Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo X
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Capítulo X

El pasado no está muerto. Ni siquiera es pasado.

William Faulkner

Lo que quedó oculto

D espués del desayuno, Élodie se dirigió a la habitación de Margueritte. Llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta, así que avanzó con cautela. La antesala estaba en penumbra y el aire olía a polvo y recuerdos olvidados.

Margueritte estaba sentada en su sillón, rodeada por viejos álbumes de fotos.

Sus dedos pasaban lentamente las páginas, como si buscara algo más que simples imágenes.

Cuando alzó la vista, por un instante le pareció ver a Isabelle de pie en el umbral de la puerta, observándola en silencio, como solía hacer en los días más felices.

«Es tan parecida a ella», pensó Margueritte con una mezcla de nostalgia y consternación. «Al final, todo parece una broma del destino. No sé qué le ocurrió a mi hermana, pero cuando veo a Élodie siento que nunca se ha ido, que aún sigue entre nosotros».

Cerró los ojos y dejó que los recuerdos la golpearan con la fuerza de una tormenta.

La última vez que vio a Isabelle fue aquella fatídica noche.

Se despidió de ella con la promesa de que regresaría.

Pero nunca lo hizo. Después, la discusión: Isabelle y su padre, gritos en la noche, palabras que no llegó a comprender del todo.

Esos gritos aún resonaban en su mente, en cada rincón oscuro donde los recuerdos se ocultaban, esperando ser desenterrados.

Cuando volvió a abrir los ojos, Élodie la observaba en silencio.

—Abuela… necesito hablar contigo.

Margueritte suspiró. En el fondo sabía que ese momento llegaría tarde o temprano.

—Entonces siéntate, cariño —dijo con voz cansada—. Es hora de que hablemos.

Élodie escuchaba a su abuela con una actitud casi reverente. Recordaba a esa mujer, ahora frágil, como alguien de fuertes convicciones, adelantada a su tiempo. Pero aquel día en su voz había algo distinto: un peso, un temblor apenas perceptible en cada palabra.

—Fui la que más sufrió su ausencia —susurró Margueritte, con la mirada perdida en un punto lejano—. Isabelle fue mi mundo… Y se la llevaron ante mis ojos.

Élodie contuvo el aliento cuando su abuela cerró los párpados y, con un profundo suspiro, comenzó a relatar la noche que marcó su vida, el 16 de julio de 1942.

—Una quietud antinatural se había instalado en la mansión. No era la calma habitual, sino algo más denso, algo que podía sentirse en la piel, flotando en el aire inmóvil de la casa.

»La noche ya había cubierto con su manto cada rincón de la finca, y el silencio era tan profundo que dolía en los oídos. Solo el tictac del viejo reloj de péndulo rompía esa quietud. Pero, aun así, algo me decía que aquella noche no era como las demás».

Al principio la voz le temblaba, pero, a medida que sentía que el pasado la arrastraba, fue recuperando la fluidez.

Élodie notó cómo el cuerpo de su abuela se tensaba y sus ojos brillaban con un fulgor que nunca había visto antes.

»Subí las escaleras y llamé a la puerta de la habitación de mi hermana. Necesitaba hablar con alguien. Me sentía sola en esa gran casa.

»Desde hacía semanas, mi madre apenas salía de su habitación, y cuando lo hacía parecía un fantasma, un cuerpo vacío sin alma. Su piel estaba pálida y sus mejillas hundidas. Había dejado de hablar, de reír, incluso de comer. Cada día que pasaba se encogía un poco más, como si quisiera desaparecer.

»Mi padre, en cambio, seguía como si nada.

No le importaba la enfermedad de mamá ni la tristeza que se había instalado en la casa.

Estaba ocupado con sus negocios, con su activa vida social, con sus reuniones con los poderosos.

Como propietario de una vasta hacienda y con docenas de trabajadores a su cargo, se aseguraba de que nada les faltara, especialmente en tiempos de guerra.

Políticos, empresarios y oficiales alemanes pasaban por la mansión con demasiada frecuencia.

Papá decía que lo hacía por el bien de todos. Pero yo ya no le creía.

»Aquella noche me sentía más sola que nunca. Además, llevaba tiempo sin saber nada de mi mejor amiga. Sophie y su familia habían desaparecido. Ya ni siquiera me dejaban preguntar por ella. Así que fui a buscar a Isabelle.

»Golpeé su puerta con suavidad. Necesitaba estar con ella, sentir su abrazo, su voz tranquila diciéndome que todo estaría bien.

Cuando entré, mi hermana estaba de pie en el centro de la habitación, nerviosa, deambulando de un lado a otro.

Sus manos temblaban y su respiración era agitada, como si algo la estuviera asfixiando.

»—¿Qué pasa? —pregunté.

»—Nada, Margueritte —su voz sonaba extraña—. Ven, siéntate aquí conmigo, tengo algo que decirte.

»Solo entonces me di cuenta de que a su lado, junto a la cama, había dos maletas.

»—¿Adónde vas? —susurré, sintiendo un miedo frío recorrerme la espalda.

»Mi hermana desvió la mirada. No quería responderme. Pero yo ya sabía la respuesta.

»—No puedes irte —le dije, sintiendo las lágrimas arder en mis ojos—. Isabelle, ¡no puedes dejarme aquí! —grité, y la abracé con todas mis fuerzas.

»Isabelle se agachó y me sujetó el rostro con ambas manos. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero su voz era firme.

»—Tengo que hacerlo. Aquí corro peligro.

»—¿Peligro de qué? —pregunté.

»No respondió. Solo me abrazó más fuerte.

»—No puedes venir conmigo. Pero volveré a por ti. Te lo prometo.

»—No —negué con la cabeza—. Yo voy contigo —insistí.

»—Te quiero, Margueritte. Nunca lo olvides.

»Esas fueron sus últimas palabras. Cogió el equipaje y desapareció. Corrí tras ella, pero cuando llegué al pie de la escalera, ya no estaba.

»Y aquí, Élodie… aquí es donde todo se vuelve confuso.

A veces creo que la vi bajar… otras, que solo oí el eco de sus pasos.

Como si un velo invisible cubriera ese instante.

Como si mi mente me protegiera de algo que no quiere que recuerde.

No puedes ni imaginarte cuántas veces he vuelto mentalmente a esa noche, intentando recordar qué fue de mi hermana, pero no consigo ver más allá de esa puerta en la que ella se desvaneció para siempre.

—¿Estás bien? —Le preguntó volviéndola al presente.

Élodie se acercó, preocupada, y le ofreció un vaso de agua. A Margueritte le costaba respirar y dio un pequeño sorbo a la bebida. Después, respiró hondo y esperó hasta que sus pulsaciones recuperaron el ritmo.

—Abuela, ahora descansa, ya continuaremos otro día —dijo Élodie mientras se dirigía a la puerta.

—No.

Margueritte negó con la cabeza, al tiempo que intentaba detener a su nieta con un gesto.

—Pero abuela…

—Debo hacerlo ahora —la interrumpió—, antes de que sea demasiado tarde.

Élodie no sabía a qué se refería, pero, en su estado, pensó que era mejor no llevarle la contraria. Tomó de nuevo asiento al lado de Margueritte, le cogió la mano en un gesto íntimo y se dispuso a escucharla.

«Después de aquella noche, nada volvió a ser igual…».

No había reproche en sus palabras, solo cansancio. El silencio volvió a instaurarse entre ambas mientras Margueritte recuperaba la calma y se perdía de nuevo en las abruptas sendas del pasado.

«Después de aquella noche, mi padre cerró la habitación de Isabelle con llave y prohibió que nadie entrara en ella.

Sus objetos personales quedaron recluidos, como si de un mausoleo se tratara.

El resto de la casa sufrió su implacable escrutinio: borró cualquier vestigio de Isabelle.

Las fotos, los cuadernos, los álbumes...

todo desapareció de las paredes, estanterías y cajones.

»Mi madre y yo preguntamos por su paradero, pero solo obtuvimos respuestas vagas y la prohibición de hablar de ella. “Para mí está muerta”, fueron sus únicas palabras. Y nunca más volvió a pronunciar su nombre».

Esta vez, Margueritte respiró hondo antes de seguir hablando; quería evitar que su corazón se acelerara de nuevo. Estaba siendo muy duro para ella, y su nieta era consciente.

«Ese fue el inicio del fin de los Marceau —prosiguió—. Mi padre se volvió más huraño y retraído. Apenas hablaba con nadie en la casa. Salía al alba y no regresaba hasta entrada la noche.

»Ese día no solo perdí a Isabelle, sino que marcó el inicio de una agonía que se prolongó dolorosamente en el tiempo.

»El 8 de mayo de 1945, Alemania firmó la rendición incondicional ante los aliados.

En ese momento yo contaba con diecinueve años.

Fue un gran día; hubo celebraciones en todas partes, menos en nuestra casa.

Me hubiera gustado asistir a alguna de aquellas fiestas y reunirme con gente de mi edad, pero mi padre me lo prohibió.

Él quería que estuviéramos aislados del mundo exterior. Solo vivía por y para la bodega.

»Con su habitual desapego, mi padre encontró consuelo en un nuevo proyecto: la remodelación de la bodega.

Para ello contactó con un arquitecto de la ciudad de Tours.

Tras la guerra, debido a los innumerables bombardeos que asolaron la ciudad, fueron muchos los arquitectos que se desplazaron allí para iniciar las labores de reconstrucción.

Entre ellos, un joven y brillante arquitecto: tu abuelo Bernard Lemoine.

»Bernard inició las labores de modernización de la bodega junto con mi padre. Con su ayuda, reestructuraron las instalaciones por completo, ampliaron la zona de procesamiento y la equiparon con maquinaria moderna para que resultara más competitiva.

»Mientras mi padre se centraba única y exclusivamente en el trabajo, mi madre seguía perdida en su propia locura. Nunca superó la desaparición de Isabelle, y creo que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, se sentía responsable.

»Aproximadamente un año más tarde del final de la guerra, mi madre decidió acabar con su sufrimiento y se quitó la vida.

»Aún recuerdo ese día… el sonido del viento colándose por la ventana abierta, y cómo su vestido blanco se meció como una sombra antes de caer en silencio».

La voz de Margueritte se quebró en la garganta y tuvo que cerrar los ojos para evitar el llanto. Recordar ese momento la atormentaba profundamente. Pese a que mantenían una relación distante, era su madre y la amaba.

La anciana tardó unos segundos en reponerse para poder continuar su relato.

—Primero fue Isabelle, y ahora era mi propia madre quien me abandonaba.

Al principio la odié, las odié a ambas por dejarme sola en este mundo.

Luego comprendí que mi madre estaba enferma.

Estuvo pidiendo ayuda durante años con su silencio, su mirada, su abandono físico, pero nadie hizo nada por ella.

Madeleine sabía qué significaba perderlo todo: alejarla de su familia, rivalizar por el afecto de un marido distante y controlador, perder a una hija...

Supongo que ese sentimiento de vacío constante fue insoportable.

No tuvo opción. Ahora lo sé y, aunque tardé un tiempo, logré perdonarla.

Aun así, muchas noches, cuando cierro los ojos, la imagen de su cuerpo sin vida me persigue.

Lo que Margueritte no dijo en voz alta es que se sentía culpable.

Había sido incapaz de ayudar a su madre; y de Isabelle, ¿qué había sido de ella?

, ¿por qué no había tenido el coraje suficiente para buscarla?

Y lo más preocupante, algo que la atormentaba: la laguna mental.

«¿Qué había sucedido realmente esa noche? ».

La mujer apartó esos pensamientos de su cabeza y continuó hablando.

—Mi padre se negó a admitir que ella se había suicidado. Para él, más que una pérdida, lo vivió como una afrenta. No iba a permitir el escándalo y, en lugar de ello, utilizó toda su influencia para silenciar lo ocurrido.

»El 15 de abril de 1946, pese a la oposición inicial del arzobispado, tras pagar una considerable suma de dinero mi madre recibió cristiana sepultura en el panteón familiar.

El sacerdote ofició una misa discreta a la que apenas acudió nadie, salvo unos pocos empleados de la finca y mis abuelos maternos.

El silencio durante el oficio era demoledor, cargado de preguntas incómodas que nadie se atrevió a formular en voz alta.

»Aquel día, pese a la tristeza que me invadía, fue el inicio de una nueva vida para mí.

»Mis abuelos maternos, Maurice y Odette, culparon a mi padre de la muerte de su hija y de la desaparición de Isabelle. Se enfrentaron a él.

»—Margueritte es una señorita y necesita una educación adecuada y una familia que la quiera —le espetó Odette.

»Mi abuela era una mujer fuerte. Mi madre, por desgracia, no heredó su fortaleza.

»—Te hago responsable de lo que le ha ocurrido a mi Madeleine. No dejaré que le hagas daño a la única nieta que me queda.

»Sus ojos denotaban una rabia contenida, pero también una profunda tristeza.

»Mi padre ni siquiera luchó por mí. Nunca le había importado nadie que no fuera Isabelle y, en verdad, creo que se sintió aliviado con mi marcha. Pero para mí fue un verdadero comienzo.

La voz se le quebró en algún punto que no supo precisar y, durante unos segundos, permaneció en silencio, con la mirada fija en sus manos entrelazadas.

Los recuerdos de aquellos años lejanos la habían dejado exhausta.

Élodie esperó, sin atreverse a interrumpirla.

Pero Margueritte ya no añadió nada más.