Los Secretos De Una Esposa CAPÍTULO 5 Trauma Compartido
17%

CAPÍTULO 5 Trauma Compartido

Trauma Compartido

El caso seguía abierto y aún quedaban muchas pistas por investigar.

Del zapato encontraron a una prostituta y de aquella prostituta, una nueva línea de investigación. Pero en el caso de Michael, las piezas de su vida no encajaban. Antes de volver a la misma rutina sin salvación, decidió llamarme para concertar una cita.

Las puertas del ascensor se abrieron lentamente.

Frente a él se extendía un lugar de una arquitectura moderna, un rascacielos de ventanales oscuros y oficinas privadas que rondaban los cien mil dólares.

Michael caminó por los silenciosos pasillos de la planta.

Le parecía irónico que la consulta de una psicóloga se sienta tan fría y artificial

—¡Adelante!—

Michael abrió la puerta y entró lentamente en la consulta.

—Hola. ¿Cómo te va el día? —preguntó acercándose al escritorio.

Megan apartó la vista del ordenador, se quitó las gafas y se levantó a saludarlo.

—Vale… ¿Me siento o me tumbo? —Preguntó algo nervioso mientras miraba el sofá blanco de cuero.

—Como prefieras. Dame un segundo.

Ella volvió a poner la grabación de la sesión anterior y terminó de escribir unas últimas anotaciones. Michael se tumbó, observando en silencio cada uno de sus movimientos.

Giró la silla y se levantó, caminando hacia la derecha. Dio un paso atrás para coger la libreta.

—Pregunta: ¿Me vas a grabar? —dijo al ver que ella tomaba el bolígrafo.

—Ah, ya —se respondió a sí mismo.

—¡Relájate, inspector! Esto no es un interrogatorio. Estoy aquí para descubrir lo que hay en tu cabeza, para encontrar la solución a un problema que te persigue. No te voy a grabar, pero recuerda: el sospechoso aquí eres tú —añadió ella, sonriendo mientras él la miraba con cara de asombro.

—Era una broma para relajar el ambiente, ¡cosas mías! —dijo, acomodándose en el sillón blanco.

—La semana pasada te vi tan tenso pidiéndome ayuda. Supongo que lo que te atormenta es tan grave como lo de Matt . Comencemos...

Michael se sentó, intentando calmarse, pero el nerviosismo lo invadía. Antes de desahogarse, respiró hondo, desvió la mirada y, tras unos segundos, volvió a mirarla. Tragó saliva.

—Verás, tengo 35 años y llevo más de 12 años con placa.

Te aseguro que he visto lo peor y lo más terrible del ser humano.

Pero hace tres meses, el 23 de diciembre, algo cambió.

En Navidad, no sé por qué, la gente parece volverse más loca de lo habitual.

Estábamos patrullando en mi coche con Nathaniel, a quien considero como un hermano.

Estábamos en East Village, en la 3rd Avenida con Bowery, número 64, cuando ocurrió.

Una mujer fue asesinada a manos de su pareja, quien además mató a su hijo.

Estaban divorciados; tenían custodia compartida del pequeño.

Lo más extraño es que escuchamos los disparos, pero solo un vecino avisó.

Cuando llegamos, los tres estaban muertos.

A ella, la madre, la encontramos en la entrada.

—Michael hizo una pausa, tragó muy fuerte y miró al suelo—.

Su rostro se escondió entre sus manos. Un par de lágrimas caían de sus ojos mientras las palabras le salían entrecortadas.

—Lo siento… —dijo con la voz quebrada. Estuve tres días sin poder dormir, sin poder pensar.

Ella lo observaba en silencio, con una mirada comprensiva. Michael levantó la mirada, con los ojos rojos y una expresión que reflejaba el dolor profundo que cargaba. La mesa de cristal frente a él parecía una barrera frágil entre ambos. Cogió un pañuelo de la caja y se secó las lágrimas.

—Llorar es bueno —dijo ella con voz suave—. Es un efecto calmante. No creas que el llanto es un signo de debilidad, al contrario, es liberador.

Michael estuvo unos minutos en silencio, luchando contra sus emociones. Luego, sus palabras salieron, pesadas y llenas de pesar.

—Te pido que dejemos esto para otro día. La primera sesión ha sido... buena, pero difícil. No puedo contarlo todo; me duele el alma.

—Lo primero es hablar, todo lo que puedas —respondió ella con calma—. Lo segundo, ir al lugar donde ocurrió. Supongo que aún no has vuelto allí. Necesitas recordar lo que pasó y, luego, perdonarte a ti mismo.

En ese momento, el sonido de mi móvil me interrumpió. Me levanté para contestar, pero cuando llegué ya habían colgado. Miré la pantalla y vi que era un mensaje de Sasha.

Al girarme, choqué sin querer con Michael. No me había dado cuenta de que se había acercado tanto. Él dio un paso atrás, algo desconcertado.

—¿Te pagó los cincuenta dólares por PayPal? —Le pregunté, cambiando de tema.

—Sí, pero fueron veinticinco porque solo hemos hecho la mitad de la sesión —respondió con una sonrisa apagada.

Cogí el móvil y le hice la transferencia. Me alegraba verlo un poco mejor; por primera vez desde que había entrado en la consulta, parecía respirar con algo más de calma.

—La próxima cita será dentro de tres días, el veinticuatro de marzo —le dije mientras volvía a sentarme frente al escritorio.

Michael asintió y se dirigió hacia la puerta. Justo cuando iba a marcharse, lo llamé.

—Michael, ¿te apetece que tomemos un café?

Se giró y sonrió.

—Sí, me parece perfecto.

Salimos de la consulta y bajamos en el ascensor. Además de nosotros, había cuatro personas más. Mientras descendíamos, alguien pulsó el botón y el ascensor se detuvo en otra planta para que bajaran varios pasajeros.

Observé de reojo a Michael. Tenía la mirada perdida, clavada en los números que marcaban el descenso.

Durante un instante sus ojos se posaron sobre mí, pero enseguida los apartó, como si quisiera obligarse a pensar en cualquier otra cosa.

Su expresión cambió de golpe. El color abandonó su rostro y comprendí que algo iba mal.

Me acerqué despacio.

—Michael... ¿estás bien?

Sus ojos empezaban a humedecerse. Extendí la mano hacia él, preocupada.

Cuando ya solo quedaba un piso para llegar, las últimas personas salieron del ascensor y las puertas volvieron a cerrarse.

Fue entonces cuando Michael se quebró por completo. Rompió a llorar de nuevo y, poco a poco, se dejó caer al suelo, incapaz de sostenerse en pie.

En ese mismo instante, el ascensor se detuvo.

Sentí cómo un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Miré el panel esperando que volviera a moverse, pero permanecía inmóvil. Mi respiración comenzó a acelerarse. Conocía demasiado bien aquella sensación.

La claustrofobia estaba volviendo.

Intenté mantener la calma, pero me resultó imposible. Retrocedí hasta una esquina del ascensor y me senté en el suelo abrazándome las piernas. Todo mi cuerpo temblaba y el aire parecía no llegar nunca a mis pulmones.

Michael levantó la cabeza y, pese a que él mismo estaba destrozado, se dio cuenta enseguida de lo que me estaba ocurriendo.

Se acercó despacio y se arrodilló frente a mí.

Sin decir una palabra, me rodeó con sus brazos. Sentí mi cuerpo completamente rígido y el corazón latiéndome con tanta fuerza que parecía querer escapar de mi pecho.

No sabía cuánto tiempo permanecimos así.

—No estás sola —me susurró con una calma que yo era incapaz de encontrar—. No va a pasar nada. Respira despacio... muy despacio. Sé lo que se siente, por desgracia.

Cerré los ojos e intenté seguir el ritmo de su respiración. Poco a poco, el aire volvió a llenar mis pulmones. El temblor fue desapareciendo y la presión que sentía en el pecho comenzó a aliviarse.

Levanté lentamente la cabeza.

Nuestras miradas se encontraron.

Los dos teníamos los ojos llenos de lágrimas. Ya no eran únicamente lágrimas de angustia, sino también de alivio. Durante unos segundos tuve la extraña sensación de que podía ver el dolor que Michael llevaba escondido desde hacía años.

Y entonces volvió a romperse.

Bajó la mirada y las lágrimas comenzaron a caer de nuevo por sus mejillas.

—Odio y amo este trabajo... —dijo entre sollozos—. Pero lo peor ocurrió aquel día...

Flashback

—Tío, ¡qué putada que estamos de servicio en Navidad! Me hubiera gustado pasarla con Amber —dijo Michael, conduciendo mientras observaba tanto al frente como a los lados.

—Llevas una semana con ella y ya estás planeando tu boda. Eres un impaciente —comentó Nathaniel, mirándolo mientras las luces de los coches y las farolas de la calle se reflejaban en su rostro.

—No soy impaciente, solo estoy enamorado.

Cuando estás enamorado, das todo por esa persona; haces cualquier cosa por estar a su lado.

Recuerdas el día en que le hablaste por primera vez y sabes, en ese mismo instante, que esa persona es la verdadera, la que llevabas esperando toda la vida.

—Respiró profundamente y sonrió como un tonto enamorado.

—No te ilusiones, Mike. Cuando te abandone en tu peor momento... ya verás. —Nathaniel lo dijo con un tono serio, aunque con un matiz de preocupación.

Michael tragó saliva, apretó las manos sobre el volante y miró a su amigo, reconociendo la verdad en sus palabras. Aquella frase le caló hondo y sus ojos se llenaron de tristeza, reflejando el dolor que llevaba dentro.

—Nathaniel… tienes razón —respondió con la voz baja y quebrada.

—Bueno, Mike, quitémonos las penas de encima. Seguro que hoy nos espera algo más grande que rezar para que los delincuentes decidan no cometer delitos —dijo Nathaniel, intentando aligerar el ambiente.

Mirando por la ventanilla, Nathaniel señaló a un hombre que caminaba tambaleándose por la acera.

—Mira, el borracho de Elliot. Cada vez que lo veo lleva una botella en la mano, y el cabrón nunca la palma. A ver, no es que lo desee, pero este tipo debe de ser inmortal. Lo sorprendente es que la semana pasada ayudó al FBI con el caso del Distrito 2.

—Sí, me enteré. Matt estaba llevando el caso hasta que ellos se entrometieron. El tío le echó cojones —Nathaniel se rio mientras hablaba—. ¡Lo mejor fue cuando se lo dijeron a la cara! Se le hinchó la vena del cuello. Me lo contó Ethan. ¡JAJAJAJA!

En ese momento sonó un golpe en la ventanilla. Alguien empezó a llamar desde el exterior.

Era Elliot, el hombre borracho, de cabello largo y barba blanca, piel canela y apenas un metro sesenta y ocho de estatura.

—¡Hola, Nathaniel! ¿Me das algo de dinero? Ya sabes que en Navidad los tiempos son más difíciles —dijo Elliot con expresión apenada.

Nathaniel sacó unos dólares y se los entregó. Elliot los recibió con una enorme sonrisa.

—¡Que Dios te bendiga! ¡Feliz Navidad! —Gritó antes de que Nathaniel lo advirtiera con seriedad.

—Asegúrate de gastarlo en comida, ¿eh?

Siguieron conduciendo hasta llegar a la 3.ª Avenida con Bowery. Tuvieron que detenerse porque un camión de mudanzas bloqueaba la calle. Permanecieron allí unos minutos, hasta que un hombre se acercó corriendo a la ventanilla.

—¡Policías! ¡Mis vecinos están muertos! Él ha matado a su mujer y al niño. —Ha sido en el número 34 —dijo el vecino, completamente alterado.

Michael se quedó paralizado durante un instante, incapaz de reaccionar ante la gravedad de aquellas palabras.

Fin del flashback.

◆