Capítulo IX
Es peligroso mirar hacia atrás, porque el pasado no siempre se deja observar sin consecuencias.
Margaret Atwood
El umbral de lo desconocido
T ras el baile de la cosecha, la Mansión Marceau recobró la quietud que parecía habitar en sus muros centenarios, como si el tiempo pudiera detenerse y llenar de melancolía cada uno de sus rincones.
Poco a poco, el trajín de invitados se disipó y cada uno retomó su vida lejos del valle que los había visto crecer.
René y Charly fueron los primeros en marcharse, ansiosos por regresar al bullicio de la gran ciudad, lejos del ambiente opresivo que suponía el entorno Marceau. No hubo despedidas emotivas ni promesas de volver pronto, solo una necesidad imperiosa de alejarse.
Étienne y Laura prolongaron su estancia unos días, aunque apenas compartieron tiempo con la familia. Era evidente que aquel paréntesis no era más que una pausa antes de regresar a su verdadera vida.
Margot y Víctor, por su parte, parecían indiferentes a todo lo que no guardara relación con el trabajo. Se levantaban al alba y no regresaban hasta entrada la noche, absorbidos por la bodega.
Después del baile, nunca volvieron a mencionar la discusión con René. Cerraron filas y se refugiaron en el negocio, como si el incidente jamás hubiera ocurrido.
Solo Margueritte decidió alargar su estancia.
No quería regresar aún a la residencia. Desde el primer día que pisó la mansión supo que algo no estaba bien.
Su hijo y su nuera la habían recibido con una petición directa: liberar el fideicomiso familiar para financiar una nueva estrategia comercial.
Pero su negativa fue clara y rotunda. Ese dinero era para sus nietos.
La reacción fue inmediata y desató la furia de su hijo.
La discusión escaló hasta que los gritos fueron lo único que quedó en el aire.
Margueritte no recordaba haber visto nunca a Víctor tan alterado.
Y Margot, con su frialdad habitual, se limitó a apretar los labios y marcharse sin decir una palabra.
«¿Por qué tanta urgencia? ¿Qué le estaban ocultando?», se repetía la anciana.
Mientras tanto, Élodie no encontraba el momento de marcharse. Algo la retenía allí, una intuición latente de que aún no había descubierto todo lo que debía saber. La desaparición del diario no hizo más que avivar sus sospechas. «¿Quién lo habrá cogido?». Necesitaba respuestas.
Esa noche, tras la cena, se retiró a su habitación con la excusa de practicar con el violonchelo.
La verdad era que no soportaba estar cerca de los suyos.
Se sentía agotada, pero no en un sentido físico, sino en uno más profundo.
Los recientes acontecimientos la habían hundido en una desconfianza absoluta hacia todos los que la rodeaban.
Aquellos a quienes más quería la habían abandonado.
Su abuela apenas salía de sus dependencias; Étienne ya no era el mismo; René y Juliette habían vuelto a París, y sospechaba que sus padres le ocultaban algo. Incluso Aurore parecía distinta. La casa, en sí misma, se había vuelto contra ella.
Élodie tomó el violonchelo, Isabelle . Se sentó a los pies de la cama y empezó a tocar.
Las notas flotaban entre sus dedos como susurros lejanos, transportándola, con todo el peso de su melodía, más allá del tiempo.
Se sintió flotar, despojándose de la realidad con una profundidad que nunca había experimentado.
Sin darse cuenta, la música la condujo hacia la habitación de Isabelle.
El sigilo se adueñó de sus pasos, como si la oscuridad misma la envolviera, asegurándose de que nadie notara su presencia.
La puerta estaba entreabierta. Sin pensarlo, cruzó el umbral, cerró tras de sí y observó cuanto la rodeaba.
La luz de la pequeña lámpara que había encendido en su visita anterior apenas iluminaba la habitación, pero no necesitaba más.
Era suficiente para distinguir los contornos de los objetos y, más allá, el espejo legendario que la llamaba en silencio.
Tomó asiento y sostuvo el violonchelo entre las piernas. El cristal le devolvió su propio reflejo, inmóvil, expectante. Al posar el arco sobre las cuerdas, un frío ajeno a la noche se filtró lentamente por la habitación y un escalofrío la atravesó sin que pudiera evitarlo.
La melodía surgió sin esfuerzo, desconocida y, al mismo tiempo, íntima.
Élodie dejó de percibir los límites del cuarto.
El vello de los antebrazos se le erizó y, aunque sus dedos se entumecieron, siguieron moviéndose con una precisión que no parecía del todo suya.
El espejo vibraba apenas, como si respondiera a cada acorde que tocaba, como si las notas pudieran atravesar el cristal y llegar al otro lado.
Las imágenes empezaron a aparecer como en un sueño, lentamente, difusas, hasta volverse claras.
La primera fue la de una joven a quien reconoció enseguida.
Era su abuela Margueritte, pero no como la conocía, sino como había sido muchos años atrás.
Ella aparecía en el centro de la escena jugando con Sophie.
A lo lejos se distinguían dos jóvenes sentadas juntas a la sombra de un ciprés, en lo que parecía un día lejano y tranquilo.
La imagen se tornó oscura cuando una sombra apareció con una presencia tan palpable que la atmósfera se volvió densa, pesada, casi irrespirable.
Élodie sintió que le faltaba el aire, pero sus dedos no dejaban de seguir la melodía, como si un poder ajeno a su voluntad la controlara.
El violonchelo, que antes había sido un compañero familiar, ahora pesaba toneladas, y sus cuerdas retumbaban bajo el peso de una angustia que no comprendía.
El olor a lavanda de su cuarto desapareció, reemplazado por un hedor a tierra rancia y sudor frío, tan nauseabundo que la garganta se le cerró. El espejo ya no reflejaba la habitación. Era una boca oscura, un abismo que se abría hacia otro mundo.
El terror no le pertenecía del todo, y aun así la atravesaba. Notó una presión en el pecho y, entre las notas, escuchó un sollozo apagado, tan cercano que no supo si provenía del otro lado del cristal o de su propia respiración.
A pesar de todo, Élodie siguió tocando con ansia, ajena al tiempo y al espacio.
Cuando el frío de la noche se volvió insoportable, Élodie despertó en el suelo. Tenía la boca seca y las manos temblorosas. Por un instante ni siquiera recordaba dónde estaba. Miró a su alrededor hasta que localizó a Isabelle a su lado. Frente a ella seguía el espejo.
Logró incorporarse con esfuerzo. La intensidad del dolor de cabeza había cedido, pero tenía un regusto amargo a sangre en la boca.
Entonces reparó en una hoja de papel que sujetaba en el puño.
La desdobló con cuidado. Era una partitura antigua, escrita a mano con trazos finos y seguros.
Recorrió las notas con la mirada, leyéndolas en silencio.
El reconocimiento llegó como un golpe suave pero certero.
Era la misma melodía. La que había tocado aquella noche.
La que había tocado antes. La que el espejo, o su propia mente, insistía en devolverle una y otra vez.
Siguió leyendo el papel hasta el pie de página. En una esquina podía leerse:
«Clare, mi luna».
—Isabelle Marceau
A la mañana siguiente, Élodie despertó en su habitación. Abrió los ojos con pesadez, se sentía abotargada, presa de una extraña confusión. «¿Ha sido real o solo un sueño?», pensó. Pero el papel seguía allí, sobre la mesita. La prueba de que no lo había imaginado.
Élodie se dirigió al baño. Al pasar por su lado comprobó que Isabelle seguía en su lugar.
Respiró aliviada antes de meterse en la ducha.
El agua caliente le quemaba la piel, pero no acallaba el malestar.
Un presentimiento oscuro, una duda que no podía silenciar.
Necesitaba respuestas, y sabía quién podía dárselas.