Capítulo 20
Redención. Redención. Redención.
Le fallé a Fay. La dejé en esa casa. No hice nada. ¿Y si Forsythe...
—Shhh… —Bian me besó en la frente—. Ya has terminado con la terapia.
Por un momento, no quise que se acabara. Quería que Diana y Bian me borraran la memoria.
Pero yo soy todo lo que he hecho, todo lo que me han hecho.
Ahora tenía gente que dependía de mí. Tenía que seguir adelante.
—Tienes que contarles a los demás lo de esta sesión —dijo—. Se lo debes.
Negué con la cabeza, pero no me hizo caso.
—Cuando se lo cuentes, romperás con la idea errónea de que pensarían algo diferente de ti.
Tendría que contárselo cara a cara. La idea de mirarlos a los ojos y hablarles, en lugar de saber que estaban allí en una sesión en la que revivía todo de nuevo, me parecía más difícil.
El eukori de Bian rozó el mío.
—Tienes que seguir adelante.
Me estaba administrando pacificadores; las feromonas flotaban a mi alrededor. No eran tan efectivas como las de Diana, pero sí lo suficiente como para ayudarme a relajarme.
—Cada vez es más complicado —dije—. No es sólo Forsythe, también tengo que hacer algo con Fay.
Mi subconsciente llevaba semanas diciéndomelo.
Redención. Redención. Redención.
¿Más importante que Forsythe?
Lo que Forsythe me había hecho ya era historia. Pero le había fallado a Fay y eso seguía presente. Le había fallado al no hacer nada, al sentirme demasiado avergonzada para hacer algo, demasiado aturdida para considerar por lo que ella había pasado.
—Tranquilízate —murmuró Bian mientras mi corazón luchaba contra el control de los tranquilizantes para volver a acelerarse.
—¿Y si Fay sigue sufriendo? Yo tenía la caja fuerte y a todos vosotros. Pero ¿y si ella no ha tenido nada todo este tiempo?
—Tranquilízate —repitió, con el rostro impasible—. Esta es la parte difícil: he localizado a todos los que he podido de tu promoción en el instituto para intentar comprender mejor lo que pasó. Hay un par a los que no he podido encontrar.
—¿Fay?
Asintió.
—No hay rastro de Fay Daniels después de que dejara South High.
Fruncí el ceño. ¿Nada?
—La gente no desaparece —dije—, excepto en mi caso. ¿Familia? ¿Universidad? ¿Carné de conducir? ¿Tarjetas bancarias? —Me humedecí los labios. —¿Informes policiales?
—No he podido comprobar todas las posibilidades —dijo Bian—. No soy una experta en Internet.
—¿Muerta? —La palabra se me escapó de la boca.
Ruego que no se haya suicidado.
—Tampoco hay informes de eso. Las muertes o las desapariciones suelen dar lugar a un informe. Mi instinto me dice que Forsythe es la clave para encontrar a Fay. Y ya sabes…
—Sí —dije—. Está en Los Ángeles.
Miró la hora.
—Tenemos una reunión con Skylur. Podemos seguir hablando después; hacer algunos planes. Decidir qué es lo que vas a hacer.
Se me ocurrían varias cosas que no requerirían mucha planificación y que se acabarían rápidamente. Si Forsythe hubiera estado en la habitación, no estaba segura de si me transformaría y le arrancaría la cara, o le inyectaría venenos insoportables en el torrente sanguíneo.
No hacía falta que se lo dijera a Bian. Ella detestaba a Forsythe con ese tipo de odio que empieza en lo más bajo y te quema el cuerpo de abajo arriba.
Había mantenido un tono neutro al hablar de él, pero para mí era obvio lo que le haría. Para ella, esto también era algo personal. No sabía por qué. Esperaba que algún día pudiera contármelo.
Pero mientras, lo que tenía que hacer con Forsythe acababa de complicarse todavía más.
Bian fruncía el ceño. Su auricular, tirado sobre su bolso, chirrió y pude oír la voz de Tom Sherman, fuerte en la escalera. Junto con el sonido de las botas; guardias de Altau, todos con prisa.
Irrumpieron en la habitación unos instantes después. Los tres tenían sus horribles Herstal P90 en la mano y Tom llevaba un equipo de comunicaciones de Altau.
—Las dos están aquí —dijo por el micrófono—. Controladas.
Nos pusimos en pie.
—Tom, ¿qué demonios? —dijo Bian.
—Tenemos un problema —respondió—. Ha habido varios ataques. Lo peor confirmado hasta ahora: un grupo formado por miembros de diferentes partidos estaba reunido fuera del recinto para discutir una queja de los licántropos en Los Ángeles y un equipo de Basilikos los atacó.
Alex estaba allí. Y Yelena. Dominé y Dante.
Tom no lo sabría todo. Sería confuso.
—¿Hay víctimas? —pregunté, manteniendo la voz firme.
Tom sabía por qué lo preguntaba.
—Nada que yo sepa de tu Casa. Hubo dos muertos en esa reunión. Cuatro, si cuentas a los asesinos. Me han dicho que hay una docena más de heridos en otros lugares.
—¿Quién ha muerto? —preguntó Bian.
—La Casa Lindberg y el Diakon de la Casa Karamazin.
Lindberg: el líder del Athanate sueco. Karamazin: un Diakon de una antigua Casa Basilikos, ahora parte del Camino Oculto. ¿Por qué habían sido el objetivo? ¿Violencia aleatoria y sin sentido? ¿Un accidente? ¿O acaso Karamazin había estado contemplando votar a favor de la Revelación?
Tom no había terminado.
—Aquí está lo más importante: los miembros del Camino Oculto afirman que los licántropos de Los Ángeles estaban implicados.
La reunión con Karamazin sólo se celebró porque los licántropos presentaron la denuncia, y el lugar de la reunión lo eligieron ellos.
Todo el mundo se ha callado alegando cuestiones de seguridad hasta que se solucione esto.
—Tom miró su reloj—. He enviado a un par de chicos a recoger a los miembros de tu Casa que estaban en el club.
Jen estaba en Nueva York y, por el momento, al margen de todo. Julie y Keith estaban con ella y se enterarían de la noticia. Sabrían qué hacer.
—¿Alex? —pregunté.
—Está fuera con las patrullas. —Tom se encogió de hombros—. Un equipo de Basilikos sería más tonto de lo que parece si intentara enfrentarse a uno de esos.
Independientemente de cuántos hubieran muerto en el ataque, esto era exactamente lo que Basilikos quería: interrumpir la conferencia y detener el avance hacia una nueva Asamblea. Skylur entendería eso, así que, ¿qué haría al respecto?
Tom levantó una mano y se dio la vuelta, apretándose con más fuerza el auricular de su comunicador contra la oreja.
—Sí, señor —dijo, y se volvió hacia nosotras—. Skylur quiere veros a las dos, ahora mismo. Vamos.