Capítulo XVIII
El precio de desenterrar la verdad es que puede doler más que la mentira que la ocultaba.
Anónimo
El eco bajo la piedra
Cuando el mazo golpeó la pared, el sonido retumbó en toda la bodega como un crujido primitivo. Cada golpe abría una grieta en la piedra. Cada fragmento desprendido vencía una capa de silencio acumulado durante décadas.
Margueritte observaba desde la distancia cómo trabajaban los hombres.
No dijo nada. Solo sostenía entre sus manos el proyecto de su marido, con el plano desplegado justo en el lugar donde se encontraban.
En ese instante, una certeza se adueñó de ella: «Es imposible que Bernard hubiera ignorado una anomalía como esta en la estructura».
Las paredes de piedra eran antiguas, quizá anteriores incluso a la primera gran reconstrucción.
Parecían intactas, nunca profanadas. «Bernard debió saber de la existencia de ese espacio…
y, sin embargo, calló. ¿Por qué motivo me lo ocultó?
», se lamentó Margueritte. Por desgracia, se había llevado ese secreto a la tumba.
A su lado, Élodie sostenía la partitura entre los dedos.
Se aferraba a ella como a un vínculo con Isabelle, mientras el peso de la verdad comenzaba a imponerse.
El polvo flotaba en el aire, formando una neblina ligera que cubría sus hombros.
Sabía que lo que yacía tras ese muro no era solo un secreto.
Era una herida abierta. Un eco sepultado.
Juliette también estaba allí. A su lado.
Margot y Víctor observaban en silencio desde el otro extremo de la sala. A ambos les preocupaba lo que ese hallazgo pudiera significar para el futuro de la bodega, y más con los acreedores pisándoles los talones. Un escándalo, por mínimo que fuera, podría hundirlo todo.
Pero en el rostro de Víctor se adivinaba algo más que tensión.
Había incertidumbre. Desde que Élodie comenzó a indagar, un miedo persistente se le había instalado bajo la piel: el temor a lo que su hija pudiera descubrir y a las consecuencias que aquello tendría, no solo para la bodega, sino para su propia vida.
El último golpe dejó al descubierto una cámara estrecha de piedra viva.
El aire que brotó del interior era denso, viciado, como si arrastrara el olor del tiempo detenido.
Élodie fue la primera en reaccionar. Encendió la linterna y recorrió lentamente con el haz de luz el suelo cubierto de polvo, fragmentos de tela, restos de historia... hasta detenerse en un rincón.
Allí, entre jirones de una manta y restos de tela antigua, yacían unos huesos abrazados a un objeto: un cuaderno de tapas granates. Una vela apagada, derretida hasta la base, parecía haber sido la única compañía en aquel encierro final.
Élodie se acercó, como guiada por algo invisible.
Cuando tomó el cuaderno, una extraña certeza la recorrió: «¿Cómo es posible?
». Lo conocía. Lo había tenido entre sus manos antes.
Era el diario de Isabelle. El mismo… y, sin embargo, distinto.
Las páginas interiores estaban escritas con la misma caligrafía, pero ahora contenían algo más.
Algo que no había estado allí la última vez.
En las últimas hojas, escritas con una letra temblorosa a la luz agonizante de la vela, había unas palabras dirigidas a Clare…
16 de julio de 1942
—¡Detente, Isabelle!
El grito de Víctor sonó como un alarido en la oscuridad. Pero Isabelle no se detuvo. Corría como alma que lleva el diablo. Quería huir de allí, escapar, pero antes debía encontrar a Clare. Las lágrimas le nublaban la vista y se guiaba únicamente por la luna, cuya luz parecía brillar más que nunca.
Sabía adónde se dirigía; le urgía tanto llegar que por el camino lanzó todas sus pertenencias al suelo para correr más deprisa, salvo su bolsa de mano que llevaba cruzada a la cintura.
Las lluvias de la víspera habían convertido el camino en un barrizal y, a cada zancada, el dobladillo empapado de su falda se le enredaba en los tobillos dificultándole el paso.
Su padre iba tras ella ganándole terreno.
Después de un cuarto de hora corriendo, divisó la bodega. Cuando llegó, la puerta estaba abierta y en el suelo se distinguían pisadas y rodadas de vehículos. Isabelle se temió lo peor y, entre sollozos, empezó a gritar un nombre: «¡Clare!».
Jadeando, Isabelle recorrió el pasadizo hasta alcanzar la entrada del refugio.
Sus sospechas se hicieron realidad. La puerta estaba abierta y, en el suelo, un charco de sangre la alertaba de que había ocurrido algo muy siniestro.
Entró en la cámara sin apenas sostenerse en pie.
Una vez dentro, sus rodillas cedieron y cayó al suelo con la cabeza sobre los muslos, sollozando como un animal herido.
Unos minutos después, su padre logró alcanzarla. El espectáculo que vio Víctor era dantesco. Isabelle yacía descompuesta sobre un charco de sangre. La pequeña estancia estaba deshecha. Bidones de vino cubrían el suelo de la entrada, esparciendo su contenido que se mezclaba con la oscura sangre.
Víctor desconocía ese lugar y se maldijo a sí mismo por haber sido tan necio. Se sentía engañado por todos, pero, sobre todo, le enfurecía la traición de Isabelle.
El hombre entró en el pequeño cuarto, se acercó a su hija e intentó levantarla del suelo. Isabelle se resistió.
—¡Suéltame! —gritó—. Eres un monstruo.
Sus palabras destilaban una rabia irracional que parecía brotar de lo más hondo de su alma.
Víctor las ignoró, cogió a su hija por los hombros y la levantó.
Isabelle le miró con desprecio y le escupió, al mismo tiempo que gritaba, arañaba, daba patadas y le golpeaba con todas sus fuerzas.
Él solo intentaba sujetarla, pero ella se revolvía con una intensidad sorprendente para un cuerpo tan frágil.
—Quieres estar quieta —masculló—. Te harás daño.
Pero Isabelle era incapaz de escucharle. El odio la impulsaba y también el miedo. Al final, la flaqueza sustituyó a la furia y, agotada, se rindió en los brazos de su padre.
Él bajó la intensidad del agarre y miró su rostro cubierto de tierra, lágrimas y rabia.
Y entonces ocurrió. Un deseo oscuro, enterrado durante años, se abrió paso como una grieta en la piedra.
No fue consciente de su propia deriva; solo sintió cómo algo lo arrastraba hacia el abismo.
La abrazó con fuerza, la atrajo hacia sí.
Su respiración se agitó y la besó con urgencia en los labios.
Isabelle no reaccionó al principio. Estaba exhausta, desconectada del mundo. Solo cuando sintió su aliento en la piel y el contacto que nunca debió ocurrir, comprendió.
El horror fue inmediato. Trató de apartarse, pero su padre la sujetaba con una firmeza febril. Él parecía ajeno a todo, poseído por algo que no entendía. No hubo palabras. Solo vergüenza, ira y un dolor que no tenía nombre.
Isabelle creyó morir. Nada le importaba. Estaba sola en el mundo e incluso su padre la había traicionado.
Cuando al fin pudo soltarse, temblaba. Estaba rota. Víctor se separó de ella. Notaba el abandono físico de su hija y, entonces, reparó en su cara de desprecio.
—Tú ya no eres mi padre, eres un loco enfermo —masculló Isabelle.
—No digas eso… —suplicó—. Sabes que te quiero. Nunca te haría ningún daño.
Víctor intentó acercarse de nuevo, pero Isabelle lo rechazó con todo su cuerpo.
—Amo a Clare —dijo al final.
Los ojos de Víctor brillaron, estupefactos ante la revelación.
—¡Sí! —gritó ella, fijando la mirada en Víctor—. La amo más que a nada en este mundo. No te perdonaré. Nunca.
Su cuerpo temblaba y las palabras se le atoraban en la garganta, rasposas: «Te odio, te odio…».
Víctor retrocedió. La sangre le bullía de rabia. Todo su cuerpo estaba tenso y, durante un breve instante, su mirada se perdió en la oscuridad.
Un estallido. El puño voló y alcanzó el rostro de Isabelle. Ella se tambaleó y cayó; el sonido seco de su cabeza contra la piedra quedó flotando en el aire. El dolor desapareció. La oscuridad nubló sus ojos.
En cuanto la vio caer, algo se quebró en Víctor. Se lanzó hacia ella, cayó de rodillas y la abrazó con desesperación. Sollozaba sin control, como un niño perdido, mientras la zarandeaba y la llamaba por su nombre una y otra vez.
—¡Isabelle, Isabelle! Por favor, despierta —suplicó—. ¡¡Isabelle!! —gritó.
Salvo la luna, nadie escuchó sus gritos. Estos se perdieron en la profundidad de la bodega. La sangre, aún caliente, que manaba de su cabeza, tiñó sus manos de rojo; un rojo espeso que se extendió por el suelo de la cámara.
Víctor permaneció allí largo rato, abrazando aquel cuerpo inmóvil. Los pensamientos se le atropellaban y era incapaz de pensar con claridad. Hasta que una certeza se impuso, brutal e irreversible: Isabelle estaba muerta.
Temblando, con el horror aún impreso en el cuerpo, dejó a Isabelle en el suelo. Antes de marcharse, volvió la vista atrás. Aquella imagen lo acompañaría el resto de su vida.
Cerró la puerta de la cámara y la bloqueó con unas tablas que encontró en la bodega. Al amanecer regresaría para sellarla definitivamente. Antes de volver a la mansión, recolocó los bidones que ocultaban la entrada.
Esa noche no solo murió Isabelle. Una parte de Víctor murió con ella. Había sobrevivido un monstruo.
Isabelle abrió los ojos sin comprender dónde estaba.
El aire era irrespirable. La oscuridad, absoluta.
Un dolor feroz le atravesaba la cabeza. Se incorporó a duras penas y, de rodillas, tanteó el pequeño habitáculo hasta dar con la mesa.
Se apoyó en ella para levantarse. Conocía cada palmo de aquel lugar; ella y Clare habían pasado allí muchas horas juntas.
Se arrastró hasta la silla apoyada contra la pared y se dejó caer en ella. El aire era denso, viciado. Sobre la mesa recordaba haber dejado una vela y una caja de cerillas. Con dedos temblorosos logró encenderla al tercer intento. La llama proyectó un halo amarillento que apenas vencía la negrura.
Cuando recuperó algo de aliento, se acercó a la puerta y comenzó a golpearla con todas sus fuerzas. Gritó pidiendo auxilio. Nada cedió.
Exhausta, volvió a sentarse y se abandonó a lo inevitable. Al cabo de un rato, Isabelle sacó de la bolsa el diario que siempre la acompañaba. Lo abrió hacia el final de las páginas y empezó a escribir.
Clare, mi luna:
No sé cuánto tiempo ha pasado. No sé si volverás a por mí. Si alguien encuentra estas palabras, sabrá que no escapé. No me fui.
Mi padre me ha traicionado de un modo que no sé nombrar. Debió protegernos y no lo hizo. Ahora temo por ti. Por lo que hayan podido hacerte. Si estas líneas llegan a tus manos, ojalá seas libre.
Aquí el aire se agota. La vela se consume y, con ella, lo que queda de mí. Pero mientras pueda escribir, quiero que lo sepas: tu recuerdo me mantiene viva. Aún escucho tu risa. Me aferro a ella en cada nota de la melodía que te compuse.
Te amaré hasta el final.
Isabelle.
Debajo, casi como un murmullo entre líneas, añadió unas palabras más:
Siempre fuiste mi luna, Clare. Lejana, silenciosa, hermosa. Como Debussy, escondí tu nombre en la música. Para que nadie más pudiera leerlo... salvo tú.
Élodie sintió un temblor recorrerle el cuerpo. Las palabras flotaban entre las paredes como un eco suspendido en el tiempo.
Margueritte se arrodilló junto a los restos. Cerró los ojos y murmuró una oración.
—Por fin sé lo que te pasó —susurró—. Han tenido que pasar todos estos años.
La anciana se consumía en una sola pregunta, una que llevaba décadas evitando: «¿Cómo pude no verlo aquella noche?».