Capítulo 3
Me sentía como si estuviera tumbada en la piscina, mirando al cielo. Pero el cielo era un techo blanco en una habitación que no reconocía, y había rostros mirándome desde arriba.
Me dolía verlos. Cada rostro parecía arrastrar mi mente hacia algo doloroso, y era más fácil flotar y no pensar.
Tenía que estar muerta. Estaban celebrando una sesión de espiritismo.
O yo estaba muriendo. A los moribundos les pasa la vida ante los ojos, ¿no?
¿Por qué pasó ante mis ojos ese breve momento en mi taquilla, en lugar de…?
En lugar de cosas que realmente pudieran doler. La conversación en la taquilla era segura. Por muy estresante que la sintiera en ese momento, era segura.
No. Espera. Esto no era mi vida pasando ante mis ojos. Era algo deliberado. Controlado.
Estaba en terapia, una terapia Athanate, dirigida por Diana.
¡Renegada! Me había convertido en una renegada.
Mi corazón se aceleró y se calmó de inmediato.
Esa sensación. Eukori. Del mismo modo que lo había usado para ayudar a otros, ahora se estaba usando para ayudarme a mí.
Diana.
Esa era una de las caras, la más cercana. Pero algo iba mal en ella.
No estaba flotando. Estaba tumbada sobre unos cojines. Tenía la cabeza apoyada en su regazo y sus dedos me acariciaban la frente.
Todos los demás estaban sentados en el suelo a mi alrededor.
¡Jen y Alex! Mis parientes.
Bian, Yelena, Julie y Keith.
¿Keith? ¿Por qué estaba él aquí?
Sentía un dolor físico en la cabeza, como si se me hubiera partido en dos.
—Shhh... No intentes conectar con tu eukori.
Era Diana. No la Diana que yo recordaba. Una Diana anciana, de cabello blanco y envejecida. Una Diana imposible, porque los Athanate no envejecen.
Athanate.
Más dolor; un dolor cegador en la cabeza.
Quería volver atrás. Quería sumergirme de nuevo en mi vida en el instituto, donde los problemas parecían abrumadores, pero eran problemas a escala humana que se podían solucionar. Y, al mismo tiempo, no quería, porque había otras cosas de aquella época, cosas que tenían que quedarse enterradas.
Sentí que Jen me besaba la mano y la apretaba contra su mejilla.
Alex me dio una palmadita torpe en la otra mano.
—Estás bien —dijo Jen—. Estamos aquí. Deja que ayudemos a Diana a curarte.
Parpadeé, tratando de recordar cómo había llegado hasta allí.
El bloqueo. La comunidad de Adeptos de Taos le había impuesto un bloqueo a Diana que le había drenado sus poderes de Athanate. Por eso parecía envejecida, estaba desgastada por el poder del bloqueo.
Kaothos y yo habíamos roto el bloqueo. Pero la enorme explosión de poder había destrozado algo más.
Me había destrozado la mente y todo se había mezclado en mi cabeza.
Matar a Amaral. Alimentarme de Jen y Alex.
El ritual. El vuelo en avión a Los Ángeles.
La oscuridad renegada que se filtraba y parecía extenderse por cada rincón de mi mente…
—Tranquila —dijo Diana, y me di cuenta de que había estado balbuceando frases inconexas—.
Tenemos que volver —susurró—. Tienes que llevarnos de vuelta a través de todas esas cosas dolorosas que encerraste y te negaste a recordar.
Tienes que revivirlas, mirarlas fijamente hasta que pierdan su poder. Todo lo que has encerrado.
—No —dije, con voz débil e insegura. Volvía a tener diecisiete años—. No puedo mirar esas cosas. No puedo dejar que las veáis. No puedo.
Me despreciaréis.
Pero no me escuchaban.
—Te queremos.
—Confía en nosotros.
Todas sus voces susurraban.
—No podemos hacer que esos recuerdos dejen de doler —dijo Diana—, pero tenemos que hacer que sean menos tóxicos. Tenemos que compartirlos para poder reconstruirte. Y tú tienes que guiarnos. Tienes que querer esto.
—Por favor, querida. —Jen apretó mi mano contra sus labios.
—No —dije de nuevo.
Negué con la cabeza. Me dolía todo el cuerpo. Me sentía débil.
—Tanto si los guardas bajo llave como si no, cada acontecimiento sigue formando parte de ti —dijo Diana—. La Amber de hoy se construye sobre la de ayer. Ahora tienes que desbloquear esos recuerdos. Tu eres la única que puede hacerlo.
Sentí como si estuviera cayendo.
Recordé a Martha, hablando del pequeño cementerio asentado entre los brazos del seto de tejos, detrás del rancho de Coykuti.
Partes del tejo mueren y se pudren y alimentan al resto.
Vive de sí mismo. Se renueva a partir de todo lo que ha sido.
La manada es así. Es todo lo que ha hecho, todos sus amores y odios, todos sus deseos y miedos, todos sus triunfos y fracasos.
Yo era todas las cosas que había hecho. Todas las cosas que me habían hecho. No podía escapar de eso. No podía escapar.
Pero hay partes de mí que no puedo dejar que vean.
Los dedos de Diana se clavaban en mi frente. Fríos como el hielo. Profundos. Implacables.
Mi cuerpo luchaba por escapar de las manos que me sujetaban.
¡No! Hay tantas cosas que no puedo dejar que vean.
—Tranquila, Amber. —La voz de Diana, que parecía resonar por un pasillo—. Ninguno de estos recuerdos es fácil, pero empezaremos antes… aquí .
Estoy cayendo a través de la noche sin fondo.
Más adelante, en algún lugar de la oscuridad, hay una roca enorme que emerge de la selva.
El punto de encuentro, el Hacha del Diablo.
La misión en la que murió mi equipo. Puedo sentir la sangre palpitando desde la herida de mi cuello mientras me derrumbo contra la roca que bloquea las estrellas del cielo sobre mí.
Estoy desesperada. Mi equipo… todos ellos muertos.
La sed de sangre, la euforia, mientras mi cuchillo se desliza por sus cervicales, diciéndome que he cortado todos los vasos sanguíneos de su cuello y que morirá ante mí, esta cosa que mató a mi equipo. Que me mató a mí.
No. Ese orden no es el correcto. Está todo revuelto. Es un caos. Ese Athanate murió —el loco descendiente de la Casa Chrysos de los Cárpatos —; me mordió y lo maté. Pero no morí. Me convertí en Athanate y sobreviví.
Empieza de nuevo.
Ve paso a paso.
Empieza desde el principio…
Estoy cayendo. Es de noche. Las lecturas del sistema Cyclops de Ops 4-10 me indican hacia dónde dirigirme. A qué distancia. Cuándo tirar de la cuerda. Mi uniforme técnico y mi freno me llevarán allí sana y salva. Mi equipo está detrás de mí.
El viento me azota la cara…