Los secretos de Los Ángeles (Amber Farrell – Investigadora Paranormal 5) Capítulo 9
11%

Capítulo 9

Las puertas se cerraron con un suspiro y la sensación de expectación, ya de por sí alta, subió otro peldaño.

—Damos por abierta la sesión —dijo un hombre trajeado al frente de la sala abarrotada. Una sala repleta de Athanate, tan llena que algunos estaban de pie en la parte de atrás.

Los que pudieron, ocuparon sus asientos.

Yo estaba sentada en primera fila, repasando todo lo que Skylur y yo habíamos hablado, preocupándome por lo que Ibarre pudiera tener entre manos e intentando calmar las mariposas en mi estómago.

A mi izquierda estaba Yelena, para apoyarme.

A mi derecha estaba Elizabetta, tal y como Skylur había prometido.

Ella intentaba distraerme con la excusa de darme información sobre el desarrollo de los acontecimientos y ponerme al día sobre las negociaciones para la nueva Asamblea.

Se lo agradecía, pero no funcionaba.

El problema no era Forsythe. Había conseguido dejarlo de lado otra vez... de momento.

Tampoco era Correia, que estaba sentada al fondo con un grupo de sus asesores y un cordón de seguridad. Esperaba el antagonismo que sentía por parte de ella y de Basilikos.

Excepto que ya no se me permitía llamarlos Basilikos.

Correia había cambiado el nombre de su partido para distanciarse de la facción Matlal, que había intentado atacar la Asamblea, declarado la guerra a Panethus y afirmado que Los Ángeles les pertenecía.

Esa facción seguía llamándose Basilikos, pero Correia había adoptado el nombre de Camino Oculto para su partido.

Era una elección inspiradora. Atraía a los tradicionalistas, e incluso las Casas progresistas se sentían incómodas al pensar que se oponían al Camino Oculto.

Pero no eran Forsythe ni Correia quienes me ponían nerviosa en ese momento. Era la presión casi física de todas las miradas fijas en mí.

Siempre había sido demasiado esperar que mi primera aparición tras la batalla de Carson Park en Nuevo México fuera fácil.

Se habían filtrado rumores sobre el ritual.

Los licántropos, obviamente, se centrarían en eso, y supuse que los adeptos también.

Tenía toda esa discusión y especulación pendiente cuando volviera a estar en plena circulación.

Mientras tanto, estaba frente a los Athanate y muchos de ellos especulaban sobre el tiempo que llevaba fuera de la vista desde la batalla, y el tiempo que Diana había pasado conmigo en lugar de aquí. Diana era una de las Athanate más antiguas y respetadas del mundo. La necesitaban aquí.

Mi dominio del idioma Athanate seguía siendo muy básico, pero pude entender que un grupo de Panethus a mi izquierda estaba hablando de Basilikos.

Se desestimaron las afirmaciones de Correia de que el partido Camino Oculto estaba intentando que los renegados de Basilikos abandonaran la violencia y volvieran a la mesa de negociaciones.

La mayoría de los Panethus sospechaban que el partido Camino Oculto y Basilikos eran dos caras de la misma moneda, y que Correia no era más que su representante en la nueva Asamblea.

También pensaban que cuanto más se alargara la conferencia, más probable sería que una célula de Basilikos se colara y matara a alguien. No les gustaba que la conferencia se retrasara por esta audiencia. Tampoco les gustaba que Diana no estuviera allí.

Y, de alguna manera, todo eso era culpa mía.

Que les den. Diana sólo estaba en Los Ángeles —y libre para ayudarme a mí o a la nueva Asamblea— porque me había negado a alejarme de Nuevo México, o a dar por sentado, como todos los demás, que ningún Athanate se atrevería a hacerle daño.

Amaral se había atrevido. Y la ausencia de Diana tenía tanto que ver con su recuperación del daño que le habían infligido como con mi terapia. No era culpa mía.

Me sacudí esos pensamientos e intenté concentrarme en el entorno y en las informaciones que me daba Elizabetta.

Para albergar las reuniones, Skylur había comprado uno de los centros de convenciones más antiguos de Los Ángeles.

Estaba demasiado cerca del enorme Centro de Convenciones de Los Ángeles, en el centro de la ciudad, como para prosperar, y Jen me había dicho que lo había conseguido a buen precio.

Los restos del último evento que tuvo lugar estaban por todas partes: enormes carteles y stands vacíos para una exposición de autocaravanas.

Skylur los había dejado ahí como camuflaje. Le daban al lugar un aire inquietante.

El resumen de Elizabetta sobre los avances hacia la nueva Asamblea fue conciso y útil.

Tras toda la lucha desde la disolución de la última Asamblea, Panethus y el Camino Oculto seguían estando muy igualados.

Además de los indecisos en sus propios bandos, tanto Skylur como Correia estaban cortejando a las Casas del Imperio de la Medianoche, el grupo Athanate en declive que originalmente había abarcado la mayor parte de los territorios del antiguo Imperio Británico.

Panethus estaba mejor situado en ese momento, pero a menos que el Imperio de la Medianoche se pronunciara a favor de uno u otro bando y trajera consigo a todas sus Casas, ni Panethus ni el Camino Oculto podían estar seguros de obtener una mayoría absoluta en la nueva Asamblea.

En cuanto a los grupos Athanate que faltaban: el Imperio del Cielo, la enorme asociación que abarcaba China y la mayor parte del Lejano Oriente, y los Cárpatos, el más antiguo de todos los grupos, ninguno de los dos había indicado que asistiría.

Ni que respetaría las leyes de la nueva Asamblea.

¿Cómo reaccionarían ante una decisión sobre la Revelación?

De otra conversación de los Athanate a nuestras espaldas, pude oír murmullos de que tal vez Diana habría sido capaz de conseguir que los grupos ausentes asistieran.

Resoplé en silencio para mis adentros; por una vez, yo sabía cosas que ellos no sabían.

El Imperio del Cielo podría estar más cerca de lo que sospechaban, y los Cárpatos estaban aquí, en el sentido de que tanto Yelena como yo cumplíamos los requisitos por Sangre.

Por supuesto, eso no importaba a la hora de conseguir que el Dominio de Carpathia cooperara con el resto del mundo respecto a la Revelación.

¿Y qué significa realmente para mí esa Sangre de los Cárpatos?

Algo que tendría que explorar más a fondo cuando la crisis actual hubiera terminado.

Bian llegó tarde y fue una interrupción bienvenida.

Insistió en un saludo formal, con besos en el cuello y abrazos para las tres, a la vista de todos. Y a mí me mordisqueó juguetonamente el lóbulo de la oreja con los dientes.

—Dales caña, Ojos Redondos —murmuró antes de escabullirse en busca del asiento que el grupo principal de Altau le había reservado. Gruñó a todos los miembros del Camino Oculto que estaban sentados cerca, y uno o dos se encogieron instintivamente.

Había perdido la esperanza de que Bian me dijera alguna vez su edad, pero basándonos en las pistas de Pia, Yelena y yo supusimos que tenía más de un siglo, pero menos de ciento cincuenta años.

La mayoría de los Señores o Señoras de las Casas del Camino Oculto eran mucho más viejos que eso.

Todo ello los hacía, en teoría, más fuertes que Bian, pero su reputación era escalofriante, incluso en una conferencia amparada por el juramento de paz de Altau.

Encontró su asiento y las charlas ociosas cesaron cuando Skylur entró.

La atención se centró. A pesar de todos los comentarios sobre retrasar los asuntos de la conferencia, había una atracción y una emoción casi subconscientes por este nomicane .

La conferencia al completo versaba sobre fórmulas de representación, cifras, procedimientos y un sinfín de temas igualmente dignos de atención.

Pero ahora… para los Athanate allí presentes, el tema de hoy eran los juramentos. Y la Sangre. Y la traición. Se trataba de nuevas leyes, que únicamente se habían redactado en el ordenador, y de leyes antiguas, tan antiguas que se habían grabado por primera vez en piedra.

El corazón de la comunidad Athanate latía en esta sala.

Me estremecí.