Capítulo XIII
El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados.
Jean Paul Richter
L os recuerdos del pasado aprisionaban su mente hasta tal punto que la angustia la sobrepasaba y le robaba el descanso. Anhelaba con toda su alma que la luz de sus días se extinguiera y hallar, por fin, descanso en el olvido. Había permanecido demasiado tiempo en este aciago mundo.
La anciana contemplaba con la mirada perdida un horizonte inexistente, un paisaje tejido con los fragmentos dispersos de su vida y de un amor que le fue trágicamente arrebatado.
Clare vivía en una pequeña casita en la finca de los Marceau, propiedad de su hija, Aurore.
Ya no recordaba su edad; hacía años que su mente vagaba atrapada en las sombras de un tiempo que ya no existía.
La realidad se le antojaba extraña, como si fuese un sueño impreciso y, sin embargo, los recuerdos del pasado acudían con una nitidez hiriente, mucho más vívidos que el presente al que estaba encadenada.
Su hija la observaba con creciente preocupación. Apenas probaba bocado y, desde hacía días, hablaba de forma extraña, como si conversara con un fantasma. Un nombre flotaba entre las palabras inconexas de la anciana: Isabelle.
Por eso, cuando Aurore descubrió su diario, lo tomó sin dudarlo. Necesitaba conocer su contenido. Tal vez ahí estuviera la clave del misterio que envolvía la mente de su madre.
23 de abril de 1940. Finca Marceau
La brisa de un martes templado traía el aroma dulce de las lilas.
Isabelle y Clare se ocultaban en un rincón apartado de la finca, al amparo de un viejo ciprés. Europa ardía en guerra, pero en aquel lugar parecía que el mundo no existía, que nada de lo que ocurría más allá de los campos en flor pudiera alcanzarlas.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Clare.
Isabelle había abierto un cuaderno y escribía con delicados trazos. Clare la observaba, intrigada. No entendía del todo los símbolos que su amiga dibujaba con tanto esmero, pero intuía que eran notas musicales.
El silencio entre ambas no era incómodo, sino cálido, envuelto en la brisa primaveral que traía consigo la fragancia afrutada de los manzanos y cerezos en flor, y el perfume intenso de los narcisos y jacintos que cubrían los caminos de la campiña.
—Sabes que te amo —afirmó Isabelle sin apartar la vista de su cuaderno.
—Yo a ti también —susurró Clare, acariciando con ternura sus cabellos y oliendo el suave aroma a lavanda.
—Quiero inmortalizar este instante contigo —continuó Isabelle—. Por eso estoy componiendo una melodía. Una sinfonía que exprese lo mucho que te quiero, Clare.
Isabelle dejó el cuaderno a un lado y rodeó con sus brazos a la mujer que amaba. Habían compartido años juntas, primero como amigas, hasta que el tiempo transformó aquel vínculo en algo más profundo, más real.
—No me olvides nunca, Clare.
Su voz sonó distante, como si un presentimiento le nublara el alma.
—Nunca lo haré, Isabelle. Siempre estarás en mi corazón.
El abrazo se tornó en un beso cargado de promesas y de sueños que el futuro aún no había osado quebrar. En ese instante eran solo ellas dos, ajenas al destino que acechaba en el horizonte, donde la esperanza y el anhelo aún persistían.
Clare despertó del hechizo y la realidad se impuso nuevamente. Las sombras del presente reclamaron su mente y la angustia volvió a envolverla.
Recuerdos siniestros emergieron de nuevo como un río desbordado, arrastrándola hasta aquella noche oscura: la del 16 de julio de 1942, el día de la redada.
Clare cerró los ojos y se vio a sí misma en su habitación, contemplando el exterior a través de la ventana. La luz del día se extinguía, el cielo se llenaba de estrellas y la luna derramaba su halo blanquecino sobre el paisaje.
«Es la hora», pensó.
Cogió la maleta que llevaba días preparando. Primero marcharía ella, después lo harían sus padres. Desaparecer todos juntos sería demasiado arriesgado. A ella no la echarían en falta de inmediato, lo que les daría margen. Más tarde se reunirían en Marsella, donde embarcarían rumbo a Chile.
Nadie sospechaba de sus orígenes judíos, pero la ocupación nazi avanzaba y la traición estaba por todas partes. Cada vez más franceses delataban a sus vecinos para quedarse con sus tierras, sus casas, sus vidas.
Había quedado con Isabelle para huir juntas.
Isabelle ya no soportaba la vida en esa casa.
La convivencia con su padre se había vuelto asfixiante.
Víctor era cada vez más controlador y había empezado a sospechar de sus idas y venidas.
Tarde o temprano descubriría lo que estaban haciendo, y eso podría resultar muy peligroso.
—Lucien está tardando —murmuró, y el corazón le dio un vuelco.
El reloj de pared acababa de dar las ocho cuando Clare oyó un motor acercarse.
Espió por la contraventana: no era la vieja camioneta de Lucien, sino un Mercedes-Benz gris con matrícula militar.
La realidad la golpeó como un puñetazo. Dos soldados de las SS descendieron del vehículo y se dirigieron a la casa.
A Clare no le dio tiempo a reaccionar. La puerta principal estalló con el primer culatazo. Crack! El padre de Clare apenas tuvo tiempo de levantarse del sillón antes de que lo golpearan en el estómago.
— Papiers! —rugió un SS mientras lanzaba los cajones al suelo.
Papeles, fotografías, recuerdos… todo se desparramó sobre las baldosas.
Clare retrocedió instintivamente. Algo cálido le salpicó la mejilla: era la sangre de su padre. El oficial más joven la encañonó con la Luger .
— Hände hoch! (¡Manos arriba!).
Todo ocurrió demasiado rápido: golpes, gritos, confusión, miedo.
El rostro ensangrentado de su padre, el llanto de su madre, el suelo cubierto de sangre.
El horror más absoluto. La noche más oscura.
Clare apenas escuchó su propio nombre cuando le atronó el culatazo en la nuca.
Todo se volvió negro, salvo una idea nítida: «Corre, Isabelle».
Entre golpes e insultos la arrastraron a un camión. Lucien estaba con ella. Nunca más volvió a ver a su familia.
París, Rue des Saussaies
El calabozo de la comisaría de la Gestapo en la Rue des Saussaies, en París, era una celda oscura y húmeda, con paredes que parecían absorber los gritos de aquellos que pasaban por allí.
Los interrogatorios se prolongaron durante días.
Quizás semanas. El tiempo dejó de tener sentido.
Querían nombres. Querían rutas. Querían que delatara a la fracción de la Resistencia que operaba en el Loira.
Sabían que la región era crucial: sus rutas de comunicación y la proximidad con la línea de demarcación entre la Francia ocupada y la Francia de Vichy la convertían en un punto clave para la evasión, el sabotaje y el espionaje.
Clare había intentado borrar ese pensamiento de su cabeza, pero de vez en cuando esa noche se resistía a permanecer en el olvido y la revivía con tal nitidez que incluso se transformaba en un dolor físico real, igual al que sufrió ese terrible día y los posteriores.
El oficial al mando, Klaus Hoffmann, era el verdugo de la noche. Un hombre alto, de rasgos afilados, siempre impecablemente vestido. Su voz era suave, casi amable, pero sus ojos reflejaban una frialdad implacable. No gritaba, no golpeaba con sus propias manos. No lo necesitaba.
Primero utilizaban el castigo físico; luego, destruían la mente. Hasta que no quedaba nada. «¡Deseé morir tantas veces!». El dolor nunca desaparecía por completo. Su cuerpo ya no respondía. «Desnuda, humillada, maltratada, mutilada…».
Durante mucho tiempo llegó a pensar que ya no era un cuerpo, que solo era un número, una sombra que no merecía ser tocada, pero se equivocaba. Cuando por fin entendió que lo peor no era ni el frío ni el hambre, se ocultó dentro de sí misma, hasta que llegó un momento en que dejó de sentir.
Pero, pese a las vicisitudes que rodearon su trágica existencia, Clare logró sobrevivir al horror.
Sobrevivió a semanas de interrogatorios y, cuando ya no la necesitaron, metieron lo que quedaba de ella en un vagón con destino a Drancy, un campo de tránsito a las afueras de París.
Desde allí partían los convoyes de deportación hacia Ravensbrück.
Clare todavía sentía aquel frío carcomiéndole el alma. No era solo el frío de esa noche, ni de las que siguieron a aquel día en que su vida dejó de existir, sino también el del miedo y la soledad que la destruían por dentro.
En el vagón, el olor a humanidad, en el sentido más noble de la palabra, se había desvanecido.
En su lugar, un hedor denso a suciedad, excrementos, sudor y miedo se filtraba por cada resquicio.
Si cerraba los ojos, aún podía sentirlo impregnado en su piel.
Veía los ojos vacíos de aquellas personas que, como ella, no hacía tanto habían tenido una vida, sueños que les fueron arrebatados.
Nadie hablaba. Solo esperaban, resignados, a ver dónde acabaría todo aquello.
Pasaron días hasta llegar a Ravensbrück. Allí, como animales, las mujeres jóvenes fueron separadas del resto y conducidas al interior del campo.
Al llegar, les asignaron un número que colgaron de su cuello, igual que a todas las demás. Desde ese momento dejaron de ser personas para convertirse en simples cifras.
Clare acariciaba el pedazo de tela áspera que llevaba años guardado en una caja y que, sin saber por qué, había rescatado aquella tarde.
Sobre él, dos triángulos amarillos superpuestos formaban una estrella de bordes deshilachados y, junto a ella, cosido en hilo negro, el número 27875.
Era el mismo que tantas veces había sentido pegado a su pecho, balanceándose con cada paso entre los barracones, como un recordatorio implacable de lo que había sido.
No estaba grabado en la piel, pero para Clare aquel número tenía el peso de un tatuaje invisible. Había quedado bordado en su memoria con la misma precisión que en la tela. Bastaba verlo para sentir otra vez el viento helado de Ravensbrück y oír las voces ásperas llamando números, no nombres.
Mientras sostenía aquel trozo de tela, Clare comprendió que no había escapatoria: el número seguiría allí, llamándola, hasta que volviera a cruzar la alambrada… aunque fuera solo en su memoria.