Los Secretos De Una Esposa
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CAPÍTULO 1 MANHATTAN
MANHATTAN
Caminaba por las calles de Manhattan en dirección contraria a todo el mundo, con paso firme, como si nada pudiera desviarme. A simple vista, cualquiera diría que era demasiado joven para dedicarme a lo que hago. Y, aun así, ahí estaba.
Llevaba unos vaqueros claros de tiro alto, una camiseta negra sencilla y una chaqueta ligera abierta. Zapatillas blancas. Cómoda. Práctica. Muy lejos de la imagen que la gente suele tener de una psicóloga.
Las gafas de sol me cubrían los ojos, pero no las miradas. Esas nunca desaparecen.
A mi alrededor, la ciudad seguía su ritmo: una heladería en la esquina, tiendas de ropa, edificios que se alzaban como gigantes. Todo parecía normal.
¡Yo no!
Crucé el paso de cebra con la única dirección a mi destino; me detuve frente al edificio más discreto de toda la manzana, alargado, lleno de ventanas y sobre la puerta un número que destacaba treinta y tres. Di un paso cuando una autoridad me paró en seco antes de que pudiera avanzar más.
—Perdone, señorita, ¿en qué puedo ayudarla?
Me quité automáticamente las gafas para dejar de ser un poco sospechosa, a los ojos de Lemorée, sin disimular ni alertar.
—Vengo a ver a mi paciente, el teniente Williams. Soy su psicóloga. Meg…
—¡Megan!
No hizo falta decir nada más; intervino. Giré la cabeza y ahí estaba él. Matt. Rubio, sonrisa fácil, energía de golden retriever con placa.
—No me digas que me echabas de menos —le dije, medio en broma.
—Siempre —respondió, abrazándome.
Un chico con miles de pensamientos dentro de la cabeza, imposibles de ordenar, casi imposibles de descifrar. De esos que no sabes si están observando o analizando… o simplemente perdiéndose en su propio mundo.
Nos quedamos parados en la entrada, bloqueando el paso sin darnos cuenta. El agente de la recepción me pidió la identificación con gesto automático, como si aquello fuera una rutina más del día.
Se la mostré.
Y seguimos avanzando.
La comisaría por dentro era más fría de lo que recordaba. Luces blancas, pasillos largos, voces que se cruzaban sin mirarse. Todo demasiado normal para la cantidad de historias que se rompían allí dentro.
Caminamos hasta la zona de máquinas: una de café y otra de dulces. El sonido del café cayendo era lo único que llenaba el silencio entre nosotros.
Cortó el silencio: —Megan… estoy un poco mejor, pero ese trauma no se me va.— Hizo una pausa, tragándose las palabras como si le pesaran demasiado.
—Hay noches en las que todo se vuelve una espiral. Como si volviera a vivirlo otra vez, una y otra vez… pero cada vez peor. Es como si mi cabeza cambiara los recuerdos, los retorciera… hasta volverlos más grotescos.
Se quedó en silencio después de decirlo, como si al fin hubiera soltado algo que llevaba demasiado tiempo atrapado dentro.
Le cogí de la mano y lo miré a los ojos.
Sus lágrimas empezaron a caer sin que pudiera evitarlas, como si su propio cuerpo ya no le permitiera seguir conteniéndolo todo.
Miraba alrededor de vez en cuando, como si necesitara asegurarse de que nadie lo viera así, tan vulnerable…
como si la vulnerabilidad fuera un peligro en sí misma. Y aun así, no soltó mi mano.
Pasamos un rato largo allí, moviéndonos por distintas áreas accesibles de la comisaría. Ya la conocía de sobra; no era la primera vez que estaba aquí.
Y, mientras caminábamos, me vino un recuerdo a la cabeza…
Me acuerdo de cuando…
Justo entonces, mi mirada se desvió hacia aquel pasillo.
Ya sabes esa sensación de película… cuando de repente ves a esa persona y parece que todo lo demás desaparece, como si el mundo se quedara en pausa.
Y sí… casi me dio por pensar en eso de los corazones alrededor.
De frente había tres agentes de la ley, todos con un rango similar y algo mayores que Matt.
A la izquierda reconocí un rostro con cierto parentesco con él.
Eran atractivos, sí, pero uno en concreto me llamó más la atención.
Sentí que quizá ya lo había visto antes… o al menos había oído hablar de él en alguna de las sesiones. El típico policía atractivo de la historia.
Sus pasos fueron rápidos hasta que nos vimos cara a cara. Primero me saludó Ethan y, ya de cerca, mi memoria se activó: el chico guapo y el hispano eran amigos. De hecho, su nombre se me quedó grabado… ¿Nathaniel? No, espera…
—¡Megan! Te presento a Nathaniel y Michael —dijo Matt, señalando a cada uno.
—¿Cuántas veces te he dicho, Matt, que no me llames Mike? —protestó, mirándolo como si fuera a asesinarlo.
Conociendo a su amigo, sabía perfectamente que no le gustaba que le llamaran así; le encantaba picarle.
—Perdona, Michael, no te lo volveré a decir. ¿Contento?
—Demasiado contento. Encantado de conocerte —dijo,estrechándole la mano.