CAPÍTULO 6 Las confesiones
Las confesiones
Michael y Nathaniel avanzaban por los largos pasillos del edificio, con el sonido de sus pasos resonando contra las paredes frías. Se dirigían a la sala de interrogatorios, aunque ninguno de los dos parecía especialmente tenso.
Entre elloshabíaa confianza que no necesitaba explicarse
—No sé cómo sigues llegando tarde a todo— murmuró Nathaniel, con una media sonrisa.
Michael soltó una leve risa.
—No llego tarde. ¡Llevo cuando tengo que llegar! — Michael funfurro—
Nathaniel negó con la cabeza, acostumbrado a sus respuestas.
Se conocían desde niños. Habían crecido uno frente al otro, separados solo por la calle. Sus padres no eran amigos, ni siquiera especialmente cercanos, pero ellos dos habían acabado encontrándose de la forma más simple: jugando.
Michael tenía cinco años cuando empezó a cruzar la calle sin que nadie se diera cuenta. Nathaniel tenía tres y todavía no hablaba con claridad, pero él corría detrás de él como si lo hubiese hecho toda la vida.
Al principio eran solo juegos: pelotas rodando de una acera a otra, dibujos en el suelo, carreras sin sentido. Después
llegaron las tardes enteras, las confidencias sin importancia y esa especie de lealtad silenciosa que solo se forma en la infancia.
Ahora, años después, seguían caminando uno al lado del otro como si nada hubiera cambiado.
—Hoy estás raro — comentó Nathaniel de repente, mirándolo de reojo.
Michael tardó un segundo en responder.
— No estoy raro— En su pensamiento estaba Stella— Sacó del bolsillo por un segundo y miró en la pantalla una notificación.
—Claro —dijo Nathaniel, sin creérselo. Y yo soy nuevo aquí.
Michael exhaló, sin dejar de caminar.
—Es solo Stella; ha vuelto.
Nathaniel levantó las cejas, interesado al instante.
—¿Cómo que ha "vuelto"?
Michael lo miró de reojo, sin querer entrar demasiado en el tema.
— Después de todo lo que pasó, no sé qué querrá de mí.
Natha iba a responder, pero se adelantó, cambiando de tono con más ligereza:
—Oye, esta tarde es el cumple de Leslie y Amber dice que tienes que venir sí o sí.
Michael frunció ligeramente el ceño, como si lo hubiera olvidado por completo.
—No sé si quiero ir…Natha lo cortó de inmediato.
—No es una opción. Amber ya te ha incluido en la lista mental de gente que, si no aparece, muere.
Michael soltó una risa breve, negando con la cabeza.
—Eso suena muy a Amber
—Porque lo es — respondió Nathaniel—. Así que ve haciéndote a la idea.
Llegaron a la sala de interrogatorios y se detuvieron frente a la puerta. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Michael apoyó una mano sobre el pomo, preparándose para entrar. Las casualidades ganaron porque no fue el único que se encontraba a una puerta en ese momento.
Al otro lado de la ciudad, yo también permanecía inmóvil ante una. Con el corazón acelerado y mil pensamientos, observando que detrás de la puerta yo también encontraría a la mayor culpable.
Llamé a la puerta. El pasillo era idéntico al del edificio donde tenía mi consulta.
—Adelante —dijo una voz desde dentro.
Al entrar, el despacho resultó ser completamente distinto al mío.
La mesa de roble estaba colocada frente a los ventanales y, detrás de ella, una mujer con los pies apoyados sobre el escritorio fumando un cigarro.
Su espalda descansada contra el respaldo de la silla, mientras sus ojos oscuros y penetrantes
Al entrar, el despacho resultó ser completamente distinto al mío.
La mesa de roble estaba colocada frente a los ventanales y, detrás de ella, una mujer con los pies apoyados sobre el escritorio fumaba un cigarro.
Su espalda descansaba contra el respaldo de la silla, mientras sus ojos oscuros y penetrantes se clavaban en mí.
Me situé frente al escritorio.
Tenía el cabello castaño, largo y rizado, con un flequillo que enmarcaba su rostro. Sus cejas gruesas combinaban con el tono de su pelo y sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa traviesa. Su piel morena resaltaba con los pantalones blancos y el top negro de encaje que llevaba puestos.
—Amiga, ¿me quieres decir qué estás ocultando? Desde que entraste, lo he notado.
Suspiré.
Era la culpable del interrogatorio de mi mejor amiga.Miré al ventanal y pensé qué estaría haciendo él.
Michael, antes de sentarse, miró al sospechoso con calma. El hombre estaba encorvado en la silla, con la ropa arrugada y mirada baja. Claramente era alguien acostumbrado a vivir con poco. El silencio en la sala pesaba más de lo normal.
Michael dejó escapar un suspiro breve y apoyó las manos sobre la mesa.
—Me han dicho que eres el mayor chivato de la zona —dijo con tono firme
—Me han dicho que eres el mayor chivato de la zona —dijo con tono firme—. Si decides colaborar y contarnos lo que sabes, puedo asegurarte algo a cambio.
El sospechoso levantó ligeramente la cabeza, desconfiado.
—¿Qué gano yo con eso?
Michael lo sostuvo con la mirada, sin parpadear.
—Una cena decente. En uno de los mejores restaurantes de la zona. Y quizá un trato más favorable en tu situación si eres útil de verdad.
El hombre dudó.
Nathaniel, de pie detrás de Michael, observaba en silencio. Sabía perfectamente ese tipo de juego: presión suave, promesas medidas y ninguna mentira directa.
Mientras Sasha seguía hablando, mi atención se perdió durante unos segundos.
A veces pensaba que las personas éramos puertas.
Algunas permanecían cerradas durante años.
Otras se abrían demasiado deprisa. Y unas pocas escondían algo detrás que merecía la pena descubrir.
En aquel mismo instante, en algún lugar de Manhattan, Michael también debía de estar frente a una puerta.
Quizá la estaba abriendo. Quizá estaba a punto de sentarse frente a alguien y hacer preguntas.
Yo, en cambio, me encontraba al otro lado de una conversación completamente distinta.
Y aun así, por extraño que pareciera, tenía la sensación de que ambos estábamos buscando respuestas.
La expresión de Sasha cambió de inmediato. Se incorporó, apartó los pies del escritorio y me miró fijamente. Sostuve su mirada con cierto aire de culpabilidad, pero, tras unos segundos de silencio, la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa burlona.
—¡Hija de puta! —Soltó entre risas—. Bueno, no pasa nada... pero dime, ¿quién es el afortunado? ¿No estabas con aquel ricachón?
Tomé asiento frente a ella.
—No. Se llama Michael. Es policía aquí en Manhattan, tiene treinta y cinco años y está buenísimo. Lo conocí porque su compañero, Ryan, me lo recomendó después de que pasara por un episodio traumático.
Los ojos de Sasha brillaron con entusiasmo.
—¿El guapo? ¿Sigue soltero?
—Sí. Pero el tema es que nunca he creído en el amor romántico. No estoy enamorada, simplemente... me gusta. Y hoy tengo una cita con él.
—¡Enhorabuena! —exclamó emocionada—. Y dime... ¿cuánto le mide?
Puse los ojos en blanco.
—Eres una pervertida. No te lo voy a decir.
—Vale, sosa.
Se encogió de hombros antes de cambiar de tema.
—Tenemos nuevos pacientes. Muy guapos y que pagan bien. Las sesiones son mañana.
La miré con seriedad.
—De acuerdo.
Durante unos segundos permanecimos en silencio. No podía evitar pensar en Michael. Era extraño. Siempre había creído que las relaciones acababan complicándolo todo, y sin embargo ahí estaba yo, esperando con cierta impaciencia una cita.
Sasha apagó el cigarro en el cenicero que descansaba junto al teclado. Después cogió su móvil, lo desbloqueó y abrió la galería de imágenes. Giró la pantalla para que pudiera verla.
Observé la fotografía durante unos segundos.
—¿Cuándo y dónde?
—Veintisiete mil dólares. En The Wall Street Hotel.
Tomé una calada de mi cigarro y expulsé el humo lentamente.
—De acuerdo. Solo espero que no pase como la última vez...
Sasha y yo nos quedamos en silencio. El humo del tabaco flotaba entre nosotras mientras los recuerdos de aquel trabajo parecían regresar poco a poco.
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