Capítulo XVII
Lo esencial es invisible a los ojos.
Antoine de Saint-Exupéry
La habitación del silencio
M argot estaba sentada a la mesa de su despacho.
Frente a ella, un amplio ventanal ofrecía la visión de los campos cubiertos de parras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
En esta época del año, el color de las hojas mutaba hacia tonos más dorados y cobrizos, y las uvas se tornaban del verde a un amarillo dorado translúcido, su color definitivo.
Todo anunciaba la inminente vendimia, pero a Margot la belleza del paisaje no le traía sosiego.
Su gesto era sombrío. Su mirada, perdida en un punto indescifrable.
El timbre del teléfono la arrancó de sus pensamientos.
—Al habla Margot Marceau —respondió.
Escuchó en silencio. Apenas cruzó unas frases antes de colgar, con el rostro aún más rígido que al principio. El peso de aquellas palabras no hacía falta repetirlo: lo llevaba grabado en el estómago desde hacía meses.
Los Marceau estaban al borde del precipicio.
A pesar de los elogios de la última cosecha, las exportaciones no terminaban de consolidarse y el banco ya había puesto fecha a la ejecución.
El vino seguía siendo excelente y la incorporación de Anne Duvaux había llevado la bodega a un nivel casi artesanal, pero ni la calidad ni el prestigio alcanzaban para cubrir las deudas.
Cada cifra en rojo era un recordatorio cruel de que lo que parecía una expansión sólida se había convertido en un riesgo insoportable.
La situación era crítica. Estaban a punto de perder la empresa. Los acreedores presionaban y la amenaza de embargo se cernía sobre ellos. Nadie en la familia conocía la magnitud del desastre. Las malas inversiones de Víctor eran el origen de todo.
Margot y Víctor llevaban años sin compartir nada que no fuera la bodega.
El tiempo los había convertido en socios silenciosos, extraños que fingían normalidad ante el mundo.
Ella se negaba a admitirlo en voz alta, pero sabía que Víctor llevaba una doble vida.
Sus viajes eran excusas, huidas enmascaradas.
Había encontrado consuelo en una mujer mucho más joven en un intento patético de recuperar una juventud perdida.
Fue por ella, por impresionar a alguien que podría ser su hija, que empezó a tomar decisiones impulsivas, arriesgadas y temerarias.
El miedo y la vergüenza habían hecho el resto.
Cuando la ayuda fue negada, buscaron otra salida. Una que no debía haberse abierto jamás. Y entonces llegó el silencio: el de las decisiones que no se toman a la luz del día.
Margot le odiaba por ello. A él… y, por extensión, a su suegra.
Margueritte se había negado a liberar los fondos del fideicomiso. Margot quiso creer que era porque no conocía toda la verdad.
Todo lo construido durante generaciones pendía de algo frágil e invisible, a punto de quebrarse.
Cerca del mediodía, Élodie y Juliette llegaron a la bodega.
—Espérame aquí. Voy a saludar a mamá —dijo Élodie.
Mientras Élodie subía las escaleras hacia las oficinas, Juliette se quedó en la entrada.
La modernidad del vestíbulo, con sus líneas limpias y funcionales, contrastaba con la antigüedad imponente del interior de la bodega.
Desde allí nacía un pasadizo de piedra cuyas paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas que narraban la historia de la Mansión Marceau.
Juliette caminó por el corredor, deteniéndose unos segundos en cada fotografía.
Las imágenes, en blanco y negro, mostraban las fases de reconstrucción de la bodega: obreros encaramados en andamios de madera, carretillas repletas de piedra, vigas siendo colocadas a mano.
En muchas de ellas aparecían Víctor Marceau y un joven Lemoine supervisando las obras con expresión concentrada, rodeados de hombres de rostros curtidos por el esfuerzo.
A medida que avanzaba, las fotografías ganaban en nitidez y definición, testigos de que el tiempo también se reflejaba en la calidad de las imágenes.
Entonces, Juliette se detuvo en una de ellas.
La placa decía: 1974. Ampliación de las galerías subterráneas .
En la foto se veía a Lemoine, de pie, flanqueado por obreros.
Detrás de él, una pared de piedra, diferente al resto, parecía recién revestida.
Justo frente a ella, en primer plano, una pila de barricas había sido desplazada.
El rostro de Lemoine ya no era el del joven de las primeras fotos y su postura era extraña.
Firme, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y la mirada fija en ese tramo del muro.
Era una imagen que, a simple vista, podría parecer intrascendente, pero Juliette no pudo evitar sentir que aquel gesto encerraba algo más.
Élodie se detuvo antes de llamar a la puerta. La secretaria le había dicho que su padre no estaba, pero que encontraría a Margot en su despacho.
—Adelante. —Élodie oyó la voz de su madre, autoritaria, como de costumbre.
Margot seguía en idéntica posición. Los pensamientos la consumían y sentía que le faltaba el aire, hasta que el ruido de la puerta la trajo de nuevo al presente.
Élodie se asomó por la puerta y observó el semblante de preocupación en el rostro de su madre.
—Hola, mamá. ¿Ocurre algo?
Margot negó con la cabeza y cambió enseguida de tema.
—Qué raro se me hace verte por aquí, Élodie. —El comentario de su madre le pareció un reproche implícito, como era su costumbre.
—He venido con Juliette. Tenía curiosidad por visitar la bodega.
—Está bien. ¿Quieres que os acompañe?
—No será necesario, mamá —dijo Élodie mientras se daba media vuelta y se dirigía de nuevo a la salida.
Margot se quedó sentada, atrapada en un silencio que no sabía romper.
De nuevo juntas, Élodie y Juliette comenzaron a seguir el pasadizo, guiadas por el viejo plano.
El corredor, excavado en piedra, descendía con suavidad y se bifurcaba en varios ramales; cada uno conducía a diferentes zonas de la bodega: depósitos de acero, galerías de crianza y antiguos túneles donde las botellas descansaban según su añada.
Caminaron en silencio, rodeadas por la penumbra y el eco húmedo del subsuelo.
Finalmente llegaron a una sala amplia donde el túnel se ensanchaba.
Allí, docenas de barricas de roble francés reposaban en hileras perfectamente alineadas.
Era la sala de crianza en barrica, donde el vino envejecía antes de ser embotellado.
Las paredes, gruesas y cubiertas de piedra natural, conservaban la temperatura constante y el grado de humedad ideal.
El suelo, de tierra compactada, no estaba del todo pavimentado.
Aún conservaba la forma original que Lemoine había reforzado años atrás para proteger la estructura sin alterar su esencia.
El aire olía a vino añejo, a madera húmeda, a tierra y a piedra. Un aroma denso, pero no desagradable. Era el olor del tiempo contenido. Del techo colgaban pequeños fluorescentes LED que iluminaban la sala con una luz tenue y suave, sin agredir ni perturbar el reposo del vino.
Élodie avanzó con cautela entre las hileras de barricas con el viejo plano desplegado entre sus manos. Juliette caminaba tras ella, observando con atención las paredes, los ángulos, las proporciones. Todo parecía coincidir… hasta que llegaron al final de la sala.
—Aquí debería haber algo más —murmuró Juliette, extrañada—. La estructura está desequilibrada. Mira el arco superior y la inclinación del muro. Esta pared… no es original.
A Juliette le vino a la mente la foto del vestíbulo. Ese lugar era idéntico al que aparecía en la imagen.
Élodie se acercó a la estructura y la observó con detenimiento.
Su amiga tenía razón. El arco parecía prolongarse por detrás, dejando un espacio oculto entre paredes.
Sin embargo, no dijo nada. Se acercó lentamente, como si un hilo invisible la arrastrara.
Posó su mano sobre la fría piedra y se sorprendió.
«Parece estar viva». Solo de pensarlo, un escalofrío le recorrió la columna vertebral.
Juliette contemplaba la reacción de su amiga intrigada.
A sus ojos parecía ausente, como si hubiera entrado en una especie de trance.
La joven no se atrevió a intervenir y observó expectante mientras veía a Élodie arrodillarse y empezar a rasgar el suelo con sus dedos.
Tras unos segundos arañando la tierra, unas siglas se revelaron ante sus ojos:
C & I 13-9-1941
Este lugar, el grabado… Recordó haberlo visto en su viaje a través del espejo. Sin saber por qué, la piedra pareció respirar mientras una ráfaga de viento atravesaba la estancia. Por un instante fue como si el pasado susurrara a través de los muros.
La piedra conservó el aliento durante un instante. Luego, el tiempo cedió.
Septiembre de 1941
La situación en Francia era cada vez más asfixiante. Las noticias que llegaban del exterior eran alarmantes. La ocupación nazi avanzaba, los judíos eran perseguidos con brutalidad, y el miedo se infiltraba en los hogares como el polvo en las rendijas.
La Mansión Marceau parecía mantenerse al margen del horror, pero, solo en apariencia, en silencio latía con su propia resistencia.
Elías Benhaïm, el capataz de la finca, llevaba meses sin dormir tranquilo.
Su familia vivía en aquellas tierras desde hacía más de un siglo y, aunque su apellido revelaba con claridad sus raíces judías, durante décadas no había sido más que un nombre entre vecinos.
Pero ahora, en tiempos oscuros, los nombres empezaban a pesar como sentencias.