CAPÍTULO 2 Sangre derramada
Sangre derramada
El hombre del medio me analizó y me miró de una forma tan intensa que sentí que me estaba desnudando con la mirada. No era una mirada cualquiera… era fija, directa, como si intentara descifrar cada pensamiento que cruzaba por mi cabeza sin pedirme permiso.
Ojos marrones, cabello castaño, barba bien recortada, labios finos y una nariz perfectamente perfilada. Su presencia imponía sin necesidad de decir una sola palabra.
Por otra parte, al mirar hacia el otro lado, los vi a ellos observándonos mientras pasábamos. Sus miradas no eran discretas; sabían perfectamente lo que estaban viendo.
La luz tenue de las lámparas de la comisaría no ayudaba en nada. Todo se sentía más íntimo, más cargado… como si ese ambiente no estuviera hecho para algo así.
Para ese tipo de conexión.
Para ese posible… futuro amor.
O lo que fuera que estaba empezando a formarse entre nosotros.
—Yo no suelo meterme… pero joder, no pensaba que la psicóloga estuviera así. Ahora entiendo por qué Matt no se calla con ella. Está más buena que una pizza del Joe’s Pizza de Broadway —soltó, sin cortarse, el hombre de la derecha, con ese acento hispano que se le escapaba al hablar.
—Ya te digo —respondió el otro, con media sonrisa—. Está demasiado bien. La duda es… ¿Matt ya se la ha tirado o la tía va de profesional de verdad?
La volvió a mirar de arriba abajo, sin disimulo.
—Y otra cosa… con ese cuerpo, a ver si luego resulta que es una psicóloga de mierda.
—A nuestro Mike parece que le ha gustado alguien… y si quieres saber si es buena psicóloga, pregúntaselo a él —dijo, dándole un pequeño empujón.
Mike se tensó un segundo, claramente molesto.
—¿Vamos?
Sin esperar mucho más, comenzaron a avanzar hacia nosotros. En pocos pasos ya estaban cerca, interrumpiendo la conversación. El rubio saludó a Matt con naturalidad, como si no acabaran de estar hablando de mí.
Y entonces pasó. Mike y yo cruzamos miradas.
No fue una mirada cualquiera. Fue breve… pero lo suficientemente intensa como para que los demás la notaran. Mike poseía entre sus manos una carpeta de un caso.
Sus pasos fueron rápidos hasta que nos vimos cara a cara.
Ethan me saludó, aunque recuerdo que una de las veces en que me llamaron, a pesar de contar con psicólogos, la policía no actuó con la competencia necesaria…
Ya de cerca, mi memoria se activó: el chico guapo y el hispano eran amigos.
De hecho, su nombre se me quedó grabado… ¿Nathaniel? No, espera…
—¡Megan! Te presento a Nathaniel y Michael —dijo Matt, señalando a cada uno.
—¿Cuántas veces te he dicho, Matt, que no me llames Mike? —protestó, mirándolo como si fuera a asesinarlo.
Conociendo a su amigo, sabía perfectamente que no le gustaba que le llamaran así; le encantaba picarle :—Perdona, Michael, no te lo volveré a decir. ¿Contento?
—Demasiado contento. Encantado de conocerte —dijo, estrechándole la mano.
Ethan se pasó la mano por el pelo, con esa media sonrisa despreocupada que parecía no abandonar nunca, y miró a Matt de reojo.
—Hermanito, deberías centrarte ya en este caso. Parece importante, porque dicen que os lo han asignado desde arriba… ¡y eso es darnos por culo un buen rato
Matt miró a Michael fijamente y, con los ojos, le señaló hacia mí.
Con gestos de las manos intentaba que captara lo que quería decir, pero se frustró y se detuvo.
A Michael se le escapó una sonrisa bonita al ver la cara que puso.
Yo lo miré con expresión de duda y, al girar la cabeza hacia Matt, lo entendí todo.
De una de las puertas, al fondo del pasillo, salió una sombra.Por un segundo pensé que lo había imaginado, pero no. Se movía despacio, casi en silencio, como si no quisiera ser vista.
Mi atención se quedó fija ahí.
Los tres giraron la cabeza al mismo tiempo, y Matt dirigió la mirada hacia el lugar de donde había venido la voz.
Yo también miré hacia el fondo del pasillo. La luz tenue apenas dejaba ver la figura que se asomaba desde una de las puertas, recortada entre la oscuridad.
—Los hermanos Williams, Yates y Brown os llaman —resonó su voz, rompiendo el momento.
El silencio que siguió fue incómodo, denso.
Matt dio un paso al frente, completamente serio; en cuestión de segundos había cambiado.
Ya no estaba nervioso ni distraído… ahora era pura concentración.
Se despidieron de mí con rapidez. El caso parecía urgente…
aunque, en el fondo, todos lo parecían. Me quedé unos segundos viéndolos alejarse, con la sensación de que algo acababa de cambiar, aunque no supiera exactamente qué.
Al final, me di la vuelta y me alejé de la comisaría casi sin pensarlo.
Al salir de la entrada, volví a cruzar miradas con el mismo sargento que me había detenido antes; le dediqué una sonrisa educada y me despedí con amabilidad antes de seguir mi camino.
El aire de la calle me golpeó de lleno, más ligero… sí, pero con una inquietud que no terminaba de desaparecer
Por otra parte, estaba él.
Mientras caminaban hacia la sala de reuniones junto al resto de agentes, las voces de sus compañeros se mezclaban en el pasillo, hablando de casos, turnos y bromas internas, pero Michael apenas prestaba atención. No estaba realmente en aquella conversación.
Seguía atrapado en sus propios pensamientos.
Tarde o temprano tendría que contar lo que realmente le pasaba. Lo sabía.
Entraron por la puerta situada a mano derecha. La sala de reuniones era amplia, fría y demasiado iluminada. Grandes ventanales dejaban ver parte del barrio y las luces de Manhattan reflejándose en los edificios cercanos.
Michael entró el último.
◆
Frente a él había varias filas de sillas ocupadas por inspectores, detectives y oficiales de menor rango que aún seguían patrullando las calles. Algunos hablaban entre ellos; otros revisaban informes o sostenían vasos de café como si aquello fuera una mañana cualquiera.
Pero nunca era una mañana cualquiera en aquella comisaría.
La mirada del jefe del departamento recorrió la sala con autoridad. Cada vez que observaba a Michael durante demasiado tiempo, este sentía la misma presión incómoda en el pecho.
Se sentó en la segunda fila.
Sacó su libreta y el bolígrafo mientras Nathaniel ocupaba el asiento de al lado.
—Oye, tío —murmuró Nathaniel, inclinándose un poco hacia él antes de que comenzara la reunión—. Por cómo habla siempre Matt de Megan … creo que sí puede ayudarte de verdad. Le pregunté si tenía tarjeta y me dijo que te la daría después.
Michael mantuvo la vista al frente, escuchándolo en silencio, aunque apenas reaccionó.
Su cabeza seguía en otro sitio. Las conversaciones de la sala comenzaron a apagarse poco a poco hasta que un silencio firme recorrió el lugar por completo.
Entonces la puerta del fondo se abrió y el comisionado de policía entró en la sala acompañado de dos capitanes, haciendo que todos enderezaran la postura casi al instante.
El jefe cedió la palabra al comisionado. Mientras hablaba, la secretaria se acercó hasta Michael y le entregó una carpeta. Michael era el líder dentro de su grupo, el hombre a quien todos seguían sin cuestionarlo.
Al otro lado de la fila de silla, el inspector rival de Michael, el tipo que siempre llamaban a sus espaldas el lameculos de Carter «su falsedad le predecia y por eso siempre seria el ultimo».
Nunca habían soportado trabajar juntos y la tensión entre ambos se notaba incluso en silencio; Matt recordó una de aquellas sesiones interminables en la que, al terminar, nos habíamos quedado hablando para desconectar de sus fantasmas.
Entre chismes, cafés fríos y comentarios del departamento, él solo se relajaba en las sesiones en el departamento. Nunca debías bajar la guardia.
Colocaron las imágenes en la pizarra, fotografías que no habían sido incluidas en los expedientes debido a lo grotesco de su contenido.
La sala quedó en silencio durante unos segundos.
Nadie hablaba, nadie respiraba con normalidad.
Lo que aparecía en las imágenes no era solo grotesco: era incorrecto, como si la mente humana no estuviera hecha para procesarlo.
Podían mirarlo una y otra vez, intentar darle sentido…
pero algo dentro de ellos seguía rompiéndose cada vez que lo hacían.
—Este no es un caso aislado— expreso el comisionado, señalando la pantalla—.
La situación ha escalado lo suficiente como para que la presión de su resolución recaiga directamente sobre los inspectores Brown y…
Richard. Al pronunciar el nombre del otro inspector, Michael tensó la mandíbula.
Sus facciones se endurecieron en un gesto de asco apenas disimulado.
No lo soportaba, y todos en la sala lo sabían aunque nadie dijo nada.
— Han comenzado con los ricos de Brooklyn Heights, luego pasaron a narcotraficantes y ahora han llegado incluso a jefes de la mafia Vanno — comentó Terrence Carter, con el rostro serio.
◆