Los secretos de Los Ángeles (Amber Farrell – Investigadora Paranormal 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

Skylur subió con paso firme al estrado, donde le esperaban una mesa y unas sillas.

Tomó el asiento central. A su lado se sentaban otras tres Casas.

Reconocí a una de ellas: Eugenie, duquesa de Urach-Passau, de la Casa Passau, la Casa más importante de Europa.

A otra la recordaba de la última Asamblea: la Casa Stanbrigge, la representante del Imperio de la Medianoche.

A la última no la reconocí, y supuse que era del Camino Oculto.

Skylur miró hacia la oscura sala hasta que sus ojos encontraron los míos y se detuvo un segundo.

Un ligero asentimiento.

Un Athanate situado en el extremo izquierdo se puso de pie.

Un Athanate anciano .

Algunos Athanate más mayores parecían muy viejos: con el cabello canoso y la cara arrugada. Pero Skylur no, y tampoco el Athanate que se enfrentó a él.

—Juanuarte Ibarre, Casa Ibarre —murmuró Elizabetta.

Poca broma.

El rostro era inhóspito, con sus cejas pobladas.

Había averiguado que llegó a Maine con las flotas pesqueras vascas en 1657, como capitán y propietario del ballenero Catalin .

Se había quedado y había establecido un dominio con centro en Portland.

Tenía fama de excéntrico; cuando terminó la industria ballenera, integró su barco en el vestíbulo de su casa.

Otros decían que a todos los Athanate mayores les gustaba tener cerca su origen y su historia.

Al verlo de pie, Ibarre me hacía pensar en el mar.

Era un hombre gigantesco, y se erguía como la proa de un barco de madera surcando una ola en la tormenta.

Llevaba una larga chaqueta gris marengo de lana, casi como una capa que se extendía sobre sus anchos hombros.

Su liso cabello negro estaba trenzado y atado con una cinta escarlata.

Le caía por la espalda como una vaina ornamentada.

Echó un vistazo a la sala. Sus ojos eran grises como las nubes de lluvia y fríos como el mar Ártico.

—Casa Ibarre —dijo Skylur.

—Ykos Altau. —Casa Altau en Athanate. La voz de Ibarre era tan fría como sus ojos. No tenía ninguna posibilidad de seguir este nomicane si hablaban Athanate.

—Sabe perfectamente que hemos retrasado el procedimiento para incluir la presencia de un testigo que no habla Athanate, Casa Ibarre —dijo Skylur, recostándose en su asiento—. Sugiero que continuemos en inglés.

—La Casa Farrell, por supuesto —dijo Ibarre—. Un supuesto Athanate que apenas ha superado el crusis , ignorante de nuestro idioma y nuestras costumbres. Por supuesto, adaptémonos al testigo. —Su mirada gélida me distinguió entre la multitud y me estremecí.

Skylur se limitó a sonreír.

Ibarre era Panethus, me recordé a mí misma.

En algún lugar tenía parientes, y ellos lo querían.

Necesitaba, por mi propio bien, ver al hombre en su totalidad, no sólo al oponente en este nomicane .

Lo necesitaba porque hoy podría decir o hacer algo que lo condenara, y tendría que vivir con el resultado: una tragedia para sus parientes y su Casa, frente a una tragedia para el resto del mundo si no se controlaba la Revelación.

Por supuesto, él podría decir o hacer algo que me condenara a mí.

Una segunda Athanate se puso de pie. Ibarre no mostró sorpresa, pero se volvió a sentar de inmediato, cediéndole el paso.

Lo habían planeado.

Otro escalofrío de preocupación.

¿Qué era esto?

En un nomicane , Skylur era simplemente el organizador. Estaba obligado a garantizar que se examinaran todos los aspectos de una cuestión. Parecía que la asociación de la Costa Este iba a aprovechar eso al máximo.

—Casa Prowser —dijo Skylur.

A diferencia de Ibarre y Skylur, Amelie Prowser era una de esas Athanates que cultivaban un aspecto envejecido. Tenía el pelo gris, peinado hacia atrás, y sus mejillas tenían el aspecto de una mujer de campo, quizá la esposa de un granjero. Su ropa era oscura y sencilla.

Sabía que era incluso más mayor que Ibarre. Aunque no tanto como Skylur, quizá llegó a Estados Unidos antes que él. Su territorio, si lo conservaba tras todo esto, era el estado de Míchigan; era el único miembro de la asociación de la Costa Este que no tenía un dominio en el Atlántico.

Sabía que Ibarre había accedido a traicionar a Skylur; había escuchado la llamada telefónica de Amaral hablando con él. No estaba segura de Prowser. Había oído a Amaral llamarla, pero no escuché lo que pasó.

Quizá estaba a punto de averiguarlo: era evidente que el traspaso de Ibarre a Prowser había sido acordado de antemano.

¿Significaba eso que ella estaba de su lado?

—He hablado con la Casa Ibarre sobre estos procedimientos —dijo ella—. Comparto algunas de sus preocupaciones y, por lo tanto, he aceptado hablar en nombre de todas las Casas no alineadas de la Costa Este.

Su voz transmitía edad y sabiduría, un estilo de hablar y un acento de la antigua Gran Bretaña, con todo el peso de la historia detrás. La habían elegido bien.

En el estrado, Eugenie le susurró algo al oído a Skylur.

Él se encogió de hombros.

—Discrepo con su uso de la palabra «no alineadas». No obstante, continúe —le dijo Skylur a Prowser.

Ella inclinó ligeramente la cabeza hacia él. Yo estaba demasiado lejos para evaluar qué intención tenía ese gesto de reconocimiento.

Se enderezó y habló con claridad.

—Admitimos abiertamente que algunos de nosotros estábamos de acuerdo con las propuestas presentadas por la Casa Amaral.

Se produjo una inspiración colectiva en toda la sala.

Eugenie estaba corriendo un gran riesgo: si Skylur argumentaba que la ley de la Asamblea no estaba en vigor en el momento de la Convocatoria, acababa de condenar a muerte a sus compañeros.

Ibarre debía de estar bastante seguro de que podrían argumentar con éxito que las leyes de la Asamblea seguían vigentes.

O bien, no creía que importara. Tenía un plan diferente.

Mi sensación de inquietud creció mientras Prowser seguía hablando.

—En aquel momento no sabíamos que la Casa Amaral había traicionado y asesinado a su propio Señor, la Casa Romero.

Tampoco sabíamos nada de la atroz captura y tortura de Diana Ionache.

Condenamos rotundamente esas acciones. Sin embargo, al desconocer esos hechos, algunos de nosotros nos habríamos unido a él para convocar una Asamblea, con la intención expresa de destituir a Altau como líder de Panethus.

Prowser se adentró en el espacio entre las filas de asientos y el estrado.

—Decimos esto para que no haya necesidad de más investigaciones que supongan una pérdida de tiempo sobre quién estuvo de acuerdo y quién no en convocar una Asamblea.

—«Algunos de nosotros» es un poco impreciso —dijo Skylur.

Volvió a inclinar la cabeza.

—Por eso estamos sentados como estamos —dijo.

Señaló a Ibarre e hizo un gesto amplio con el brazo—.

La Casa Ibarre y las Casas sentadas a su izquierda apoyaron la Convocatoria.

—Incluido Ibarre, había cinco Athanate sentados en ese espacio.

Se giró y señaló su asiento vacío—. Yo, y las Casas restantes, no lo hicimos.

El auditorio quedó sumido en un silencio atónito.

Según la ley del Camino Oculto en el Agiagraphos, eso suponía al menos cinco condenas a muerte, y no necesariamente sólo para el jefe de cada Casa.

El público se había apiñado allí para ver el espectáculo, pero nadie se esperaba este giro tan brusco.

—Como usted dice, Casa Prowser, ha concluido con acierto los primeros pasos de nuestro procedimiento —dijo Eugenie—.

Si desde el principio tenía intención de ceder en este punto, me gustaría preguntarle por qué permitió que se retrasara el proceso para adaptarse a la disponibilidad de un testigo que sabía que no sería necesario.

Si el resto de la sala se había quedado atónita, Eugenie desde luego no. Y tenía razón; ¿por qué esperar a que yo apareciera?

La respuesta tenía que ser que el ataque de Ibarre me involucraría a mí.

Prowser se volvió hacia el estrado, juntando las manos delante de ella y frunciendo el ceño.

—Un cambio de planes, Casa Passau.

Eugenie arqueó una ceja.

Prowser continuó sin inmutarse.

—Acepté representar a la asociación precisamente para eliminar el elemento de la pérdida de tiempo —prosiguió—. En lo que debe centrarse este procedimiento no es únicamente en el caso concreto, sino en los supuestos subyacentes de los sistemas jurídicos que la nueva Asamblea deberá llevar adelante.

¿Qué?

Se produjo un murmullo en la sala.

—Están resaltando deliberadamente la división en el apoyo a Panethus —dijo Elizabetta en voz baja—. Una estratagema inteligente.

—Pero según lo que ha dicho —respondí en un susurro—, la mitad de la Costa Este todavía tiene que prestar juramento o marcharse, pero la otra mitad está condenada.

—No si consigue que Skylur ceda. Si retirar su reclamación original sobre el dominio es menos perjudicial que dividir a Panethus entre tradicionalistas y progresistas…

—¿Y si pierde?

—Argumentará de alguna manera que todos siguen teniendo la opción de abandonar el país.

¿Para ir adónde? Estas Casas eran antiguas y estaban bien establecidas. Tenían ubicaciones privilegiadas y enormes dominios. Incluso así, supuse que mendigar dominios al partido del Camino Oculto sería preferible a la muerte.

Todo eso era secundario.

Prowser continuó:

—Nuestros anfitriones aquí en Los Ángeles son Panethus, el partido de la Revelación.

Su argumento político sostiene que debemos revelarnos ante la humanidad y que, para que esta nos acepte más fácilmente, debemos tener una ética, una moral y unas estructuras de comportamiento que resulten tranquilizadoras.

Estructuras que la nueva Asamblea nos impondrá a todos.

Más revuelo en el auditorio. Habían venido a ver a Skylur y a la Costa Este discutir un asunto de vida o muerte. Prowser lo estaba convirtiendo en una conferencia académica, por muy importantes que fueran los puntos.