Los secretos de Los Ángeles (Amber Farrell – Investigadora Paranormal 5) Capítulo 21
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Capítulo 21

Tom tenía una furgoneta fuera. Por su sencillo color blanco, cualquiera habría pensado que se trataba de un utilitario normal de un obrero. Sólo el ligero hundimiento de la suspensión habría dado una pista de que estaba tan blindada como un camión del SWAT.

Cruzamos hasta la furgoneta y nos metimos dentro rápidamente, Bian y yo todavía con nuestra ropa de entrenamiento. Había conseguido coger ropa para cambiarme y un par de Sig Sauer en fundas de hombro.

Un coche con el resto de los guardias de Altau nos esperaba fuera y ambos nos dirigimos al centro, con Tom todavía preguntando por nuestro destino exacto por el comunicador. Alguien en la base estaba paranoico y lo mantenía en vilo. Me pareció bien.

Bian y yo nos cambiamos de ropa en la parte trasera de la furgoneta, para diversión de todos.

Al acercarnos al centro, Tom recibió una llamada para ir hacia Santa Mónica, en dirección oeste.

Acabábamos de llegar al cruce cuando hubo una interrupción: una frase rápida en Athanate. Alguien hablando a toda prisa en una situación tensa. Capté las palabras «Albuquerque» y «Vasana».

Mierda.

—Los licántropos de Albuquerque están en el club —confirmó Bian, levantando una mano para que me callara—. Están a la espera.

—Tom, que los guardias se retiren —dije rápidamente, estirándome para agarrarle del brazo—. No hay ninguna amenaza. Déjame hablar con ellos.

Por un momento, pensé que se negaría. Estaba montando un numerito en medio de su operación. En el peor de los casos, alguien moriría por mi culpa. Su operación, su responsabilidad.

Tom miró a Bian y ella asintió.

Habló en Athanate y me pasó el comunicador.

—Aquí Casa Farrell —dije—. Es urgente que hable con quienquiera que esté ahí de la manada de Albuquerque.

No reconocí la voz Altau al otro lado.

—De acuerdo. Espera un momento.

Se oían ruidos de fondo, como de una discusión, y luego una nueva voz, enfadada y mordaz:

—¿Sí?

Recé una plegaria silenciosa. Conocía esa voz.

Podía visualizarla: nos parecíamos tanto físicamente que me había prestado unos pantalones de cuero.

Una mujer con largo cabello negro y un rostro tan feroz como el de un halcón.

Aunque no era precisamente una amiga, sobre todo después de que Zane, su Alfa, dejara claro que quería quitarme esos pantalones que ella me había prestado.

—Jaz, soy Amber. Da un paso atrás y espera a que llegue.

—Snake —dijo a modo de saludo—. ¿Por qué coño haríamos eso?

Al menos sabía quién era: me había llamado «Snake» en Albuquerque. Entre otras cosas.

—Porque todos estamos asociados. Tu manada está asociada a la mía. Altau está asociado a mí. Dominé es mi Casa, así que ella también forma parte de mi manada. Podemos resolver esto. No sé qué es lo que quieres, pero es muy importante que no te enfrentes a Altau. Muy importante.

Hubo un largo momento de silencio, pero ella volvió más tranquila y con más control.

—¿Por qué?

—Ha habido un ataque contra los Athanate en Los Ángeles hace apenas una hora. Algunas facciones culpan a los licántropos locales. No importa que estés fuera de tu territorio; si apareces y luchas contra nosotros, te meterán en el mismo saco que a ellos.

Otro silencio. Contuve la respiración.

—¿Estás cerca?

—No. —No quería mentir, y me preguntaba cómo saldría la siguiente parte—. Primero tengo que ver a la Casa Altau. Iré tan pronto como pueda.

Podía oír a Jaz hablando con los demás, respirando con dificultad, y voces enfadadas de fondo.

—Hay un problema —dijo Jaz.

—¿Qué?

—Rita está conmigo. Se está enfrentando a la extranjera de pelo plateado. No me hacen caso.

Yelena.

—¿Está Zane allí?

—No.

—¡Mierda! Pásame con Rita. —Se oyó un gruñido de fondo—. Por favor —añadí desesperadamente.

Silencio, y luego un crispado «¿Qué?» que parecía casi de puma.

No era gran cosa, pero Rita estaba hablando.

Independientemente de lo que la manada de Albuquerque quisiera pensar de Rita, la mujer puma cuando se enfadaba rozaba el estado de renegada, sólo mantenido a raya por la dominación de su Alfa, Zane.

Él no la habría enviado al club si hubiera sabido que habría una complicación como esta, no sin que él también estuviera allí.

Pensé que podría calmarle cara a cara, pero ¿por teléfono?

Y si dejaba de hablar, sus ojos se volverían de ese verde que parecía iluminarse desde dentro, su cuerpo empezaría a encogerse y nadie podría llegar a ella.

—Rita, por favor, háblame. No hace falta que haya una pelea.

Silencio.

—Estaré allí en un par de horas —dije, y esperaba tener razón—. De verdad, te lo pido. Sea lo que sea lo que necesites de Los Ángeles, podemos resolverlo juntas, pero esta es mi gente, mi manada. Por favor.

—Dos horas —dijo Rita. El tono de puma de su voz se había atenuado.

—Te debo una —dije—. De verdad. Lo que sea.

—Muérdeme. —No estaba segura de si era una petición o una broma, pero Rita ya le había lanzado el comunicador a Yelena.

—¿Jefa? —La voz de Yelena sonaba tensa, con un marcado acento ucraniano. Estaba tan nerviosa como Rita.

—Haced lo que podáis, Dominé y tú, para calmar las cosas y mantener la calma durante un par de horas.

—Entendido.

Oí a Jaz sugerir que esperaran fuera en su camioneta, y luego la voz de Vera. Me pareció que sonaba como una invitación.

Sentía el corazón latiéndome en la garganta. A pesar de su sabiduría práctica y su sólido sentido común, Vera seguía siendo propensa a decir alguna tontería de vez en cuando. Sería típico de mi suerte que Jaz o Rita se ofendieran.

Pero antes de que pudiera comprobarlo, Tom me quitó el comunicador de las manos y empezó a informar de lo que había pasado al cuartel general.

Tenía que confiar en mi Casa.

Miré hacia delante, a través de la ventana de la furgoneta, tratando de calmarme.

Cada encuentro con Skylur entrañaba el riesgo de sorpresas horribles y peligro.

Tenía que mantener un control total sobre mí misma.

Dejar la situación en el Club Vasana en manos de Yelena y Dominé.

Centrarme en lo que se le ocurriría a Skylur.

¿Mis propias necesidades? Tendrían que esperar. Resolución. Redención. Ahora no.

Concentración.

∞ ∞ ∞ ∞ ∞

Diez minutos más tarde, habíamos salido de Santa Mónica y tomado Venice hacia Culver City. La carretera estaba flanqueada por fachadas anónimas de empresas, y los camiones de producción aparcados a lo largo de ella daban a entender que todo esto era la industria de Los Ángeles.

Pensé que el conductor estaba tomando un atajo, pero los estudios anónimos se acabaron de repente y nuestro pequeño convoy giró a la derecha para atravesar un par de elegantes puertas de hierro forjado.

El edificio ante el que nos detuvimos estaba retirado, detrás de una amplia extensión de césped.

Era de un blanco frío, con la fachada salpicada por hileras ordenadas de ventanas idénticas con contraventanas grises.

Subimos por una doble escalera de piedra clara hasta el grandioso pórtico que se alzaba sobre la entrada principal.

Tom y los guardias habían colocado sus armas en modernas bolsas deportivas.

Uno de los guardias llevaba colgada al hombro una impresionante cámara de cine profesional; otro transportaba equipo de audio y cables.

El resto cargaba portapapeles, kits de maquillaje y ese desorden de objetos diversos y desconocidos que caracteriza a un equipo de rodaje.

No había ningún letrero sobre la entrada del edificio, ni indicación alguna del tipo de negocio hasta que se acercó el portero.

—Bienvenidos a Bembridge Studios —dijo con amabilidad—. Por desgracia, todas las instalaciones están...

Tom le mostró un pase.

—... ocupadas. Sí, somos nosotros. Altau Group Media. Lo siento, no hemos tenido tiempo de organizar los pases de todos ni de avisar con antelación.

—Por supuesto, señor. —El hombre hizo una reverencia y, al mismo tiempo, Elizabetta apareció tras unas puertas dobles, haciéndonos señas para que nos diéramos prisa.

Respiré hondo por la nariz. La base de canela y cobre de la marca Altau era evidente ahora que estábamos dentro.

Me tranquilizaba. Fuera cual fuera el nombre de la «productora cinematográfica» que había alquilado estas instalaciones, se trataba de la sede de Altau.

Supuse que, si se buscaba una excusa para que un montón de jóvenes en forma con voluminoso equipo entraran y salieran a todas horas, exigiendo privacidad y seguridad, rodar una película era una tapadera tan buena como cualquier otra.

Caminamos hacia el ala izquierda de los estudios, con la seguridad endureciéndose discretamente en cada puerta.

Skylur estaba en una sala de planificación sin ventanas, de pie frente a una serie de pantallas que mostraban el mapa de la zona desde San Fernando, en el norte, hasta Mission Viejo, en el sur.

No conocía los símbolos, pero suponiendo que los rojos representasen ataques de Basilikos, me tranquilizó ver que sólo había unos pocos. Por todo el mapa había docenas de símbolos verdes y algunos azules dispersos.

Skylur se giró y me vio mirando.

—Los ataques mortales están en rojo. Todos los atacantes muertos y tres víctimas mortales entre los delegados y sus equipos de seguridad —dijo con solemnidad, señalando las pantallas—.

Los ataques en azul han sido repelidos con bajas.

El verde es bueno. Cada círculo verde es una Casa bajo confinamiento con su propia seguridad, lo que demuestra que lo que he estado diciendo sobre nuestra vulnerabilidad no era exagerado.

Tarez estaba de pie a su lado, escuchando a medias una conversación por un comunicador; su cabello negro salpicado de canas peinado hacia atrás me recordaba de nuevo a las alas de un cuervo. Su marca era un contraste seco y afilado como una cuchilla frente al rico tono cobrizo y canela de Altau.

—El ataque parece haber remitido. Puede que hayamos reaccionado de forma exagerada —dijo, haciendo un gesto con la mano para indicar que no lo creía así—, pero ha puesto de manifiesto ante todo el mundo las capacidades de las Casas que permanecen con Basilikos.

Skylur entrecerró los ojos.