Capítulo XVII #2
El hombre sabía que la seguridad de su familia pendía de un hilo.
Trabajaba para Víctor Marceau, un hombre influyente, sí; pero si los alemanes descubrían su sangre judía, ningún apellido ni fortuna podría protegerles.
Así que, amparado en la noche, exploró los rincones olvidados de la finca y encontró en la bodega un cuarto oculto entre sombras.
Lo vació con esfuerzo, reforzó las paredes, construyó un muro falso y escondió la entrada tras unos bidones polvorientos.
Llegado el momento, sería el lugar perfecto para él y su familia.
Víctor veía el semblante cansado de su capataz, pero lo atribuyó más a la preocupación por la situación política que a otra cosa.
Una tarde, Elías logró contactar con Lucien Moreau, un enlace de la Resistencia.
La cita era en la parte trasera de una relojería abandonada de Loches, una pequeña ciudad fortificada a orillas del Indre, al sur de la línea de demarcación.
Elías llegó solo, con los planos de la finca escondidos bajo el forro de su abrigo.
Iba en busca de ayuda: documentación falsa, rutas seguras, instrucciones para huir llegado el momento.
No quería más. No buscaba unirse a nadie. Solo salvar a los suyos.
Pero el destino, o quizá la historia, tenía otros planes.
Lucien Moreau no era como lo había imaginado. Tenía las manos manchadas de grasa, la voz firme y la mirada intacta. Lo recibió con una mezcla de desconfianza y respeto, como quien evalúa a un hombre que aún no sabe que ya ha cruzado la línea.
—¿Tienes escondite? —preguntó Lucien.
—En la bodega. Es un espacio pequeño. Seguro. —Elías intentaba transmitir confianza—. Pero ¿quién responde si todo esto cae?
—El grupo de Loches —replicó Lucien—. Somos un nudo del ORA; cuando llegue el momento, recibiremos armas en la Forêt de Loches y evacuaremos por el Cher.
Elías no respondió. Pero entonces un movimiento al fondo del local lo sacó de su mutismo. Una mujer emergía de la penumbra, con el rostro semicubierto por una bufanda. Era Clare.
—¿Clare…? ¿Qué haces aquí?
Clare no se inmutó.
—Pensé que ya lo sabías.
Y tras ella, otra figura conocida: Isabelle Marceau, con su porte altivo y su silencio elegante. Elías retrocedió un paso. Su mundo se desvanecía.
Lucien intervino.
—Ya eres parte de esto, Elías. La pregunta es si vas a fingir que no lo sabías… o si vas a mirar de frente.
Hubo un instante de tensión. Después, Elías sacó los planos de su abrigo y los desplegó sobre la mesa.
—El muro está aquí —señaló—. Doble hoja de piedra caliza. Nadie lo notará —dijo—. Pero si vais a usarlo para otros… entonces necesito una condición.
—¿Cuál?
—Que los primeros en cruzarlo, si todo sale mal… sean mi mujer e hijas.
Lucien asintió. No con frialdad, sino con una especie de respeto contenido. Clare le tomó la mano al pasar junto a él.
—Gracias —le susurró—. Por ti y por ellos.
Desde esa tarde, ya no hubo vuelta atrás. La cámara secreta comenzó a albergar a personas perseguidas. Hombres, mujeres y niños esperaban allí su salvación mientras organizaban su huida. Decenas de vidas fueron salvadas gracias a ese refugio clandestino.
Aquel 13 de septiembre, después de ayudar a una pareja a cruzar la frontera, Clare e Isabelle regresaron a la bodega agotadas. Aún jadeaban por la tensión, pero en sus ojos brillaba la emoción. Se sabían cómplices, aliadas, amantes.
—¿Y si todo acaba mañana? —susurró Clare, con la voz temblorosa.
Isabelle se arrodilló frente al muro recién sellado. Con la punta de una vieja horquilla, empezó a grabar sobre la piedra caliza:
C & I 13-9-1941
—Siempre estaré contigo —dijo, sin apartar la mirada.
—Para siempre —respondió Clare antes de besarla.
En aquel instante, el mundo exterior dejó de existir. No hubo guerra ni miedo. Solo quedaban ellas dos, sus manos enlazadas y un susurro de eternidad grabado en la piedra.
La voz de Juliette devolvió a Élodie al presente.
— «C & I… 13 de septiembre de 1941» —leyó Juliette en voz baja—. ¿Quién crees que…?
Élodie no respondió. Pero algo dentro de su pecho se removió. Como si un recuerdo ajeno, heredado por la sangre y los silencios, acabara de despertar.
Se levantó del suelo y se acercó tanto a la pared que pareció fundirse con ella.
Un estruendo silencioso estalló en su interior.
Se trataba de un sentimiento desgarrador, un dolor que la consumía por dentro.
No vio, pero sintió el horror de muchas voces, el eco de pasos apresurados, el grito seco de alguien que suplicaba.
Una angustia antigua, sofocante, le atravesó el pecho.
Retrocedió un paso, tambaleante, y cayó al suelo.
Su cuerpo tembló una vez. Luego se quedó quieta.
Los trabajadores de la bodega acudieron de inmediato al oír los gritos desesperados de Juliette.
Élodie despertó envuelta en la calidez y el silencio de su habitación.
El olor a lavanda de las sábanas ejercía en ella un sentimiento de bienestar, pero aún resonaba la angustia y el horror que había experimentado en la bodega.
Parpadeó. Su cuerpo estaba pesado, como si la memoria de otro tiempo aún habitara en su piel.
A su lado, Juliette dormía sentada en una silla con la cabeza inclinada hacia ella. Sus dedos aún sujetaban la mano de Élodie. No se había movido desde la hora del incidente.
En la penumbra de la habitación, junto a la ventana, Margueritte estaba sentada en una butaca. Sostenía el violonchelo entre sus brazos, acariciando el mástil como si fuera una criatura dormida. Élodie no podía ver su rostro con claridad, pero distinguía la serenidad en sus gestos.
—Has vuelto —susurró la anciana, sin mirarla—. ¿La has sentido? Isabelle nunca se fue a ningún lugar. Aún permanece entre estos muros, ¿verdad? —La voz de la anciana se quebró por el miedo y la angustia.
Élodie asintió con debilidad. No sabía qué había sido ese lugar, pero sí sabía una cosa: no fue solo piedra lo que tocó, sino memoria viva.
Margueritte alzó la vista por un instante. Sus ojos revelaban una profunda tristeza.
—Es allí donde todo empezó… y donde todo acabará —dijo en voz baja—. Es ahora donde toca desenterrar los fantasmas del pasado y solo tú puedes hacerlo.
Élodie cerró los ojos. Aún sentía las voces. Aún sentía a Isabelle.
Ya había oscurecido cuando Élodie entró en el salón. Apenas media hora antes, Juliette se había despedido de ella con la promesa de que regresaría a la mañana siguiente.
Todos, incluidas Margueritte y Geneviève, se encontraban allí.
Cuando Víctor vio a su hija, se acercó y la abrazó con expresión preocupada.
—¿Estás bien? No deberías haber bajado, Aurore podría haberte subido la cena.
—Estoy bien, papá. Solo ha sido un mareo —mintió.
En una esquina del sofá, Margot contemplaba la escena. Aunque también estaba preocupada, su actitud era muy distinta a la de su marido.
Esa misma tarde habían vuelto a discutir con Margueritte, y aún resonaban sus palabras en su cabeza. La anciana desvariaba: ¿cómo era posible que dijera que en la bodega se había cometido un asesinato y que, además, su hija tenía todas las respuestas?
Élodie tomó asiento y decidió hacer partícipes a sus padres del hallazgo. Les contó todo lo que había descubierto: el diario de Isabelle, los planos de la bodega, la carta del gobierno de Vichy y la implicación de Víctor Marceau en la muerte de Isabelle.
—Ese muro esconde un secreto que Víctor, mi bisabuelo, intentó esconder al mundo. —Era un tema que aún le costaba asumir—. Debemos echar la pared abajo…
Élodie no pudo terminar la frase. Su madre la interrumpió.
—No digas tonterías. ¿Cómo vamos a hacer algo así? Sería un escándalo.
Aunque la voz de Margot parecía firme, un malestar profundo le recorría el cuerpo, como un presentimiento.
Víctor intentó mediar.
—Ya hablaremos de ello. Ahora, Élodie, debes descansar. Mañana te llevaré a la consulta de Lefèvre para que te haga una revisión.
El doctor Henri Lefèvre, hijo del fallecido Armand Lefèvre, era el padre de Juliette y gran amigo de la familia Marceau. Antes que él, su padre había sido médico de la familia durante décadas.
Élodie se revolvió, inquieta. Quería que la escucharan, pero se encontraba demasiado superada para seguir hablando.
Margot y Víctor intentaron, por todos los medios, silenciar la voz de su hija. Eso que ella contaba les parecía absurdo. No podían permitir que esa historia saliera de la bodega, y más con las dificultades económicas que estaban viviendo.
Entonces, la voz serena de Margueritte se hizo oír.
—Mi nieta tiene razón. Ese secreto lleva demasiado tiempo escondido en nuestra familia y ha llegado el momento de que vea la luz.
—¿Qué dice, madre? Eso no es posible, las cosas ya están bien como están.
Víctor se levantó y empezó a moverse por el salón con la espalda rígida y las manos en los bolsillos. Su voz, aunque contenida, mostraba un ligero temblor.
—Mi abuelo, ¡un colaboracionista nazi! ¿Sabe qué repercusiones supondría para nuestro negocio?
—No —respondió tajante la anciana—. Mañana echaremos el muro abajo y los fantasmas saldrán a la luz.
La voz de Margueritte resonó en todos los rincones del salón, llegando incluso hasta la cocina, donde Aurore aguardaba expectante.
Cuando Margot estaba a punto de intervenir, Margueritte dio su estocada final.
—Tú —dijo, señalando a su hijo— ya has hecho suficiente daño a la familia. Ahora me toca a mí cambiar el rumbo de las cosas.
En ese momento, nadie sabía la verdad oculta tras sus palabras.