Capítulo VI
El amor prohibido es el más peligroso, porque nunca muere del todo.
Oscar Wilde
El diario
É lodie y Juliette se acostaron cuando el alba ya despuntaba. Apenas quedaban invitados en la pista, salvo algunos jóvenes que, con el ánimo exaltado por la bebida, se resistían a dar por terminada la noche.
A los pocos minutos de tumbarse en la cama, Juliette cayó en un profundo sopor, fruto del champán, el cansancio y la euforia de la velada.
Élodie, en cambio, no lograba conciliar el sueño.
Ver a su amiga dormir plácidamente, ajena a todo, no hacía sino intensificar su propia inquietud.
Intentando hacer el menor ruido posible, se levantó de la cama.
Antes de abandonar la habitación, rebuscó en el cajón hasta dar con el viejo cuaderno.
Cuando salió al pasillo, el silencio le resultó atronador. Por un instante, sintió que la Mansión Marceau contenía el aliento, como si guardara secretos enterrados por el tiempo.
Élodie dirigió sus pasos hacia el salón. A esas horas no había nadie despierto; el lugar era perfecto para leer sin interrupciones. Tomó asiento en un antiguo sillón junto a la chimenea. La luz de la lámpara iluminó las tapas de cuero azul cobalto, donde se leía con caligrafía elegante: Mi diario .
La curiosidad se apoderó de ella. Contuvo la respiración y, sin poder resistirse, abrió la primera página.
Mi diario
Los días pasan como sombras alargadas en la Mansión Marceau. Clare dice que no me entiende. Que hay momentos en los que me ve feliz y otros en los que parezco atrapada en algo que no puedo nombrar. No sabe que ese algo tiene un nombre: mi padre.
No sé cuándo empezó. Tal vez cuando cumplí quince años, cuando mi cuerpo comenzó a cambiar y su mirada hacia mí también lo hizo. O quizás, cuando empecé a parecerme demasiado a ella.
Me pregunto si mi padre me mira como a los viñedos: como si yo fuera algo que debe protegerse… o poseerse. Cuando entra en una habitación, el aire cambia. No hace nada malo, lo sé, y aun así siento que no respiro igual.
No sé si debería sentirme halagada o avergonzada. Solo sé que, cuando me llama por mi nombre, deseo no estar allí. Y a veces pienso que el problema soy yo, que estoy imaginando cosas que no existen.
Mamá apenas me observa. Creo que lo sabe.
Que le molesta que él me mire más a mí. Me mira como si yo fuera un fantasma, como si mi sola existencia fuera un recordatorio de todo lo que ha perdido.
Otras veces, me ignora con una frialdad que me deja helada.
A veces, sus ojos arden con algo que no puedo nombrar: ¿odio?
¿envidia? No lo sé. Pero duele. Duele más que cualquier golpe.
Élodie sintió un nudo en la garganta. Las palabras de Isabelle eran demasiado vívidas para ignorarlas. Sintió como si esa voz, escrita décadas atrás, se dirigiera directamente a ella. Pasó otra página, y de nuevo, apareció el nombre de Clare.
Hoy he vuelto a ver a Clare. La guerra parece un fantasma lejano aquí, entre los viñedos y el silencio de la mansión, pero ella sabe que se acerca.
Me dice que pronto tendrá que marcharse.
Que las cosas están cambiando. Que nosotras no tenemos futuro.
Quise decirle que mentía, que la guerra pasaría, que nada ni nadie nos separaría…
pero las palabras se quedaron en mi garganta.
Porque, en el fondo, ambas sabemos que ya estamos condenadas.
Clare es mi refugio; ella entiende lo que significa vivir en una casa donde las paredes respiran secretos.
Juntas, hemos encontrado una manera de luchar, de hacer algo que importe.
No puedo hablar de ello aquí, pero sé que estamos en lo correcto.
Aunque el mundo se desmorone a nuestro alrededor, al menos tenemos esto.
Élodie frunció el ceño. ¿De qué estaba hablando Isabelle? ¿Qué era eso que no podía mencionar? La curiosidad la consumía, pero también una extraña sensación de urgencia, como si el diario fuera una ventana a un mundo que no debía existir, pero que de alguna manera la llamaba.
Siguió leyendo, y las siguientes líneas la dejaron sin aliento.
Hoy hemos ayudado a otra familia a escapar. Clare y yo los escondimos en la cámara de la bodega, donde nadie los encontrará. No puedo decir sus nombres, pero sé que lo que estamos haciendo es importante. Aunque mi padre nunca lo entendería. Él solo ve lo que quiere ver.
La palabra cámara la atravesó como un relámpago. Recordó el grabado hallado en la bodega: C ella es la luz en mis días más oscuros.
Cuando estoy con ella, siento que el mundo no es tan cruel.
Su risa, su mirada, sus manos entrelazadas con las mías…
todo en ella me hace sentir viva. A veces, me pregunto si lo que siento por ella es correcto, pero no puedo evitarlo.
Es como si mi corazón supiera algo que mi mente no entiende.
Élodie sintió un escalofrío. Era como invadir un espacio sagrado, un secreto demasiado íntimo para pertenecerle. Pero no podía dejar de leer.
Anoche, Clare y yo estuvimos en la bodega.
No solo para esconder a los refugiados, sino para estar juntas.
En ese lugar, entre las sombras y el silencio, encontramos un refugio que nadie más puede entender.
Sus labios en los míos, sus manos en mi piel…
es como si el mundo desapareciera. Pero luego la realidad vuelve, y sé que no podemos seguir así. No en este mundo, no en esta vida.
Élodie cerró el diario de golpe, como si las palabras pudieran quemarla.
Su corazón latía con fuerza, y una mezcla de emociones la invadía: curiosidad, empatía, incluso un poco de envidia.
Isabelle y Clare habían compartido algo profundo, más allá de la amistad.
Pero también había dolor en esas páginas, una sensación de inevitabilidad que le dejó un nudo en el estómago.
—¿Qué pasó con vosotras? —susurró, acariciando la cubierta del diario.
Sabía que no podía detenerse ahora. Tenía que descubrir la verdad, por más dolorosa que fuera.
Los primeros rayos de sol se filtraban por las ventanas de la mansión cuando Aurore entró en el salón y encontró a Élodie dormida en el sillón.
Se acercó a la muchacha y, con sigilo, la cubrió con la manta que descansaba en una esquina del sofá. Fue entonces cuando reparó en el cuaderno abierto en el suelo.
Lo recogió y, antes de cerrarlo, algo la impulsó a mirar la primera página.
Isabelle Marceau, 23 de agosto de 1939.
Debajo, cuidadosamente pegado, un mechón de pelo cobrizo acompañado de una dedicatoria breve: Mi querida Clare.