Capítulo XVI
Ninguna culpa es tan pesada como la que se lleva en silencio.
Stefan Zweig
Los hilos del pasado
É lodie y Aurore se quedaron en silencio. Ambas compartían un objetivo común: saber qué le había pasado a Isabelle.
Después de recuperar el diario, Élodie se sintió, en parte, aliviada. Decidió confiar en la mujer que la había arropado durante su infancia, la que la había cuidado cuando su propia madre no estaba y a la que siempre había querido como a una madre.
Con un gesto firme, sacó la carta que había mantenido oculta y se la entregó.
Sentía que tenía derecho a conocer la verdad, por más dolorosa que fuera. Los Marceau no habían sido simples testigos del destino de Clare. Habían sido responsables.
Aurore leyó la carta con la mandíbula apretada. Su expresión pasó de la sorpresa a la incredulidad, y luego a la ira. Pero no era solo eso: impotencia, tristeza, un torrente de emociones contenidas se apoderó de ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras luchaba por asimilar cada palabra.
Permanecieron varios minutos en silencio. Aurore respiró hondo y miró a la muchacha a los ojos. Élodie desvió la mirada por vergüenza; sentía el peso de la culpa en su sangre, como si ella misma llevara la carga de la traición.
—Mi niña, tú no tienes la culpa de nada —dijo Aurore al fin, con esa ternura con la que siempre la había protegido—. El responsable fue él. Nosotras, simplemente, somos víctimas. Unas víctimas más.
Aurore acalló la voz con la mirada baja. Resignación. El dolor podía respirarse en cada palabra.
—Pero si no hubiese sido… —Élodie no pudo terminar la frase.
— No podemos cambiar lo que hizo. —Cortó Aurore, firme—. Pero sí mirarlo de frente. Y esa será nuestra forma de justicia.
Élodie asintió sin decir nada más.
—No dejaremos de buscar. —La determinación vibraba en la voz de Élodie.
—Lo haremos juntas —afirmó Aurore.
Sin necesidad de más palabras, ambas comenzaron a rebuscar entre los objetos que habían pertenecido a Lemoine, y antes a Víctor. Sabían que, entre los viejos papeles y documentos, podían encontrar la verdad.
Pasaron horas hojeando libros de cuentas, revisando cartas y abriendo cajones, hasta que dieron con una carpeta amarillenta y polvorienta.
En su interior, entre facturas marchitas y hojas técnicas, encontraron unos planos antiguos acompañados por un proyecto detallado, firmado por Bernard Lemoine.
Se trataba de las obras de modernización emprendidas tras la guerra, fechadas en 1948.
El documento recogía paso a paso la remodelación estructural de la bodega, adaptándola a las necesidades del momento.
Pero fue otro pliego, más reciente, lo que atrajo la atención de Élodie: un segundo proyecto, fechado en 1974, también firmado por Lemoine.
En él se describía una ampliación de las instalaciones y la mejora de la capacidad productiva, justo en los años en que la bodega había comenzado su salto al mercado internacional.
Era muy tarde, y tanto Élodie como Aurore estaban demasiado cansadas para continuar. Conscientes de que aún quedaban muchas incógnitas por resolver, Élodie se retiró a su habitación con el diario y la carpeta bajo el brazo. Aurore también decidió que era el momento de marcharse.
De camino a casa, Aurore iba pensando en lo sucedido.
En su cabeza aún resonaban las infames letras de la carta, esa que le revelaba una verdad que, aunque sospechaba, hubiera querido que no fuera cierta.
Deseaba abrazar a su madre, esa mujer que le había dado la vida y a quien el alzhéimer le estaba arrebatando todos sus recuerdos.
Después de despedirse de Aurore, Élodie se dirigió a su cuarto. Cuando entró, un deseo irrefrenable se apoderó de ella. Desde que encontró la partitura, no había tenido tiempo de volver a interpretar aquellas notas que, de algún modo, sentía que venían del pasado.
Abrió el cajón de la mesilla y, cuidadosamente, desdobló la lámina. El papel era fino, frágil, y en él se dibujaban con precisión los compases de una melodía que casi podía oír solo con mirarla.
Isabelle la había compuesto en su juventud, de eso no le cabía duda. Y ahora, tantos años después, era Élodie quien le daba vida.
Tomó su violonchelo, lo colocó con delicadeza entre sus brazos y dejó que el arco flotara sobre las cuerdas. La habitación se llenó de una música suave, nostálgica, que parecía envolver cada rincón como una caricia.
Pero la melodía tenía algo distinto: no solo sonaba, evocaba.
A medida que las notas fluían, lo hacían también imágenes fragmentadas, visiones difusas como cuadros desvaídos por el tiempo.
Eran como fragmentos de otra vida. No eran recuerdos suyos y, sin embargo, algo en ellas le resultaba dolorosamente familiar.
Élodie cerró los ojos y siguió tocando. Cada nota la adentraba más en esa especie de trance: una línea sutil entre la música y la memoria, entre lo que fue y lo que aún no comprendía.
La melodía era exquisita. Dotada de una sensibilidad y maestría propias de una artista con amplia trayectoria.
Élodie no pudo evitar admirar a aquella mujer, desaparecida en las brumas del pasado.
Era como si, a través de aquella melodía, su voz aún buscara ser escuchada.
A medida que tocaba, su mente se llenaba de destellos, visiones que se sucedían rápidamente.
Momentos unos dulces y brillantes, otros trágicos y siniestros.
Fragmentos de memorias desconocidas, pequeñas pinceladas de una historia pasada.
Entonces, la oscuridad lo invadió todo a su alrededor, salvo por un haz de luz que se filtraba por una rendija, iluminando un rincón lejano.
De repente, una punzada de dolor atravesó su cuero cabelludo.
Élodie posó la mano sobre su cabeza y notó un líquido viscoso y pegajoso.
Al acercar la mano a su rostro, vio que estaba teñida de sangre.
El corazón le dio un vuelco. Miró a su alrededor, desorientada, y vio una pequeña mesa en una esquina.
Se sentía mal, tenía náuseas y el sabor amargo del miedo en su boca.
El pánico la envolvió y gritó con todas sus fuerzas.
—¡Socorro!
Élodie se agitó en la cama. Su cuerpo temblaba, empapado en sudor frío.
Abrió los ojos de golpe, con la respiración acelerada, y miró a su alrededor.
Sabía que había soñado algo terrible, pero los detalles se escapaban como arena entre los dedos.
Le ocurría siempre. Sin embargo, esta vez había algo que persistía, una imagen que se mantenía grabada: el cuerpo de Isabelle tendido en el suelo.
Se obligó a recordar. Las piezas estaban allí: Aurore, la carta, el diario y la partitura Clare, mi luna .
Se incorporó de la cama con un impulso repentino y buscó la partitura.
Había desaparecido, pero en su lugar encontró abierta la carpeta con los planos.
Y en el suelo, extendido como una orden, uno de ellos señalaba un punto exacto en la bodega.
El sonido del teléfono la sobresaltó. Buscó el iPhone en la mesita y respondió cansinamente.
— Allô! —Su voz sonaba aún entrecortada.
—¿Aún estás en la cama, perezosa? —La voz de Juliette la devolvió de golpe a la realidad.
Su amiga había regresado la tarde anterior de París. Tras sus exámenes, había decidido reunirse con ella.
—¿No me esperabas? ¿De verdad creíste que te dejaría sola después de lo que me contaste? —insistió Juliette.
Élodie seguía en silencio.
—Prepárate, en una hora estoy allí —ordenó su amiga antes de colgar sin darle tiempo a responder.
Una hora después, Juliette irrumpió en la habitación de Élodie como un torbellino.
La joven llevaba días encerrada, estudiando sin descanso para aprobar los parciales que tanto se le habían resistido.
La farmacocinética la traía de cabeza, pero, tras el examen, se sentía aliviada.
Ahora disponía de un par de semanas para desconectar antes de volver al trajín de las clases, a las noches sin dormir y a los miles de proyectos que su alma inquieta abrazaba para intentar calmar la energía que siempre la desbordaba.
Élodie alzó la vista. En sus ojos brillaba una tristeza que no pasó desapercibida para su amiga.
Ambas se sentaron a los pies de la cama, y Élodie comenzó a relatarle lo ocurrido desde la última vez que hablaron.
Se lo contó todo, sin tapujos ni medias verdades.
Juliette la escuchó en silencio, sin cuestionar ni interrumpirla una sola vez.
—¿Qué quiere mostrarnos? —preguntó Juliette, señalando ese punto concreto en el plano.
Élodie se encogió de hombros. Desconocía esa parte de la bodega, aunque, en el fondo, sospechaba de qué se trataba.
La joven pocas veces ponía los pies allí y, cuando lo hacía, visitaba a sus padres en el despacho sin abandonar las oficinas.
Nunca le había interesado la bodega lo más mínimo.
Salvo de pequeña, cuando recorría las viejas galerías como en un juego.
«¡Cuánto tiempo ha pasado!», pensó con tristeza.
—Pues vayamos y averigüémoslo. —La voz resuelta de Juliette la devolvió al presente.
—Está bien —susurró Élodie mientras se vestía—. Si el pasado sigue llamando desde el fondo de la tierra, iremos a escucharlo.