Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 9 Un café y solo compañía
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CAPÍTULO 9 Un café y solo compañía

Un café y solo compañía

Era la cuarta sesión de Michael.

Cuatro sesiones deberían haber sido insuficientes para que alguien ocupara un lugar tan persistente en mis pensamientos y, sin embargo, allí estaba.

No era una obsesión ni un enamoramiento adolescente.

Era algo mucho más difícil de explicar. Me sorprendía pensando en él mientras conducía de vuelta a casa, cuando preparaba el café por las mañanas o al final del día, mientras repasaba las notas de mis pacientes.

Recordaba frases que había dicho, silencios que había decidido mantener y la forma en que desviaba la mirada cada vez que una pregunta se acercaba demasiado a un recuerdo que todavía no estaba preparado para compartir.

Intentaba convencerme de que todo aquello era simple curiosidad profesional, que Michael era un caso complejo y que mi interés nacía únicamente de mi trabajo, pero esa explicación empezaba a parecerme cada vez menos creíble.

Había algo en él que despertaba una curiosidad que iba mucho más allá de cualquier expediente clínico.

Quizá era la calma que mostraba al mundo mientras, en su interior, parecía librar una batalla constante.

Quizá era la prudencia con la que escogía cada palabra, como si hubiera aprendido hacía mucho tiempo que confiar en alguien siempre terminaba teniendo un precio demasiado alto. O quizá era simplemente él.

Suspiré y cerré la agenda. Su nombre seguía escrito a las once de la mañana, exactamente donde lo había visto la noche anterior.

Michael. Bastó con leerlo para sentir una extraña calidez recorriéndome el pecho, una sensación que me negaba a analizar porque sabía perfectamente adónde podía llevarme.

Miré el reloj. Todavía faltaban veinte minutos para la sesión, tiempo suficiente para terminar el café que acababa de prepararme y ordenar mis pensamientos antes de recibirlo.

Me levanté del escritorio y caminé hasta la cafetera.

El despacho permanecía envuelto en ese silencio que normalmente tanto agradecía, una tranquilidad que siempre me ayudaba a concentrarme, aunque aquella mañana se sentía diferente.

Más pesada. Más vacía. Tomé la taza entre las manos y dejé que el calor de la porcelana me devolviera algo de serenidad.

Era absurdo. Llevaba años ejerciendo como psicóloga; había escuchado cientos de historias, conocido a personas brillantes, complejas y fascinantes.

Michael no tenía ningún derecho a convertirse en una excepción. Y, aun así, lo estaba consiguiendo.

Cuando me di la vuelta para regresar al escritorio, tres golpes suaves resonaron en la puerta. Mi corazón reaccionó antes que mi cabeza. Durante una fracción de segundo pensé en Michael, pero descarté la idea inmediatamente. Todavía faltaban veinte minutos para su cita.

—Adelante.

La puerta se abrió y, por un instante, me quedé inmóvil.

Era él.

Michael.

Sentí una leve sacudida en el pecho, tan rápida como inesperada.

—Buenos días, Megan.

Su voz conservaba esa serenidad que siempre conseguía captar mi atención.

—Buenos días, Michael.

Intentando recuperar la compostura, desvié la mirada hacia el reloj.

—Llegas veinte minutos antes.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

—¿Eso es una queja?

—Eso es una observación.

—Entonces observas demasiado.

No pude evitar sonreír.

—Y tú llegas demasiado pronto.

—He terminado antes de lo previsto. Pensé que sería mejor venir directamente.

Aquella última palabra provocó una reacción tan absurda en mi interior que me apresuré a ignorarla.

—Si estás ocupada, puedo esperar fuera.

—No hace falta.

La respuesta salió con demasiada rapidez.

Lo noté en cuanto pronuncié aquellas palabras.

Él también. Por suerte, tuvo la delicadeza de no mencionarlo.

Cerró la puerta y tomó asiento frente a mí.

Yo regresé a mi silla, abrí la libreta y sujeté el bolígrafo entre los dedos, intentando recuperar la profesionalidad que siempre me había acompañado.

Sin embargo, cuando levanté la vista y encontré sus ojos observándome al otro lado del escritorio, comprendí algo que llevaba semanas intentando ignorar.

El problema ya no era Michael. El problema era que cada día me costaba más recordar por qué debía mantener las distancias.