Capítulo 28 #2
Mierda. Las tornas han cambiado.
—No tengo ni idea de lo que necesitáis —dije.
—Jaz lo sabe. De momento son cosas básicas: derechos de visita, principios para una cooperación más estrecha, intenciones generales... Es fácil: somos licántropos; sin contratos legales, sin papeleo.
—Rita, no quiero estar aquí sola. —Jaz miró a su alrededor, no sólo a mí, sino también a las Belles.
Quizá temía que le mordiera, pero ¿por qué se preocupaba por las Belles?
Rita no estaba de acuerdo.
—Necesitamos vínculos fuertes con la manada de Billie. Si conseguimos que las otras manadas reconozcan a las Belles, eso será un gran avance. Sabes que eso representa el noventa por ciento del camino.
Había algo aquí que yo no acababa de entender.
Las Belles tampoco lo entendían. Parecían pensar que estaban incomodando a Jaz al mostrarse tan amables.
No dudaron en burlarse de ella por ello.
—No te pasará nada. No mordemos —ronroneó la Belle latina, recorriéndole de arriba abajo con una mirada que habría prendido fuego al amianto.
Sí.
Me mordí el labio para no reírme. Si Jaz se relajaba un poco, se cansarían y dejarían de hacerlo. Nadie iba a abalanzarse sobre ella cuando Rita saliera por la puerta.
Bian también ocultó una sonrisa burlona y luego volvió a ponerse seria.
—¿No necesito a Amber en Albuquerque para ayudar a cerrar el trato? —le preguntó a Rita.
Por favor. Si pudiera tachar Nuevo México de mi lista…
—Hoy no. —Rita negó con la cabeza—. Todavía no vas a conseguir ningún acuerdo. Te lo puedo decir ya: Zane te ofrecerá algo de cooperación, te ayudaremos con lo que necesites para montar tu Casa. Pero será informal. Todos los acuerdos pasan por Cameron.
Bian se encogió de hombros.
—Vale, entonces mañana iré a Santa Fe.
Rita volvió a negar con la cabeza.
—Para eso necesitarás a Amber, pero es Cameron quien decide cuándo y dónde tendrá lugar. Nadie se autoinvita a Santa Fe.
Adiós a la idea de acortar la lista. Volvía a tener que reunirme con el Alfa más raro y malhumorado de todos. Al menos no sería hoy. Tenía la oportunidad de entablar conversaciones primero con las manadas de Los Ángeles. Quizá organizar algo con Félix y los escorchados.
Y tal vez fracasara tan estrepitosamente en una de esas tareas que Cameron ni siquiera quisiera verme.
Concéntrate en la tarea que tienes delante.
—Lo siento, hoy tampoco podemos quedar. Tenemos demasiado que hacer. Tendremos que vernos en el concierto —dijo Alex, volviendo a la invitación de Billie. Asintió con la cabeza hacia donde estaba atado Bigote de Herradura—. Para empezar, tenemos que llevarlo de vuelta a Long Beach.
—Déjalo ir —dijo Bian—. Muéstrale la puerta. De todas formas, este refugio ya está comprometido. Estará a la venta al final del día.
—Lo siento. —Billie mostró una falsa sonrisa.
—Sí. Vale. —Bian miró a su alrededor—. Tom, nos vamos ya.
Lo dejó para que se despidiera de Elizabetta y se acercó a mí.
—Acompáñame —me susurró al oído.
Jaz y Rita hablaban utilizando el lenguaje de señas que las había visto usar en Albuquerque. Tom y Elizabetta se abrazaban en silencio. Elizabetta tenía los ojos cerrados y las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Bian me sacó por la puerta antes de que pudiera decir nada.
—¿Confías en este tal Zane? —preguntó.
—Sí, en cualquier aspecto, menos dentro de mis bragas.
Ella sonrió, pero no fue más que un apretón de labios.
—¿Qué pasa...? —Empecé a preguntar por Tom.
Bian me interrumpió. Rita ya había salido por la puerta detrás de nosotras.
—Escucha, Ojos Redondos, Elizabetta te llevará a desayunar cuando nos hayamos alejado. Ha podido investigar un poco sobre Forsythe.
Sentí una descarga de adrenalina en el estómago y noté cómo se me tensaba la mandíbula.
Nos interrumpió Tom, que salía de la casa con el rostro impasible.
Bian vio hacia dónde miraba y me abrazó.
—Elizabetta te lo explicará —susurró—. Cuídate.
—Sí. Nos vemos pronto.
—Le daré recuerdos a Zane de tu parte —dijo Rita, y me abrazó a su vez.
—Hazlo y bajaré a Albuquerque para echar tu peludo trasero al Río Grande.
Ella se rio.
Quería abrazar a Tom, que estaba detrás de ella, pero no estaba segura de que fuera lo correcto. Me sentí incómoda, y entonces ya era demasiado tarde; se estaban subiendo a su furgoneta, que ya estaba en marcha.
Las Belles salieron en tropel y Billie subió con su Harley a la parte trasera de la furgoneta de Jaz antes de reunirse con ella en la cabina.
Las chicas dieron la vuelta con el resto de las Harleys y se marcharon como cuervos siguiendo a la furgoneta negra.
La patrulla de Altau salió con Bigote y lo dejaron marcharse.
Se alejó, mirándonos a todos con ira, pero sin decir nada.
—¿Alguna reacción sobre nuestra misión de anoche? —le pregunté a uno de los patrulleros que estaba escuchando las radios de la policía.
—Nada especial. Esto es Los Ángeles. —Se encogió de hombros como si eso lo explicara todo—. No quiero que se convierta en una costumbre destruir edificios, pero lo hiciste bien, Casa. Además, fue divertido.
Me dio una palmada en el hombro y se marcharon.
Finalmente, Alex se llevó la última furgoneta, con Vera y Elizabetta. Iba a dejar a Elizabetta en una cafetería del centro y luego llevaría a Vera de vuelta a la casa de Hollywood Hills.
Ni de coña iba a dejar la Kawasaki en ese refugio inseguro, y no había forma rápida de meterla en la parte trasera de la furgoneta, así que Yelena se subió detrás de mí y nos dedicamos a seguir a la furgoneta entre el tráfico de primera hora de la mañana.
Pasé el rato intentando ordenar mentalmente toda la política licántropa y dejando la mente despejada para lo que Elizabetta pudiera contarme sobre Forsythe.
Ya era hora de que le prestara atención de verdad.