CAPÍTULO 7 Nueva Tarde
Nueva Tarde
En Brooklyn, Nueva York
Michael y yo dimos un paseo aquella tarde. El ambiente era tranquilo y acogedor cuando salimos de la consulta. Había decidido probar un método diferente con él después de lo ocurrido la semana anterior.
Aquella noche había sido un duro golpe para todos.
Lo encontraron sentado en el escalón de su casa, con un par de latas de cerveza vacías a su lado y apenas consciente de lo que sucedía a su alrededor.
La recaída había sido inesperada, pero también un recordatorio de que el camino hacia la recuperación rara vez era lineal.
Por eso, mientras caminábamos por las calles de Brooklyn, intenté que la conversación fluyera con naturalidad.
No quería que se sintiera juzgado. Michael guardaba silencio la mayor parte del tiempo, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en algún punto del horizonte, como si todavía estuviera intentando encontrar el equilibrio después de la tormenta.
El sonido de su teléfono rompió el silencio que se había instalado entre nosotros.
Michael lo sacó del bolsillo, observó la pantalla durante unos segundos y respondió con pocas palabras. Su expresión cambió apenas un instante, lo suficiente para que yo lo notara. Cuando
colgó, guardó el móvil de nuevo y continuó caminando como si nada hubiera ocurrido.
Pero yo me detuve.
Michael avanzó un par de pasos antes de darse cuenta. Al girarse, me encontró plantada frente a él, bloqueándole el paso.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Lo observé durante unos segundos.
—Sé que tienes que ir a algo muy importante.
Michael frunció el ceño.
—¿Y eso quién te lo ha dicho?
—Nathaniel.
Su nombre provocó una pequeña reacción en él.
—Me lo comentó esta mañana. No me dio detalles, pero dejó bastante claro que no podías faltar.
Michael desvió la mirada hacia la calle.
—No es asunto tuyo.
—Quizá no —respondí con calma—. Pero tampoco voy a dejar que vayas solo.
Él soltó una risa breve y cansada.
—¿Crees que necesito una niñera?
—No. Creo que necesitas compañía.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Michael abrió la boca para protestar, pero no encontró una respuesta inmediata. Lo conocía demasiado bien. Sabía que detrás de aquella fachada distante seguía cargando con el peso de la recaída, con la culpa y con el miedo de volver a fallar.
—Te acompaño —repetí con suavidad—. No voy a hacer preguntas. Solo caminaré a tu lado.
Michael me observó durante unos segundos. Después soltó el aire lentamente y negó con la cabeza.
—Eres imposible.
Sonreí.
—Eso me han dicho.
Por primera vez en toda la tarde, una sonrisa auténtica apareció en su rostro.
—Está bien. Ven.
Michael seguía algo a la defensiva. No quería renunciar a la ayuda que le ofrecía, pero había ciertos temas que lo hacían reaccionar con una actitud casi arisca.
Continuamos caminando hasta llegar a un parque rodeado de edificios. Las risas y los gritos de los niños hicieron que Michael alzara la vista. Enseguida comprendí que habíamos llegado al cumpleaños de Sandra, la hija de Nathaniel.
Entre el bullicio distinguí a una niña vestida de vaquera, rodeada de otros niños disfrazados de distintas temáticas. Corría de un lado a otro con una energía inagotable, tan cabezota y decidida como su padre.
Saludé a Nathaniel desde la distancia. Él levantó la mano en respuesta y me dedicó una sonrisa. Michael, al verlo, recordó uno de los chistes que Nathaniel le había contado apenas veinte minutos antes y no pudo evitar soltar una carcajada.
La pequeña vestida de vaquera corrió hacia nosotros, abriéndose paso entre los demás niños con una enorme sonrisa.
—¡Tío, tío! —gritó mientras se lanzaba hacia Michael.
Él la atrapó entre sus brazos antes de que pudiera derribarlo y la abrazó con fuerza. Sandra soltó una carcajada mientras él la levantaba unos centímetros del suelo, incapaz de ocultar la sonrisa que iluminaba su rostro.
Después, la pequeña le colocó el sombrero de vaquero sobre la cabeza.
Michael giró hacia mí y me sonrió. Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Sandra habló.
—Mmm... Yo deduzco muy bien las cosas. Tú eres mi nueva tía.
Michael estuvo a punto de atragantarse con su propia saliva.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? —preguntó entre risas.
Sandra cruzó los brazos con total seguridad.
—Porque normalmente, cuando el tito viene a mi cumpleaños acompañado de una chica, es porque la está presentando oficialmente.
No pude evitar reír.
—Sandra, te estás equivocando —dijo Michael, intentando mantener la compostura. Megan es algo así como... la profesora del colegio que ayuda a resolver los problemas de los demás.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Ayuda a arreglar los líos que tenemos las personas, igual que los profesores ayudan a los niños cuando tienen algún problema.
Sandra dio un pequeño salto y negó con la cabeza.
—¡Pero la profe que tú dices es una psicóloga y se llama Irene! —protestó con las manos en la cintura—. ¡No puedes engañarme, tito! Yo ya sé quién es una psicóloga.
Después me miró con una sonrisa llena de orgullo.
—¿Ves? Lo he adivinado. Soy muy lista.
Entonces señaló a Michael con el dedo.
—Y tú eres muy malo explicando las cosas.
Michael negó con la cabeza mientras todos rompíamos a reír.
Después de aquella conversación, Michael se puso a jugar con Sandra. Aquella tarde me incluyeron en todas las actividades como si llevara formando parte de la familia desde hacía mucho tiempo.
Sabiendo dónde me estaba metiendo, decidí dejarme llevar y disfrutar del momento.
No hubo ningún problema. Entre risas y bromas terminamos jugando a la gallinita ciega. Los niños corrían de un lado a otro mientras intentábamos adivinar quién se escondía detrás de cada voz, convirtiendo aquella tarde en un recuerdo tan caótico como inolvidable.
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