Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo XII
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Capítulo XII

No me preocupan tanto los actos de los malvados como la indiferencia de los buenos.

Martin Luther King Jr.

La carta de la traición

A la mañana siguiente, Élodie despertó temprano.

La noche había estado poblada de sueños inquietos, fragmentos de historias que no le pertenecían y, sin embargo, la perseguían.

Rostros conocidos se mezclaban con otros apenas visibles, como figuras de un cuento mal recordado que se desvanecían al abrir los ojos.

Cerca del mediodía llamó a la puerta de Margueritte. La inquietud con la que se había despedido de ella la noche anterior no había remitido y necesitaba saber cómo se encontraba.

Cuando entró, su abuela estaba de pie junto a la ventana. Llevaba un camisón fino que dejaba entrever una silueta delgada, frágil.

—Élodie, ¿eres tú? —preguntó sin apartar la mirada del paisaje.

Élodie se acercó y le dio un beso.

—¿Te encuentras bien?

Margueritte asintió. Permaneció unos segundos en silencio, como si midiera el peso de lo que estaba a punto de decir.

—Me siento muy cansada —dijo al fin—, pero antes tengo que mostrarte una cosa.

—Abuela, ayer ya fue suficiente —respondió Élodie con suavidad—. Debes descansar. Podemos continuar otro día.

Margueritte negó despacio.

—Ven conmigo.

Élodie la siguió hasta la habitación contigua, la que había pertenecido a su abuelo Bernard.

La estancia estaba a oscuras hasta que Margueritte accionó el interruptor y la luz inundó el espacio.

Élodie recordaba haber entrado allí de niña, cuando su abuelo aún vivía.

Bernard había muerto hacía diez años, vencido por un cáncer de pulmón.

El tabaco fue su único vicio, uno que abandonó demasiado tarde, cuando el daño ya estaba hecho.

Ambas entraron en las dependencias privadas de Bernard Lemoine, el que fuera esposo de Margueritte durante casi cincuenta años.

Se componían de un amplio dormitorio, un pequeño distribuidor y una sala que hacía las veces de despacho.

En los últimos años, cuando ya le resultaba difícil acudir a la bodega, había trabajado allí casi a diario.

El despacho tenía dos accesos: uno comunicaba directamente con las habitaciones privadas de Bernard y Margueritte; el otro daba al pasillo. Desde allí, Bernard podía entrar sin molestar a su esposa.

Durante años fue el lugar desde el que llevó los asuntos de la bodega, hasta que Víctor asumió el control total de la empresa.

Margueritte le mostró el despacho. Estaba repleto de carpetas y documentos de la empresa.

La mujer nunca quiso desprenderse de las cosas que pertenecieron a su esposo.

Los primeros años de ausencia, cuando la añoranza la consumía, se adentraba en esa habitación, se sentaba en su butaca e inhalaba el perfume que aún desprendía el ambiente.

Era su forma de mantener vivo el recuerdo de Bernard.

—Aquí está todo —dijo—. Solo hay que saber buscarlo.

Se volvió hacia su nieta.

—Yo no he tenido fuerzas. Pero sé que tú sí.

Élodie iba a responder, pero la anciana añadió, casi en un susurro:

—Te pareces tanto a ella…

La frase apenas llegó a oídos de Élodie, cuya atención se centraba ya en la habitación. No sabía a qué se refería su abuela cuando hablaba de respuestas. «Ni siquiera sé qué estoy buscando», pensó. Aun así, asintió.

Margueritte sacó una llave y se la entregó con una advertencia:

—Nadie de la casa debe saberlo —insistió mirándola fijamente a los ojos—. ¿Comprendes?

A partir de ese día, Élodie tendría acceso libre a toda la documentación de sus abuelos, Víctor Marceau y Bernard Lemoine.

La jornada transcurrió sin contratiempos. A medianoche, la Mansión Marceau reposaba en el pesado silencio de sus muros centenarios. Élodie, sin embargo, no lograba conciliar el sueño.

Desde que había encontrado el diario de Isabelle, algo en su interior no dejaba de agitarse. Las palabras de su tía abuela la perseguían, dibujando un relato incompleto. Faltaba una pieza. Y su instinto le decía que la respuesta estaba en el despacho de Bernard.

Élodie avanzó con sigilo por el pasillo, evitando las viejas tablas que crujían bajo sus pies. Al llegar al despacho, giró lentamente el pomo y entró.

La luz de la luna se filtraba entre las cortinas, iluminando los muebles con un brillo espectral. Recorrió con la mirada la estancia forrada en cuero, la vieja lámpara de escritorio y la enorme butaca de su abuelo.

La habitación olía a papel envejecido, madera antigua y un leve rastro de tabaco. Aquel lugar conservaba la esencia de quienes lo habían habitado. Y, con ella, sus secretos.

Sabía que no disponía de mucho tiempo. Sin embargo, su intuición la guiaba, y se dejó llevar.

Abrió los cajones del escritorio, uno a uno. Documentos de la bodega, contratos de exportación, correspondencia empresarial. Nada fuera de lo común.

Entonces, en el fondo de un cajón, debajo de una carpeta de viejas facturas, su mano rozó algo distinto. Era un sobre amarillento, de bordes desgastados por el tiempo, sin remitente. Con dedos temblorosos, lo abrió y desdobló la carta con sumo cuidado.

En el membrete se leía el nombre de René Bousquet.

Mansión Marceau, Valle del Loira 18 de julio de 1942

Señor Marceau:

En nombre de las autoridades francesas, le agradecemos su colaboración con la Sûreté Nationale y el gobierno del mariscal Pétain.

Su rápida intervención y lealtad al orden establecido han sido invaluables para la seguridad de nuestra nación en estos tiempos convulsos.

La identificación de elementos sospechosos y su denuncia han permitido una operación eficaz contra la actividad subversiva en la región. Tenga la certeza de que su cooperación será recordada y valorada.

Le instamos a mantener la discreción sobre estos asuntos y a continuar con su inestimable servicio en pro de la estabilidad de Francia.

Agradeciendo nuevamente su devoción al bien común.

Atentamente,

René Bousquet

Secretario General de la Policía de Vichy.

Élodie leyó la carta una y otra vez, incapaz de procesar el horror. Las palabras se le clavaban como agujas: «cooperación», «elementos sospechosos», «denuncia», «actividad subversiva». Se le heló la sangre.

Hasta entonces había creído que su bisabuelo había sido un hombre severo, autoritario quizá, pero respetable. Ahora comprendía que había sido algo mucho peor. No solo había traicionado a su hija. Había entregado a personas inocentes. A Sophie. A su familia. A Clare.

El aire se volvió espeso y el despacho pareció encogerse a su alrededor. Tuvo que apoyarse en el escritorio para no perder el equilibrio. Un sabor amargo le subió a la boca, como si algo se hubiera quebrado en su interior.

Un leve ruido procedente del pasillo rompió el sepulcral silencio. El corazón de Élodie se aceleró y, sin pensarlo, dobló la carta y la guardó en el bolsillo del suéter. Apagó la luz de la habitación y se colocó junto a la puerta.

Con sigilo, la puerta empezó a ceder mientras asomaba una mano agarrada al pomo. Élodie contuvo el aliento con una mezcla de miedo y curiosidad.

El tiempo pareció detenerse, hasta que la figura de una persona se hizo completamente visible.

—¿Qué haces aquí, Aurore? —preguntó Élodie, sorprendida.

Aurore se quedó inmóvil, con el rostro pálido y la mirada descompuesta.

—Déjame explicarte… No lo sabes todo.

Cerró la puerta y se dejó caer en una silla. Élodie la imitó, sintiendo que la tensión aumentaba.

—Por favor, Aurore, me estás asustando. ¿Qué quieres decir? —preguntó, intrigada.

La mujer se frotaba las manos, vacilante, como si estuviera sopesando cada palabra. Tardó unos segundos, aunque a Élodie le parecieron eternos.

—La otra noche, cuando te quedaste dormida… fui yo quien te cogió el diario.

Élodie la miró con incredulidad.

Aurore llevaba tiempo siguiéndola. El hallazgo del diario había despertado en ella un sentimiento latente en su interior: la existencia de un secreto familiar, oculto durante décadas, que afectaba a su propia familia.

—Necesitaba leerlo. Tu abuela solo conoce una parte de la historia, pero hay cosas que no sabe. Cosas que solo me pertenecen a mí y… —dudó antes de proseguir—… a mi madre.

Rebuscó en el bolsillo de su delantal, sacó el diario y se lo entregó.

—No estuvo bien que te lo quitara, pero quería saber qué le pasó a Isabelle…

Aurore suspiró antes de pronunciar el nombre que le quemaba en la garganta.

—Y a Clare.

Este era el momento de sincerarse. Respiró hondo y empezó a hablar.

—Con apenas diecisiete años entré a trabajar en esta casa gracias a Margueritte. Ella y mi madre se conocían de jóvenes. ¿Sabes? —preguntó en un leve susurro—. Clare es mi madre.

Élodie sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Solo quiero saber qué le ocurrió a mi madre. Sé que algo pasó, pero ella jamás ha querido contármelo. Vine aquí con la esperanza de descubrirlo…

Élodie sintió un nudo en el estómago.

—Mi madre siempre me habló de Isabelle, pero ahora, después de leer el diario, sé cuán profundo era su amor.

Aurore cerró los ojos.

—Cuando vi el diario con su nombre, no pude evitar cogerlo. Lo siento.

Élodie permaneció en silencio. Su mente se llenó de preguntas sin respuesta. Pero una en particular se abrió paso entre la confusión, golpeándola con fuerza.

«¿Seguirá viva Clare?».