Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 8 Mirada en la madrugada
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CAPÍTULO 8 Mirada en la madrugada

Mirada en la madrugada

En una cafetería abierta las veinticuatro horas, Matt y Ethan bebían un capuchino de caramelo mientras vigilaban a un sospechoso.

Para no levantar sospechas, se hicieron pasar por una pareja. Se dieron la mano al salir del local y caminaron juntos hacia el aparcamiento.

—¿Crees que aparecerá? —preguntó Ethan en voz baja.

—Tiene que hacerlo. —Lleva tres noches siguiendo el mismo patrón —respondió Matt.

Al llegar a los coches, Matt le dio un rápido beso en la mejilla a Ethan para reforzar la actuación. Justo entonces apareció un hombre corpulento con un hacha en la mano.

—Eh, maricones —gritó con una sonrisa desagradable—. A besaros en vuestra casa... bueno, si llegáis.

Matt y Ethan intercambiaron una mirada.

Era él.

El sospechoso que llevaban semanas buscando.

—Tranquilo —murmuró Ethan sin dejar de sonreír—. Sigue actuando.

El hombre avanzó unos pasos, convencido de que estaba intimidando a dos desconocidos. No sabía que ambos eran agentes encubiertos.

—¿Os habéis quedado sin palabras? —Se burló.

Matt fingió nerviosismo.

—No queremos problemas.

—Pues yo sí.

El sospechoso levantó ligeramente el hacha. No llegó a blandirla, pero el gesto bastó para confirmar lo peligroso que era.

—Confirmado —susurró Ethan por el micrófono oculto en su chaqueta—. Objetivo localizado.

La respuesta llegó de inmediato por el auricular.

—Equipos en posición.

El hombre seguía acercándose cuando varias luces se encendieron de golpe alrededor del aparcamiento.

—¡Policía! ¡Quieto!

La expresión burlona desapareció de su rostro.

Durante un segundo pareció congelado. Luego echó a correr.

—¡Va hacia la salida de este! —Gritó Matt.

Los dos salieron tras él.

El sospechoso atravesó el aparcamiento a toda velocidad, esquivando coches y saltando sobre una cadena de seguridad. Detrás de él resonaban las sirenas y los pasos de los agentes.

—¡Detente! —ordenó Ethan.

Pero el hombre siguió corriendo.

Llegó a una zona de almacenes detrás de la cafetería. Allí se encontró con algo que no esperaba: dos patrullas bloqueándole el paso.

Se giró.

Matt y Ethan ya estaban detrás de él.

Por primera vez pareció darse cuenta de que no tenía escapatoria.

Lentamente dejó caer el hacha al suelo.

—Se acabó —dijo Matt.

—¿Quiénes sois? —preguntó el hombre.

Ethan mostró su placa.

—Los que llevan tres semanas siguiéndote.

El sospechoso bajó la cabeza mientras los agentes le colocaban las esposas.

Cuando todo terminó, el cielo empezaba a aclararse.

—Bueno —dijo Ethan—, supongo que ya no tenemos que fingir ser pareja.

Matt soltó una risa.

—Después de esta noche, creo que nos lo hemos ganado.

—¿Otro café?

—Solo si no es de caramelo.

Ambos se alejaron mientras las luces de la madrugada daban paso al amanecer y el caso, al menos por esa noche, llegaba a su fin.

En su caso, por que por otro la investigacion de los asesinatos cesaron, Iba a pasar a archivados, las pruebas del adn no dio conclusion, el fiscal metio presion al comisario, el ultimatum.

Michael estaba en la puerta de la comisaría, bebiendo tranquilamente de un vaso térmico azul. De pronto, Nathaniel apareció por detrás y se acercó demasiado, inclinándose sobre su hombro para olisquear el contenido.

—¿Qué demonios llevas ahí? —preguntó con curiosidad.

Molesto por la invasión de su espacio personal, Michael lo apartó con una mano y le lanzó una mirada de advertencia.

—Te recuerdo que la última vez que te vi con ese termo —dijo Nathaniel, arqueando una ceja— terminaste subiéndote a tu escritorio para bailar delante de toda la brigada.

Michael siguió bebiendo como si no lo hubiera escuchado.

—Al final tuvimos que bajarte entre tres agentes —continuó Nathaniel con una sonrisa divertida—. Después te pasaste toda la noche cantando canciones de los ochenta a pleno pulmón.

—Exageras.

—¿Exagero? Asuntos Internos decidió asignarte una psicóloga después de aquello.

Michael apartó el termo de sus labios y le lanzó una mirada oscura.

—Y los mandé a la mierda.

—Exacto. Por eso quiero saber qué llevas ahí dentro.

Nathaniel intentó acercarse otra vez al vaso, pero Michael lo apartó de un empujón con el antebrazo.

—Ni se te ocurra.

—Vamos, solo quiero comprobar que no es el mismo brebaje infernal de aquella vez.

—Sigue soñando.

Justo cuando una sonrisa empezaba a dibujarse en el rostro de Michael, un paquete cayó bruscamente a sus pies.

El golpe seco contra el suelo hizo que ambos bajaran la mirada.La sonrisa desapareció al instante.

Michael observó el paquete durante unos segundos, inmóvil, con la mandíbula tensa.

Algo en su expresión cambió de inmediato.

—Michael... —murmuró Nathaniel, percibiendo el peligro.

Sin responder, Michael reaccionó de golpe. Lo agarró por el brazo y lo empujó hacia el interior de la comisaría.

—¡Dentro! ¡Ahora!

Nathaniel trastabilló por la fuerza del empujón y cruzó las puertas sin protestar. Al darse la vuelta, vio a Michael permaneciendo fuera, con la mirada fija en el paquete abandonado sobre el pavimento. Demasiado quieto.

Como si supiera exactamente lo que estaba viendo.

Nathaniel no perdió el tiempo. En cuanto comprendió la gravedad de la situación, sacó el teléfono y avisó a los artificieros.

La entrada de la comisaría fue acordonada de inmediato y los agentes comenzaron a desalojar la zona mientras el paquete permanecía inmóvil frente a las puertas principales.

Menos de media hora después, varios vehículos especializados llegaron al aparcamiento de la propia comisaría.

Los artificieros descendieron rápidamente y comenzaron a desplegar su equipo.

En una zona despejada del estacionamiento levantaron una tienda de campaña provisional que utilizarían como punto de preparación, donde organizaron el material, revisaron los trajes de protección y prepararon el robot de inspección.

Nathaniel observaba toda la operación con los brazos cruzados, mientras Michael permanecía cerca de la entrada, en silencio, sin apartar la vista del paquete.

Algo en su expresión indicaba que aquello no era una simple falsa alarma.

Nathaniel continuó examinando el contenido del paquete con paciencia meticulosa.

Facturas.

Recibos.

Fotografías.

Informes impresos.

Cada documento parecía relacionado con la investigación, pero todavía era incapaz de encontrar la conexión que justificara aquel envío.

Michael observaba en silencio desde el otro lado de la mesa.

—¿Ves algo útil?

Nathaniel no respondió.

Acababa de encontrar una fotografía distinta a las demás.

La extrajo lentamente del montón y la sostuvo bajo la luz.

Mostraba la fachada de un hotel durante la noche. Las ventanas iluminadas destacaban sobre la oscuridad de la calle, y el edificio aparecía fotografiado desde una posición elevada.

Nathaniel entrecerró los ojos.

Aquella imagen le resultaba familiar.

Demasiado familiar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Michael.

—Conozco este lugar.

Giró la fotografía.

En la parte posterior había unas palabras impresas con tinta negra, limpias y precisas, sin una sola marca que permitiera identificar al remitente.

Nathaniel leyó en voz alta:

—«Si no miras ni tu propia sombra, ¿qué crees que se halla en tu cerebro?».

Durante unos segundos nadie habló.

Michael tomó la fotografía y observó la imagen del anverso.

—¿Qué significa?

Nathaniel volvió a fijarse en la fachada.

Entonces lo comprendió.

No era el edificio lo que debía llamar su atención.

Era la perspectiva.

La fotografía no había sido tomada desde la calle.

Ni desde un vehículo.

Había sido tomada desde una habitación situada en otro edificio, justo enfrente.

Y quien la había tomado sabía exactamente en qué se estaba enfocando.

—No es un mensaje al azar —murmuró.

—¿Qué has visto?

Nathaniel señaló el nombre grabado sobre la entrada principal.

—Es el Wall Street Hotel.

Michael levantó la vista.

—¿Y?

—Hace tres meses apareció una referencia a ese hotel en uno de los informes preliminares. Era tan insignificante que nadie le dio importancia.

El silencio volvió a extenderse por la sala. Nathaniel sostuvo la fotografía entre los dedos.

Ahora entendía el propósito del paquete.

Las facturas.

Los documentos. Las imágenes. Nada de aquello era una amenaza.

Era un rastro.

Alguien había reunido información durante meses y acababa de entregársela.

Pero no para ayudarles.

Sino para obligarlos a mirar en la dirección correcta.

Nathaniel volvió a leer la frase impresa en el reverso.

«Si no miras ni tu propia sombra, ¿qué crees que se halla en tu cerebro?».

Era una provocación.

Una forma de decirles que habían pasado por alto algo evidente.

Algo que había permanecido delante de ellos todo el tiempo.

Nathaniel dejó la fotografía sobre la mesa.

—Preparad un equipo.

—¿Adónde vamos? —preguntó Michael.

Nathaniel no apartó la mirada de la imagen del hotel.

—Al Wall Street Hotel.

Porque quien envió este paquete no quiere esconderse.

Quiere que lo encontremos.

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