Capítulo XIV
Querían enterrarnos en el silencio. No sabían que éramos semillas.
Neus Català
C lare, sentada sobre las tablas carcomidas del suelo, se abrazaba las rodillas mientras balanceaba su cuerpo en un intento vago de enmudecer el frío que la consumía.
Apenas sentía los dedos de los pies. El frío se filtraba entre las tablas podridas del suelo y le lamía la piel como una bestia hambrienta.
A ratos, el silencio de la madrugada se rompía por los estertores de alguna compañera en la litera contigua.
No sabía el día. Había dejado de contarlos cuando las noches empezaron a parecerse demasiado a la muerte. Pero recordaba el olor de París en primavera. El de Isabelle cuando se trenzaba el cabello con lavanda. En Ravensbrück, todo olía a óxido, sudor seco y orina contenida.
Aquel amanecer, una de las polacas no se levantó. Se llamaba Anka. Tenía diecisiete años y unas pestañas tan largas que parecían cosidas al cielo. Murió de fiebre. El cuerpo quedó rígido, encogido en la litera superior. Nadie dijo nada.
La kapo pasó lista, las SS gritaban, y nadie osó moverla. Era mejor no hablar. No llorar. No mirar demasiado tiempo a los ojos de nadie. Las lágrimas eran un lujo. La compasión, una sentencia.
Después vinieron los golpes. El retraso en la fila de trabajo encendió la furia de la vigilante, una mujer enorme con las manos rojas de tanto castigar.
Golpeó a la más débil, una anciana de acento francés que cayó sobre la nieve como una muñeca rota.
Clare quiso correr hacia ella. Su cuerpo lo suplicaba.
Pero una mano le apretó el brazo. Fue Katya, la rusa.
«No la mires, ni la ayudes», ordenó. Clare se quedó en la fila, inmóvil como el resto, con la mirada perdida para no seguir viendo cómo la golpeaban hasta que la nieve se tiñó de rojo.
Al fondo del campo, más allá de las alambradas y de las hileras de barracones, se levantaba un edificio de ladrillo bajo, sin adornos, con una chimenea que cortaba el cielo como una herida vertical.
No hacía falta preguntar qué era; bastaba con ver la columna de humo gris, persistente, que ascendía incluso en los días sin viento.
En Ravensbrück, al principio, los cuerpos de las mujeres muertas por hambre, frío o enfermedad eran enviados a crematorios en pueblos cercanos.
Pero cuando la muerte se volvió rutina y los muertos superaban a los vivos, levantaron un crematorio dentro del propio campo.
Allí el fuego no descansaba. Como una fiera hambrienta, se alimentaba de madrugada y al caer la tarde.
El olor dulzón, mezclado con el humo, se colaba en cada rincón del recinto.
Las mujeres evitaban mirar en esa dirección, como si así pudieran engañar al miedo, pero sabían que el humo era un recordatorio constante de que, en Ravensbrück, la línea entre vivir y morir era muy frágil.
Clare fue asignada a uno de los talleres de la fábrica de Siemens, donde, durante doce horas al día, soldaba condensadores sin saber para qué servían.
El aire olía a metal caliente y a desesperanza.
Si su mano temblaba, el capataz se lo hacía notar con un golpe seco en la espalda.
Las órdenes eran en alemán; los castigos, universales.
Un día la eligieron. Le prometieron raciones dobles, una manta más gruesa y menos horas de trabajo. Mentían.
La subieron a un camión con otras mujeres y las llevaron a otro campo. A su lado, una chica joven, casi una niña, lo miraba todo con ojos asustados. Llevaba un triángulo rojo en el pecho con una «P» bordada con torpeza.
Clare aún recordaba el día que le pegaron la cruz al pecho.
El mismo día que le arrancaron la ropa y le raparon el cabello.
Su larga trenza cayó como si ya no le perteneciera.
Después, le arrojaron una muda de prendas usadas, grandes para su delgado cuerpo.
La chaqueta olía a otras vidas. Las costuras, mal remendadas, estaban duras y frías.
Sobre el pecho izquierdo le cosieron dos símbolos: dos triángulos amarillos formando la estrella de David.
La muchacha, en cambio, llevaba cosida la marca de los presos políticos polacos.
—Me llamo Clare —le susurró al oído.
A Ewa le temblaban las manos, no solo por el hambre, sino por el miedo. Apenas era una chiquilla, dieciséis años cumplidos en primavera, pero en aquel lugar nadie hablaba de edades, solo de números.
—Ewa —murmuró.
—No tengas miedo —mintió Clare mientras le apretaba la mano con firmeza.
El camión avanzaba entre las carcajadas de los soldados. No sabían adónde las llevaban, pero aquella risa gutural, de lobo, helaba más que el viento.
Ewa no se separó de Clare en todo el trayecto. Desde entonces fueron inseparables.
Las mujeres procedentes de Ravensbrück fueron instaladas en una barraca exterior al campo, con camas alineadas y ventanas estrechas por donde apenas entraba la luz.
La primera noche, mientras se miraban las unas a las otras sin entender qué hacían allí, los primeros hombres irrumpieron escoltados por soldados de las SS.
Entonces comprendieron su destino: habían sido destinadas al Freudenabteilung , el pabellón del placer, un prostíbulo anexo al campo.
Allí, algunos prisioneros varones, considerados obedientes o productivos, eran «recompensados» con visitas.
No había elección. Si te negabas, desaparecías. Si aceptabas, también.
En las noches del barracón, cuando se marchaban los últimos hombres y la oscuridad reinaba a su alrededor, Ewa compartía retazos de su historia pasada y de las circunstancias que la llevaron a ese maldito lugar.
Contaba cómo los alemanes entraron en Varsovia, apresaron a los judíos y arrasaron familias enteras.
Su padre, Jan Nowak, viendo la situación de esas pobres gentes, decidió ocultar a sus trabajadores de origen judío y a sus familias en un almacén de su propiedad. Nowak lo había registrado como depósito de herramientas, aunque en el interior solo unos pocos sabían lo que escondía.
Una fría mañana de invierno, un camión se detuvo frente al número 7 de Ulica Mariensztat, una fachada austera a medio camino entre un almacén de carbón y una pensión proletaria.
Varios soldados de las SS entraron a la fuerza, registraron palmo a palmo la propiedad: revisaron paredes, rompieron partes huecas del piso, arrancaron puertas, marcos, ventanas…
Lo arrasaron todo a su paso buscando la existencia de alguna pared falsa o puerta oculta donde pudieran esconderse personas.
Contaban con la ayuda de perros adiestrados para que olfatearan la presencia de seres humanos.
Los ladridos fueron el detonante. Después vinieron los gritos, los golpes, los llantos…
Familias completas fueron desalojadas mientras Jan intentaba mediar entre tanto caos.
Era gente humilde: hombres, mujeres, niños, adolescentes, ancianos; pero eso a ellos no les importaba.
Les arrastraron a la calle, incluso a Ewa y a su familia, pues querían dar un escarmiento a los Judenhelfer , auxiliadores de judíos, a quienes consideraban delincuentes, enemigos del Reich.
Allí mismo, ante las miradas confusas de su familia, fusilaron a Jan Nowak.
Zofia, su esposa, no corrió mejor suerte.
Le asestaron un tiro en la cabeza cuando intentaba socorrerlo.
La mujer cayó desplomada al suelo junto al cadáver de su marido.
«Fue horroroso», susurró Ewa con la mirada perdida en el recuerdo de ese día.
Se llevaron a sus hermanos. A ella la separaron.
Nunca más supo nada de ellos; habían pasado cinco años.
Mientras hablaba, lo narraba con una frialdad que dolía más que las lágrimas.
Aunque Ewa se aferraba a Clare para no rendirse, la muchacha era frágil y cada día se consumía un poco más, como una vela que se niega a seguir alumbrando.
Primero dejó de hablar, luego de comer, después de luchar.
Poco a poco se abandonó a la brutalidad que la cercaba, y en silencio dejó de ser.
Ya no quedaba en ella más que un cuerpo vacío, una sombra sin razones para seguir viviendo.
Clare intentaba animarla, aunque ella misma sobrevivía por el recuerdo de Isabelle. Aferrándose a su memoria como a su propia respiración.
Los hombres que frecuentaban el pabellón no siempre eran crueles. La mayoría eran víctimas buscando en los brazos de aquellas mujeres un consuelo efímero.
Uno de ellos era Luca. No era un SS, sino un prisionero italiano al que los alemanes habían otorgado ciertos privilegios por su trabajo en la cocina del campo.
Aquella posición le permitía sobrevivir con algo más de pan, una sopa menos aguada y, de tanto en tanto, la posibilidad de acceder al Freudenabteilung .
Luca odiaba aquel privilegio. Lo llamaban «premio», pero para él era solo otra cadena invisible.
La primera vez que lo llevaron al pabellón del placer, sintió vergüenza. Sabía que muchos hombres se dejaban arrastrar, que buscaban en aquellas mujeres un instante de olvido. Él también tenía miedo, también tenía frío. Pero entonces la vio. A Clare.
No supo explicar qué lo conmovió más: la palidez de su piel, la fragilidad de sus manos o la forma en que sus ojos aún parecían guardar una chispa de vida.
Desde esa noche, siempre que podía, buscaba estar con ella.
No para reclamar un cuerpo, sino para ofrecerle un mendrugo de pan, un pedazo de calor, un silencio compartido.
Para Luca, acostarse junto a Clare era la única tregua en un campo que devoraba todo lo humano. Allí, con ella, podía fingir por unas horas que la vida seguía existiendo, que no todo estaba perdido.
Cada noche que acudía al pabellón, Luca escondía en los bolsillos de su pantalón o debajo de la camisa restos de comida que rescataba de las ollas. Se los entregaba a Clare a escondidas, como si aquellos trozos miserables fueran tesoros.
Pero no todos eran como Luca. El pabellón había sido concebido para prisioneros, pero las SS entraban cuando lo deseaban.
El poder bastaba como llave. Entraban cuando querían, escogían a una mujer, y la violencia se imponía sin apelación posible.
El miedo a que eso ocurriera era otro látigo invisible sobre las prisioneras.
Una noche, mientras compartían un rincón del barracón, Luca se atrevió a preguntar:
—¿Qué harás cuando todo esto termine?
Clare no supo responder. El silencio entre ellos fue más denso que el aire rancio del pabellón. Poco después, durmieron juntos. Esa noche no hubo sexo. Luca nunca la forzaba; solo buscaba su calor, con la esperanza de que algún día ella llegara a desearlo.
Al amanecer, el barracón despertó con un murmullo distinto. Clare abrió los ojos y las primeras imágenes se sucedieron como en una película a cámara lenta, como si viviera una pesadilla. Muy a su pesar, comprendió de inmediato lo que había sucedido.
En una cama próxima a la suya yacía el cuerpo sin vida de Ewa. La muchacha se había abierto las venas con el filo de una lata de conserva. Nadie gritó. El silencio fue absoluto, abrumador. El respeto, en ese instante, era el único acto de valentía posible.
Clare cayó de rodillas, rota. Ewa, su amiga, se había ido en silencio, como tantas otras. Era demasiado frágil para seguir soportando un mundo tan cruel. Ella, en cambio, no tuvo el valor de seguirla.
Tras el suceso, las autoridades decidieron suspender el servicio de las mujeres. El Freudenabteilung quedó clausurado durante algunos meses. Clare nunca volvió a pisar aquel pabellón.