Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo XI
54%

Capítulo XI

El silencio también es una forma de violencia.

Albert Camus

La herida abierta

C uando Élodie abandonó la estancia, Margueritte quedó a solas con los recuerdos que había despertado. Había narrado a su nieta la parte más dolorosa de su vida, pero la memoria, caprichosa, siguió llevándola por otros años, por instantes que creía olvidados.

Aquella noche intentó descansar, consciente de que la paz aún tardaría en llegar.

A pesar del sufrimiento vivido en su juventud, Margueritte había encontrado refugio junto a sus abuelos maternos, Maurice y Odette. Decididos a no repetir los errores cometidos con su única hija, Madeleine, le dieron la educación que su madre nunca tuvo.

Odette se ocupó de que estudiara en los mejores colegios, convencida de que su nieta merecía un futuro distinto. Con el tiempo, Margueritte se graduó en Finanzas y Contabilidad en una prestigiosa universidad de París.

Los años pasaron sin que Margueritte volviera a ver a su padre, hasta que el destino los reunió de nuevo.

La enfermedad de Víctor fue el detonante.

Una mañana de abril, Margueritte recibió una carta procedente de Tours. En el remitente figuraba el nombre de Bernard Lemoine. Trató de recordar dónde lo había oído antes, sin éxito.

En la carta, Lemoine le explicaba que su padre estaba muy enfermo y le preocupaba que nadie de su familia estuviera a su lado. Víctor, por supuesto, no estaba al tanto de lo que había hecho el joven. De saberlo, no se lo habría permitido. Para él, no le quedaba familia alguna en el mundo.

Víctor había estado trabajando un tiempo codo con codo con el muchacho y, pese a su carácter huraño, le tomó cierto afecto.

Cuando finalizaron las obras en la bodega, le propuso que trabajara para él en calidad de capataz y administrador de la finca.

Había observado en el joven Lemoine unas aptitudes extraordinarias.

Víctor sabía que se hacía mayor y necesitaba a alguien que perpetuara su legado.

Todos le habían abandonado y ahora se refugiaba en un extraño.

Margueritte, pese al dolor que había sufrido al lado de su padre, sentía que no podía desatenderlo.

Pese a la oposición inicial de su abuela, a los pocos días Margueritte tomó un tren con destino a la Mansión Marceau. Fue el propio Lemoine quien acudió a recibirla a la estación de Gare de Tours .

Bernard Lemoine era un hombre apuesto de treinta y seis años, de cabello negro y rizado, ojos castaños y una estatura imponente que lo hacía destacar entre la multitud.

Cuando Margueritte descendió del tren, su mirada se posó de inmediato en aquel hombre que la esperaba.

Lemoine, por su parte, tampoco pudo apartar los ojos de la joven que se acercaba.

La había reconocido por una fotografía que halló escondida en uno de los cajones de la cómoda de Víctor, pero, en su opinión, la imagen no le hacía justicia.

En los últimos años, Margueritte se había transformado en una mujer de belleza cautivadora.

Había heredado el pelo rubio de la familia paterna, que llevaba recogido en un elegante moño bajo.

Su piel, de una blancura luminosa, enmarcaba un rostro de facciones delicadas y armoniosas, resaltado por unos intensos ojos azules y unos labios carnosos y sensuales.

Al menos, esa fue la impresión que tuvo Lemoine mientras la observaba acercarse con paso firme.

El joven se adelantó para recibirla. Se detuvo frente a ella y, con un gesto cortés, se quitó el sombrero a modo de saludo.

—Buenos días, señorita Marceau. Soy Bernard Lemoine, el administrador de la finca. Un placer conocerla —dijo mientras le tendía la mano con una sonrisa amable.

La voz de Lemoine sonó cálida y segura, transmitiendo una confianza que sorprendió a Margueritte. Su porte era altivo y su estatura la sobrepasaba con creces, ya que ella apenas alcanzaba el metro sesenta. Sin embargo, Margueritte no se dejó intimidar y le estrechó la mano con firmeza.

—El placer es mío, señor Lemoine. Ahora, si me lo permite, me gustaría que me llevara junto a mi padre —respondió con voz clara y decidida.

Lemoine tomó la maleta de la joven y la guio hacia el vehículo que los esperaba en la entrada.

Mientras caminaban, no pudo evitar reflexionar: Margueritte no se parecía a ninguna de las mujeres que había conocido hasta entonces.

A pesar de su juventud, irradiaba una seguridad y una determinación que le resultaron fascinantes.

El reencuentro entre padre e hija no fue el que cabía esperar tras años de separación.

A pesar de la enfermedad, el carácter de Víctor seguía siendo el mismo, aunque la edad y la decadencia física habían mellado su determinación.

A ojos de Margueritte, su padre apenas era una sombra del hombre que había sido.

Margueritte tampoco era la misma. Nada más pisar la finca, tomó las riendas de la Mansión Marceau.

Desoyendo la actitud hostil de su padre, que veía a su hija como a una intrusa, ordenó que se limpiaran y ventilaran todos los rincones de la casa, cuyo abandono era notable.

Luego contactó con el doctor Armand Lefèvre, médico de la familia desde hacía décadas.

Él había asistido a Madeleine en sus partos y fue testigo del deterioro mental que acabó con su vida.

Lefèvre era un hombre mayor que poseía una gran agudeza mental y conocimientos adquiridos tras años de experiencia.

El doctor no se anduvo con rodeos. Le explicó a Margueritte que su padre padecía un tumor cerebral inoperable.

Apenas le quedaban unos meses de vida, tal vez un año con suerte.

El deterioro sería rápido e implacable: dolores de cabeza persistentes, cambios de humor violentos, lapsos de lucidez, delirios y una lenta pérdida de control sobre sí mismo.

—Señorita Marceau, será un proceso duro y doloroso —le advirtió antes de abandonar la mansión.

Margueritte escuchó en silencio. Sopesó la idea de marcharse, de evitar el peso de cuidar a un padre que nunca la había querido realmente. «¿Acaso se preocupó alguna vez por mí?», se preguntó. Pero algo en ella —orgullo, deber o, simplemente, humanidad— le impidió hacerlo.

A partir de ese día, Margueritte asumió el cuidado de su padre con una entereza que sorprendía a propios y extraños. Soportó estoicamente las agresiones verbales, los delirios, los gritos. Fue muy duro para todos los habitantes de la casa, en especial para ella.

Con el paso de los días, el dolor se volvió insoportable. Los analgésicos ya no surtían efecto. Por las noches, los lamentos de Víctor se extendían por los pasillos como alaridos inhumanos, rasgando la quietud como cuchillas invisibles.

A veces, una chispa de lucidez iluminaba fugazmente su mirada. Entonces suplicaba, una y otra vez, que le dejaran morir. Pero esa decisión no pertenece al hombre. Nadie elige cómo nacer ni cómo morir. Ni siquiera Víctor.

Margueritte dormía en la habitación contigua a la de su padre y todas las noches le escuchaba hablar.

Aunque de vez en cuando entendía alguna palabra aislada, sus frases eran inconexas y carecían de sentido.

En sus desvaríos repetía un nombre con insistencia: «Isabelle»…

y a veces, entre susurros, una súplica: «Perdóname». El remordimiento lo consumía.

Margueritte se había apiadado de él. «Nadie merece tanto sufrimiento», le confesó una noche a Bernard.

Por su parte, Bernard fue el sostén de Margueritte durante aquellos meses.

La escuchaba, la apoyaba. Su cariño fue creciendo en silencio hasta convertirse en algo inevitable.

Lo amaba todo de ella: su temple, su compasión y su valentía.

El doctor Lefèvre, con la mirada sagaz de quien lo ha visto todo, fue el primero en advertir los sentimientos de Bernard.

Alentado por el doctor, Bernard reunió el valor suficiente para declararse.

Al principio, Margueritte se mostró desconcertada.

«¿Cómo pensar en el amor en una casa tomada por la agonía?

». Pero, con el tiempo, la constancia del joven Lemoine venció la coraza de Margueritte, que no tardó mucho en corresponder a sus sentimientos.

Una noche, un grito desgarrador sacudió la finca.

Fue tan profundo, tan bestial, que incluso las paredes parecieron estremecerse.

Margueritte corrió al cuarto de su padre.

Víctor yacía en la cama con los ojos desorbitados, los músculos tensos y el rostro descompuesto por el espanto.

Su alma, por fin, había abandonado su cuerpo.

Un año después, el 25 de abril de 1952, Margueritte y Bernard se casaron en la pequeña capilla de San Martín, en Tours. Ella decidió conservar su apellido y él lo aceptó con la misma naturalidad con la que la amaba.

Juntos restauraron la mansión y devolvieron la vida a aquella casa que había sido testigo de demasiados silencios.

El pasado, sin embargo, seguía aguardando su momento.