÍTULO 10 El amor que nunca imaginé

El amor que nunca imaginé

Supe que, tarde o temprano, conocería a mis suegros. Habían pasado más de dos meses desde que conocí a Michael, el hombre que había conseguido devolverme la calma cuando más la necesitaba.

Estábamos cómodamente instalados en el sofá de piel, como si el tiempo se hubiera detenido.

Michael tenía las piernas estiradas sobre el asiento y yo descansaba medio recostada sobre su pecho.

Nos besábamos con dulzura, sin prisa. Sus labios sabían a café y a ese aroma inconfundible que solo él tenía.

De repente, su móvil comenzó a sonar.

Me aparté un poco mientras él lo buscaba con evidente torpeza.

—¿Dónde demonios...? —murmuró, palpando entre los cojines antes de sacar el teléfono del bolsillo. Aquí estaba... Qué imbécil.

No pude evitar reírme.

En la pantalla aparecía un único nombre.

MAMÁ.

Michael respondió enseguida.

—¡Hola, mamá!

—Hola, cariño. ¿Cómo te va en el trabajo?

—Hoy está siendo un día tranquilo. Mejor no decirlo muy alto, que luego se tuerce.

—Eso es buena señal. Oye, hace mucho que no vienes a cenar. Tu padre ha tenido un par de días buenos y preguntó por ti.

Michael sonrió con cierta melancolía.

—Lo sé. Intentaré pasarme esta semana.

—Hazlo. Y, de paso, trae a esa chica de la que me hablaste. Tengo muchas ganas de conocerla.

Michael dejó escapar una risa.

—Mamá, no estoy saliendo con ella.

—¿Ah, no?

—Es mi psicóloga.

Al otro lado de la línea hubo un breve silencio.

—Pues la forma en la que hablabas de ella hacía pensar otra cosa.

No pude contener una sonrisa. Me acerqué despacio al teléfono.

—Hola. Soy Megan.

—¡Vaya! Así que eres tú. Encantada de conocerte.

—El placer es mío.

—Pues, psicóloga o no, estás invitada a cenar el viernes.

Miré a Michael, divertida.

Él levantó las manos con resignación.

—Mamá...

—Ni "mamá" ni nada. Quiero conocer a la persona que ha conseguido que vuelvas a sonreír.

Michael guardó silencio unos segundos.

—Está bien. Se lo preguntaré.

Sonreí de lado.

—Acepto la invitación.

La mujer soltó una pequeña risa.

—Entonces os espero el viernes.

Michael asintió.

—Allí estaremos.

Después su expresión cambió.

—¿Y papá? ¿Cómo está?

La voz de su madre perdió la alegría.

—Va mejorando... pero, hijo, la verdad es que no creo que vuelva a ser como antes.

Michael bajó la mirada.

—Lo entiendo.

—Hay días en los que recuerda algunas cosas... y otros en los que ni siquiera sabe quién eres.

El silencio se hizo pesado.

—Nos vemos el viernes, mamá.

—Aquí os esperaré. Cuidaos mucho.

—Tú también.

Colgó despacio y dejó el móvil sobre el sofá.

Me miró con una sonrisa entre avergonzada y divertida.

—Mi madre acaba de invitar a mi psicóloga a cenar.

No pude evitar reír.

—No todos los días una suegra potencial invita a cenar a la terapeuta de su hijo.

Michael soltó una carcajada.

—Ni se te ocurra llamarla suegra delante de ella.

—No prometo nada.

Le di un beso corto en los labios y él respondió rodeándome con un brazo, negando con la cabeza mientras sonreía.

A varios kilómetros de allí, la madre de Michael dejó el teléfono sobre la mesa y se acomodó lentamente en el sillón.

A su lado, su marido permanecía sentado frente al televisor. Tenía el rostro envejecido y la mirada perdida, completamente ausente.

La mujer tomó su mano con delicadeza.

—Cariño... Michael vendrá a cenar el viernes. Y creo que traerá a su psicóloga.

El hombre giró lentamente la cabeza hacia ella.

Parpadeó varias veces.

—¿Quién es Michael? —preguntó con voz apagada—. ¿Y quién eres tú?

Ella sintió cómo el corazón se le rompía una vez más.

Aun así, sonrió. Le acarició la mejilla con ternura y depositó un beso sobre su frente.

—No pasa nada, mi amor. Sigue viendo la televisión.

Permaneció sentada a su lado, sosteniendo su mano en silencio.

Ojalá el Alzheimer no le hubiera arrebatado sus recuerdos.

Ojalá pudiera reconocer a su propio hijo.

Ojalá todavía pudiera recordar a la mujer que llevaba toda una vida a su lado.

Ni el arrebato más maligno lograría borrar de mi memoria las cicatrices que marcaban mi alma.

¡Pues si!

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