Capítulo 31 #2
—Tenemos la intención de asociarnos —dijo Billie, y la satisfacción en su voz hizo que los Alfas parpadearan.
Ella medía sus palabras con cuidado. Sólo una manada con un Alfa reconocido podía asociarse con otra.
Un grupo de hombres lobo sin líder, digamos uno que hubiera perdido a su Alfa y no tuviera a nadie que diera un paso al frente, sólo podía unirse a una manada.
Billie giró su cara ligeramente hacia nosotros, pero sin apartar la mirada de los demás.
—Es Redondo quien hace la pregunta. En Los Ángeles se suele llamar al Alfa por el nombre de la manada. —Su boca se torció—. Pero vosotros seguís llamándome Billie.
Señaló a los Alfa restantes que rodeaban el círculo.
—Long Beach, Pasadena, Heights.
No había moteros en su bando. Los tres primeros, Redondo, Long Beach y Pasadena, eran unos tipos fornidos: hombres que complementaban la musculatura que les proporcionaba ser lobos con duras sesiones de gimnasio.
Todos iban vestidos de manera informal, pero lo suficientemente similar como para parecer un uniforme: cinturones anchos con hebillas de sobre vaqueros azules, botas de trabajo para pisotear la tierra y chalecos oscuros y ajustados.
Su única nota distintiva eran las chaquetas, todas claras y de colores vivos.
El último, Heights… bueno, no lo habría identificado como licántropo a menos que me hubiera acercado lo suficientemente cerca para percibir su marca.
Su ropa era completamente diferente. Llevaba unos vaqueros negros a la moda y zapatillas grises.
Su camisa amarilla de manga larga quedaba por fuera bajo una chaqueta de lino.
Un sombrero fedora de tweed le ocultaba unos ojos azul oscuro y su pelo negro ondulado.
Por lo que pude distinguir, su marca era como su ropa: elegante.
Lo etiqueté como «desconocido». Y tal vez «peligroso».
Los demás: a primera vista, no creía que fuéramos a tener problemas con Redondo. Como era de esperar, Long Beach y Pasadena nunca iban a ser mis amigos. Esto se parecía cada vez más a empujar agua cuesta arriba con cada minuto que pasaba.
Sabía que al menor error que cometiera, lo aprovecharían.
Con suerte, Alex y Jaz se encargarían de hablar. Evitarían que metiera la pata. Y, de hecho, todos miraban hacia Alex. Por mí estaba bien. No estaba allí para ganarme su reconocimiento.
Pero fue Jaz quien nos dio el pistoletazo de salida, y esa fue la segunda vez en toda la noche que me di cuenta de que la había subestimado. La indumentaria de motera y la voz ronca, los celos y las fobias, todo ello ocultaba a una mujer que pensaba y hablaba con claridad cuando era necesario.
Su Alfa, Zane, la había enviado específicamente para que se encargara de hablar, y eso reforzó mi opinión de que él también era más inteligente de lo que aparentaba.
Gran idea. Enviar a alguien menos extravagante y amenazador para iniciar las conversaciones con los Alfas de Los Ángeles.
¿Cómo podría equivocarme tanto?
—Hoy buscamos un acuerdo preliminar —dijo Jaz con claridad—.
Lo justo para permitirnos seguir hablando.
Así que, para empezar, necesitaríamos el permiso para que un par de nosotros, no más, vengamos de visita para mantener una conversación más detallada.
El lugar y la hora los elegís vosotros, por supuesto.
Hizo una pausa. Redondo y Long Beach le miraban. Pasadena miraba a Alex. Ninguno de ellos parecía contento. Heights miraba a los otros tres Alfas de Los Ángeles, con el rostro indescifrable.
—El propósito de nuestra conversación no tendría nada que ver con la adquisición de territorio, sino con su defensa.
Los detalles los iríamos concretando juntos con el tiempo, pero en el nivel más básico de la asociación, nuestra propuesta es que nos comprometamos a apoyar a cada una de las otras manadas de nuestra asociación contra cualquier intento de...
—Cállate la boca —dijo Pasadena.
Era una provocación deliberada. Incluso dentro de la misma manada, que un licántropo le dijera eso a otro probablemente acabaría en una pelea, a menos que la diferencia de dominación fuera enorme.
Noté que Jaz luchaba contra el impulso de acudir a su loba. Como humana y representante de su manada, tenía que sopesar cosas que a la loba no le importaban.
Pero la atención de Pasadena no estaba puesta en ella.
Con un ligero escalofrío, vi que estaba obsesionado con Alex, lo miraba fijamente a los ojos.
En forma de lobo, Alex se lo comería vivo. Puede que literalmente. Un desafío formal entre Alfas significaría que se convertirían en lobos y Alex ganaría. Pero esto no era un desafío formal.
Pasadena también podría ser más inteligente de lo que parecía.
El tipo de desafío que intentaba provocar se resolvía en forma humana, por la sencilla y práctica razón de que, si un licántropo intentaba desnudarse, o se transformaba en lobo sin desnudarse primero, durante uno o dos segundos fatales, sería vulnerable.
Y en forma humana, Pasadena podría tener ventaja. Alex y yo entrenamos juntos. Era bueno y aprendía rápido, pero no tenía los años de lucha sucia que yo llevaba grabados en mis reflejos.
Y si yo los tenía, Pasadena también podría tenerlos.
La mejor estrategia de Alex era hacerlo de manera formal.
El problema con eso era el efecto a largo plazo. Si ganaba un desafío formal, Alex tendría que hacerse cargo de la manada de Pasadena y pasar días, si no semanas, enfrentándose a nuevos desafíos.
Pasadena estaba apostando a que nosotros no queríamos eso.
La estrategia que elegí fue aplastarlo con nuestra dominación.
Ni él ni los demás habían sido capaces de intimidarnos.
Tanto Alex como yo por separado éramos más dominantes que él, y juntos, gracias a que nuestra dominación se amplificaba mutuamente, seríamos lo suficientemente fuertes como para ponerlo de rodillas.
Sentí cómo mi dominación crecía, impulsándose de Alex y devolviéndole ese impulso.
Pasadena también lo sintió.
—¿Te vas a esconder detrás de tu mujer, Deauville?
Alex se limitó a sonreír.
—¡Alex! Eso es un desafío —murmuró Billie, como si no él entendiera de qué iba el asunto—. Tienes que responder.
—No —dijo Alex con desdén—. No tengo por qué.
Se produjo un silencio atónito entre los licántropos. Yo era una novata y hasta yo sabía que un Alfa no podía ignorar un insulto como ese.
El polvo levantado por los altavoces del bajo de la banda seguía cayendo, proyectando un brillo surrealista sobre la escena.
Pasadena abrió la boca, pero Alex no había terminado.
—Parece que alguien ha intentado insultar a la manada, compañera —me dijo—. Es algo que está por debajo de mi nivel. ¿Quieres encargarte tú?
Oh, Alex. ¡Tan brillante!
—Sí. Tienes razón. En realidad, no merece la pena para ninguno de los dos, pero esta tarde me apetece hacer un poco de ejercicio. —Me estiré los brazos, mirando fijamente a Pasadena.
—¿Qué coño intentas hacer, Deauville? —espetó Pasadena—. ¿Crees que no le haré daño porque es una mujer?
—No le harás daño porque no podrás, gilipollas. —Alex le lanzó esa puñalada, y Billie se echó a reír de repente, con una risa brillante en medio de la tensión.
Eso lo decidió todo; Pasadena dio una sacudida hacia delante.
Rugió, parecía incapaz de hablar, y eso me indicó que era un luchador impulsivo, un berserker .
El tipo que resultaba peligroso si lograba romper mis defensas.
Si lo hacía, sólo se centraría en infligir daño y dolor hasta que yo ya no pudiera sentir nada más.
Su rabia le daría cierta inmunidad física: sería difícil hacerle daño con golpes en el cuerpo. Había visto a un hombre como él seguir luchando con una hoja de cuchillo clavada en el brazo, atrapada entre los huesos.
Aun así, habría formas de llegar a él, de romper esa coraza de berserker .
Debería tener cuidado. Era más fuerte y pesado que yo. Imprevisible. Rápido.
Dolores fantasmas de viejas peleas recorrían mi cuerpo, advirtiéndome.
Por su estilo, se parecía más a un boxeador o a un luchador; bajaba la cabeza como un toro y levantaba los hombros mientras sus manos se alzaban frente a él.
Ya se estaba abalanzando sobre mí, tratando de abrumarme. Una buena táctica, teniendo en cuenta que era más pesado, y cualquier golpe que acertara iba a causar daño.
Me acerqué bailando y dejé que lanzara un par de golpes. Falló. De momento, él seguía teniendo el control; intentaba golpear con su fuerza, pero sin poner todo su peso detrás de ningún golpe en concreto.
La verdadera furia berserker , la pérdida de control, los golpes salvajes, llegarían una vez que consiguiera asestar los primeros golpes incapacitantes.
No iba a dejarlo. Mientras tanto, yo estaba aprendiendo sobre él, y él no estaba aprendiendo nada sobre mí. No me quejaba.
Pero era más rápido de lo que pensaba. Un puñetazo me alcanzó. Lo aguanté, mantuve el equilibrio y me desvié como un fantasma cuando se acercó para rematar.
¡Despierta! Su obsesión por el culturismo no lo convierte en estúpido, ni en un mal luchador.
Presionó, logró golpearme con otro movimiento. Los golpes dolían. Iba a acabar llena de moratones y aún no había intentado golpearlo. Estaba esperando; quería que mi primer golpe fuera el último.
El tipo tenía algo de habilidad. Sin previo aviso, cambió de táctica. Cambió de postura y lanzó un golpe directo con la izquierda. Pero esa era la oportunidad que había estado esperando.
Era un jab recto; sólo tenía que esquivarlo para que fallara.
Se adelantó y lanzó ese potente puñetazo de derecha contra mi cuerpo. Un golpe así dolería, pero lo más importante era que, con su ventaja de peso, me haría perder el equilibrio. Eso era lo que buscaba.
Su problema fue que me había movido. Hacia delante.
Me había deslizado por dentro de su guardia, con el brazo izquierdo levantado.
Eso dejó que su golpe pasara, pero estaba demasiado cerca.
Me golpeó en las costillas con la muñeca y el antebrazo.
Era fuerte y me dolió, pero nada comparado con lo que yo le iba a hacer a él.