Capítulo 30
Tove Johansen. Veintidós años. Había nacido en la granja familiar a las afueras de Clearbrook, en la cuenca del Río Rojo, en Minnesota. Llegó en un vuelo desde Minneapolis hace cuatro años, ansiosa por demostrar a Los Ángeles que tenía lo que hacía falta para ser actriz.
Un año de audiciones y de servir mesas, de promesas vacías y esperanzas que se desvanecían.
Hace tres años denunció ante la policía que Forsythe le había violado.
El caso fue desestimado.
Nombre artístico: Celeste.
Cinco condenas por prostitución y drogas.
Actualmente vive en un edificio amarillo de apartamentos destartalados justo al lado de Sepúlveda, en Van Nuys, a un paso de las habitaciones por horas que hay a lo largo del bulevar. La desesperación se eleva de las calles calientes como un gas invisible y venenoso.
No esperaba visitas.
Una vez que Elizabetta la convenció de que nos dejara entrar, Tove hizo un débil esfuerzo por hacernos un hueco para sentarnos.
Platos poco apetecibles y con restos de comida acabaron en el fregadero.
La ropa estaba tirada sobre la cama. Brillante, llamativa, ajustada. Desesperada. Echó un abrigo por encima.
Sus movimientos eran lentos, sus ojos azules demasiado brillantes. Su cabello rubio estaba enmarañado y sin brillo; sus manos revoloteaban como mariposas.
Sólo estaba lo suficientemente concentrada para sacarle algo de dinero a Elizabetta.
Cuando se dio cuenta de que yo miraba el estado de las venas de sus brazos, se puso un jersey raído y se abrazó a sí misma.
—No sé por qué quieres hablar de eso —dijo encogiéndose de hombros—. Tu dinero, tu tiempo. Nunca lo publicarás.
—No somos periodistas —dijo Elizabetta.
—¿Policía? —Levantó la vista para mirarnos y una auténtica ira se apoderó de su rostro.
Negué con la cabeza.
Le costaba demasiado esfuerzo mantener la indignación. Se dejó caer en la cama e hizo un gesto con la mano.
—Pregunta lo que quieras.
Elizabetta me miró de reojo. Me había contado lo básico en el taxi mientras nos llevaban desde el centro, con Yelena siguiéndonos en la Kawasaki.
Le hice un gesto con la cabeza para que continuara.
Yelena y yo íbamos a intentar averiguar si Tove decía la verdad.
Esperaba que su aturdimiento provocado por las drogas no lo hiciera imposible.
—Tove —comenzó Yelena—, has tenido condenas por drogas, incluidas drogas que podrían afectar a tu memoria. ¿Cómo podemos estar seguras de que lo que afirmas es cierto?
Tove resopló.
—No podéis. Ese es todo el puto problema, ¿no?
—¿Estabas drogada la noche que te violó?
—Sólo tomé las que él me dio —le espetó Tove—. Antes y después.
Era como si me hubiera dado un puñetazo en el estómago.
Yelena me miró, preocupada por mi reacción.
Me tranquilicé. No servía de nada reaccionar así. Tenía que mantener el control; de lo contrario, distraería a Yelena. Pero Tove Johansen no había mentido.
—¿Rohypnol? —preguntó Elizabetta.
—No. Las pastillas de Roofies te confunden la mente, no te dejan recordar. Yo sabía exactamente lo que estaba haciendo. Él y sus amigos.
—¿Te sentías débil, apenas capaz de mantenerte en pie, pero consciente? —No pude evitar preguntarlo.
Tove asintió.
Elizabetta siguió presionando.
—Las condenas que tienes...
—Nunca toqué esa porquería —dijo Tove enfadada, y luego se desplomó hacia atrás—. No entonces. Las condenas que vinieron después, las de cuando fui a la policía a denunciarlo. Me tendieron una trampa. —Suspiró y se frotó la cara con cansancio—. No espero que me creas.
—Te creo —dije.
Se rio. Un sonido áspero y amargo.
—¿Policía bueno, policía malo? Ahorrádmelo. Sí, tengo condenas. Tengo una adicción. Hago lo que hago para alimentarla. Eso es lo que el fiscal me dijo que era, ¿qué otra opción tenía?
—Podrías volver a casa.
—Que le den a mi casa. ¿Crees que no lo saben? ¿Crees que ese puto abogado suyo no se asegura de que el Clearbrook Gazette conozca todos los detalles jugosos cada vez que me pillan?
Se giró para coger un cigarrillo y se entretuvo encendiéndolo.
—No había trabajo. Nadie me quería para las audiciones. Ni siquiera los putos restaurantes me aceptaban. —Volvió a soltar esa risa, hizo una pausa para secarse un ojo—. Es como ser famosa, pero exactamente con el efecto contrario.
Yo tuve el ejército. Tuve opciones. Tuve amigos.
Tove no tenía nada ni a nadie.
Me acerqué y me arrodillé frente a ella.
Me miró, recelosa, con los ojos enrojecidos y enfadada.
—Tove, te creo.
Por un momento, pensé que iba a llorar, pero no.
—¡Joder, qué alegría! —dijo, torciendo el rostro para ocultar a la chica guapa de las llanuras.
Sin quererlo, la alcancé con el eukori.
Sentí una presión dolorosa y asfixiante sobre mí. Por un momento, pensé que mi eukori volvía a fallar, pero no era así. Era lo que Tove tenía que soportar por lo que Forsythe le había hecho.
Con los pulmones a punto de estallar, me levanté con dificultad. Ya había tenido suficiente.
—Vamos a… —Me detuve.
¿A hacer qué? ¿Arreglarlo? ¿Hacerle justicia? ¿Devolverle los últimos tres años?
Ella masculló algo y apartó la mirada.
Le puse mi tarjeta de investigadora privada en la mano. Era lo único que se me ocurría hacer.
—Te ayudaré si puedo.
Se negó a mirarme.
Nos levantamos y nos dirigimos a la puerta.
—Farrell —dijo.
Me volví. Estaba entrecerrando los ojos para mirar la tarjeta, con el humo del cigarrillo enroscándose alrededor de su cabeza.
Se quedó callada tanto tiempo que ya estaba a punto de irme.
—¿Sabes que ese bastardo está produciendo un nuevo programa? —dijo—. Se estrenará en primavera. Acaban de empezar a grabarlo.
—¿De verdad? —pregunté.
¿Cómo lo sabía? Yo no había visto nada en Internet.
Pudo ver la duda en mi rostro.
—Me llegan cosas —dijo a la defensiva—. Todavía tengo contactos en el sector.
Clientes, más bien.
Pero se merecía un mínimo de dignidad.
—¿Qué tipo de programa? —pregunté.
Forsythe hacía programas de glamour y ostentación. Concursos y reality shows. La vida en Los Ángeles.
—La misma basura, pero con un nuevo ángulo —dijo.
Contuve mi impaciencia.
—¿Qué ángulo?
—Algo así como Las caras del mañana . —Al ver que no respondía, me miró a los ojos por primera vez—. Modelos muy jóvenes. De trece, catorce, quince…
Sentí cómo me subía la bilis por la garganta. Pensé en un anuncio que había visto en una de sus páginas web.
¿Qué harías para ser modelo?
Oh, Dios. No. No.
Tragué saliva con dificultad.
—Llámame si te enteras de algo más.
Se encogió de hombros y se dio la vuelta.
Fuera, nos detuvimos; Elizabetta parecía mareada. Yelena parecía enfadada.
—¡Ese cabrón! —dije, todavía jadeando. Había evitado pensar en lo que Forsythe podría haber estado haciendo desde la última vez que lo vi. No tenía nada que ver con las coacciones de Diana. No quería enfrentarme a lo que podría haber sido mi responsabilidad.
—No fui un caso aislado —dije—. Mi instinto me dice que lleva años haciendo esto. Y ahora está empezando con niñas.
—Aquí en Los Ángeles no hay nada contra él, aparte de un par de casos que se archivaron —dijo Elizabetta—. Pero quizá no fue tan cuidadoso en Denver.
—Eso fue hace mucho tiempo —dije—. Habrá prescrito.
—Quizá no —dijo Elizabetta—. Los archivos de Jefferson muestran que Forsythe vuelve a Denver con regularidad, un par de veces al mes. Tiene una casa allí. Si ha estado llevando a chicas allí…
Entonces podría haber alguna prueba que haya dejado atrás.
—Mientras tanto —dijo Elizabetta—, voy a recabar algunos detalles sobre el nuevo programa.
—Puedes hacerlo desde casa —dije—. Vamos.
Nos separamos de nuevo. Convencí a Yelena para que fuera con Elizabetta en el taxi. Quería un rato para mí sola en la moto.
En casa, descubrí que Alex había llegado, se había duchado y había salido directamente a patrullar con la seguridad de Altau.
Volvería para el concierto de esta noche.
Jen seguía en Nueva York. Vera nos estaba esperando despierta en el salón; es decir, se había quedado dormida en el sofá, aunque se despertó en cuanto entramos.
Dominé y Dante llegaron del club justo detrás de nosotras.
Debería haberme llevado la memoria USB con los archivos de Jefferson sobre Forsythe al estudio y revisarlos a solas. Pero me senté con mi portátil en el salón y los fui revisando, luchando contra el sueño.
Dominé, Dante y Vera se prepararon un desayuno.
Yelena metió a Elizabetta en una cama y me dijo que estaba durmiendo cuando volvió.
Eché un vistazo rápido a los archivos. A pesar de una creciente sensación de náuseas, era vagamente consciente de que los demás se estaban reuniendo a mi alrededor, leyendo por encima de mi hombro.
Tanner Forsythe era incluso peor de lo que jamás había imaginado.
Y era culpa mía que pudiera serlo. Culpa mía.
Al final, Yelena se deslizó en el sofá a mi lado. Podía sentir cómo su eukori se colaba bajo mis defensas.
—Para —dijo—, eso no es algo que podrías haber evitado.
—Si yo hubiera...
—¿Qué? ¿Acudido a la policía? —dijo Vera—.
¿Llevarlo a los tribunales? ¿La palabra de una joven borracha contra todos ellos?
Él venía de una familia rica y conocida que habría contratado a los mejores abogados.
Habrían contratado a investigadores privados para poner tu vida patas arriba y demostrar que estabas desesperada por conseguir dinero. No habrías tenido ninguna oportunidad.
Por supuesto, todos en mi Casa lo sabían todo. Incluso Dominé y Dante, ahora.
—Fay... —empecé a decir.
—Dos chicas borrachas. Una de ellas con mala fama. No es que sea mejor. —Vera me quitó el portátil.
Yelena me abrazó con fuerza, acurrucando mi cara contra su cuello. Me estaba atiborrando de tranquilizantes y me sentía tan cansada.
—Ahora tienes una oportunidad. No sólo para ti. Para todas esas chicas —dijo Yelena—. Pero no será fácil.
—Y tienes que descansar —dijo Vera—. Todavía te estás recuperando.
—Estuve un mes recuperándome —murmuré, luchando contra el sueño.
—No. Estuviste un mes en tratamiento.
Intenté discutir, pero no conseguía articular las palabras.
Yelena me llevó arriba a la cama como a una niña, donde ella y Vera me abrazaron mientras me quedaba dormida, desesperada por dormir y asustada de lo que pudiera esperarme allí.
Por mucho frío que hubiera hecho la noche anterior, los vientos de Santa Ana habían vuelto esta mañana. Notaba cómo la casa se calentaba. El aire estaba más seco, cargado de una extraña electricidad.
Pero todo me parecía lejano, como si le estuviera pasando a otra persona.
Busqué en mi interior, en ese inquietante vacío.
Ni hermana gemela. Ni guía espiritual. De la misma forma en que los pensamientos se entremezclan y se retuercen al borde del sueño, me pregunté si perder a Tara y a Hana era un castigo pospuesto por no haberme enfrentado a Forsythe.
¿Las recuperaría si lo compensara? Si encontraba a Fay y le ayudaba, sin importar lo que hubiera pasado, sin importar en qué se hubiera convertido, ¿eso sustituiría a todas las demás chicas a las que no había ayudado? ¿Chicas como Tove?
No. No es culpa mía. No es culpa mía.
Entremezclándose con mis pensamientos, Yelena y Vera mantenían una conversación en voz baja sobre cosas como la fe y la redención, con pausas de silencio cada vez más largas, hasta que cada frase era como una piedrecita arrojada a un lago profundo y tranquilo.
—Dios es bueno, el bien es Dios —dijo Vera.
Finalmente me quedé dormida tratando de desentrañar eso.
Dormí todo el día, sin sueños.