Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo VII
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Capítulo VII

Nunca pensamos en lo lejos que puede llegar una ola cuando empieza a levantarse.

M. L. Stedman

Dos días después de la invasión, el primer ministro, Édouard Daladier, se dirigió a la nación en un discurso retransmitido por las principales emisoras francesas.

—Francia y el Reino Unido han declarado la guerra a Alemania —afirmó el primer ministro con voz grave y contenida, llevando consigo el peso de una decisión inevitable.

El anuncio cayó sobre la nación como un golpe seco, resonando en cada rincón del país. No había vuelta atrás. El conflicto que muchos temían, pero que aún albergaban la esperanza de evitar, se había desatado.

El mundo se asomaba al abismo y, sin embargo, en aquella casa todo parecía transcurrir como si la guerra fuese solo un rumor lejano.

—¡No puede ser! —exclamó Madeleine, llevándose una mano al pecho, con el rostro lívido.

Víctor permanecía impasible, con la vista fija en el Paris-Soir , cuyos titulares gritaban la guerra.

—Era cuestión de tiempo —repuso con frialdad, dando un sorbo a su coñac—. Los ingleses nunca tolerarían lo de Polonia.

—Pero eso significa… —balbuceó Madeleine, incapaz de completar la frase.

—Significa que estamos en guerra —concluyó Víctor, plegando el diario con calma—. Además —añadió, mirándola con desdén—, nuestros invitados están a punto de llegar. Pon tu mejor cara y deja de preocuparte por cosas que no te incumben, querida.

El tono de su última palabra la hirió como una bofetada.

Madeleine calló, como tantas veces. Recordó el día en que conoció a Víctor y cómo le había parecido el hombre más fascinante del mundo.

Ahora, en cambio, se sentía como una sombra en su propia casa…

y peor aún, sabía que la atención de su marido se dirigía cada vez más hacia Isabelle.

Esa certeza había despertado en ella unos celos silenciosos y enfermizos hacia su propia hija.

En otro tiempo, tal vez habría notado que Isabelle también parecía distante. La joven llevaba días taciturna, pero Madeleine no fue capaz de ver las señales… o, tal vez, simplemente las obvió. Bastante tenía con lo suyo y se evadía de todo aquello que la rodeaba, incluso de su propia hija.

Mientras tanto, en otra estancia de la mansión, Clare observaba el atardecer encendido en tonos rojos y anaranjados. El cielo parecía arder.

«Hoy hemos entrado en guerra», pensó, y el peso de esa verdad la hundió como una losa.

Las palabras de la radio aún resonaban en su cabeza. Sabía que su vida estaba a punto de cambiar, pero todavía no entendía hasta qué punto.

—¿Qué crees que pasará ahora? —preguntó Isabelle, sentada sobre la alfombra, hojeando un libro sin prestar atención.

Clare no apartó la mirada del horizonte.

—No lo sé. Mis padres están asustados. Dicen que Alemania no se detendrá y que, si es necesario, invadirá Francia.

Después de decir esas palabras, se giró hacia ella con la mandíbula tensa.

—Ya sabes lo que Hitler piensa de los judíos, Isabelle, y nosotros… —La frase quedó suspendida en el aire.

Isabelle tragó saliva; no quería pensar en eso. La joven no podía ni imaginar lo que significaba para Clare. Dejó el libro a un lado y se acercó a ella.

—Eso no va a suceder —dijo Isabelle mientras deslizaba los dedos por su cabello—. Mi padre dice que invadir Francia sería un suicidio para los alemanes.

—Tu padre dice muchas cosas —bufó Clare con una sonrisa sarcástica—, pero ¿tú qué piensas? —insistió.

Isabelle fue incapaz de contestar; en su lugar, miró a Clare esperando una respuesta que no se hizo rogar.

—Sabes que nos engañamos si creemos que estamos a salvo.

—¿Te imaginas que acaban ocupándonos, Clare? —logró sollozar Isabelle.

—Si llega el día… lucharemos.

Isabelle parpadeó, sorprendida. Clare lo dijo con una firmeza que nunca le había escuchado hasta ese día.

Las risas de los invitados en el salón rompieron la intimidad de ese instante. Esa noche, la Mansión Marceau celebraba una cena con importantes figuras locales. Comandantes, políticos, empresarios… todos hombres que fingían indiferencia mientras especulaban sobre el futuro de Europa.

Para ellos, la guerra aún era un tema de sobremesa, una historia que ocurría más allá de sus viñedos, más allá de la comodidad de la Mansión Marceau.

Pero para Clare, Isabelle y miles de personas como ellas, la guerra no era un tema banal.

Era una sombra peligrosa que acechaba como una fiera hambrienta, de la que pronto nadie podría escapar.

26 de junio de 2010

Cuando Élodie despertó, el salón estaba vacío.

Durante las pocas horas de sueño, las pesadillas la habían arrastrado a un lugar perdido en el tiempo.

Recordaba fragmentos difusos de una historia contada a través de recuerdos que, en realidad, no le pertenecían.

En ellos aparecían sus bisabuelos, Víctor y Madeleine, Isabelle…

y una joven de cabello cobrizo llamada Clare.

En el silencio le pareció escuchar el eco lejano de un tren que no pertenecía a su siglo.

Una oleada de miedo le recorrió el cuerpo, idéntica a la que había sentido durante su visión nocturna. ¡Le pareció todo tan real que la angustia de ser atrapada la ahogaba!

Se despojó de la manta que la cubría y buscó con apremio el viejo diario.

Su corazón se aceleró. «¿Dónde está?», se preguntó mientras se inclinaba sobre la alfombra, revisaba debajo del sillón, entre los cojines y en la mesita cercana.

Para su sorpresa, había desaparecido. Solo encontró el canto de la alfombra levemente desplazado.

Élodie, que permanecía en el suelo intentando localizar el diario extraviado, se quedó helada cuando escuchó la voz de su madre.

Margot entró al salón hablando por teléfono, tan absorta que no notó la presencia de su hija.

—Eso no es posible. Si no cambian las cosas, estamos perdidos —susurraba en un tono inusualmente quebrado.

Élodie frunció el ceño. Nunca había oído a su madre hablar así.

Tras una pausa, Margot accedió con un suspiro:

—Está bien, hazlo. Esperemos que esto sea suficiente.

De pronto, un crujido seco se intensificó hasta tal punto que Margot se giró de repente. Sus ojos barrieron la estancia y Élodie contuvo el aliento.

Cuando parecía que iba a ser descubierta, la voz de Aurore irrumpió desde el pasillo.

—Señora, la están esperando.

Margot colgó inmediatamente y salió con paso firme, sin llegar a percatarse de Élodie, que soltó por fin el aire que había estado conteniendo.

«¿Qué significaba todo aquello? ¿Con quién hablaba su madre?», pensó mientras la sensación de miedo le calaba hasta los huesos.

Juliette todavía dormía cuando Élodie entró en la habitación. El interior estaba completamente a oscuras, salvo por la tenue luz del reloj de la mesita de noche que marcaba las 12:30.

Élodie prefirió no molestarla y salió de su cuarto en silencio. Al bajar a la cocina, se encontró a René y Charly disfrutando de unas tostadas con mermelada recién hechas.

No había ni rastro de su madre. Margot prácticamente no había tenido contacto con sus hijos durante toda la mañana. Siempre había sido una mujer distante, pero su carácter se había recrudecido aún más con el tiempo.

René, sin embargo, se sentía en paz. Había encontrado el coraje suficiente para enfrentarse a sus padres y, aunque sabía que estos nunca se lo perdonarían, se sentía aliviado.

Durante la fiesta había vivido una discusión feroz con ellos.

Margot y Víctor le habían exigido mantener las apariencias por el bien de la empresa familiar.

«Estamos a punto de lanzar una nueva línea de productos», le había dicho su madre con un tono frío y calculador.

«Necesitamos que protejas la imagen de la familia».

René se había quedado sin palabras por un instante. «¿En qué mundo vivían?».

—Así que lo que realmente os preocupa no soy yo, sino la reputación de la familia —les recriminó con la voz cargada de rabia contenida.

La conversación se había salido de control. Margot y Víctor exigieron, René se defendió y, por primera vez, los tres gritaron en una discusión que rompió por completo el decoro autoimpuesto por los Marceau.

Ni Margot ni Víctor se disculparon. Tampoco lo hizo René, y dudaba de que alguno de los dos estuviera realmente arrepentido. Solo quedó un silencio cargado de rencor.

Esa misma tarde, René y Charly se marcharían. No soportaban la hipocresía que reinaba en el seno de la familia.

Ambos sonrieron con calidez cuando vieron entrar a Élodie en la cocina.

—Buenos días, dormilona —bromeó su hermano mientras le ofrecía una taza de café.

Élodie respondió con una sonrisa apagada. El recuerdo del diario perdido la carcomía. ¿Lo habría imaginado todo? ¿Se estaba volviendo loca?

Mientras miraba su taza de café, Élodie permaneció en absoluto silencio, removiendo el oscuro líquido con la cucharilla sin prestarle atención. Por primera vez, el miedo no provenía de la Mansión Marceau, sino de ella misma.

Juliette apareció al poco rato. Su aspecto era deplorable: el cabello revuelto le cubría parte del rostro y unas ligeras ojeras ensombrecían sus bonitos ojos.

—No deberías haberme dejado beber tanto —murmuró, arrastrando las palabras, antes de desplomarse en una silla.

Juliette se sirvió un café negro y lo bebió con desgana.

En un impulso, Élodie le preguntó:

—¿Crees que estoy loca?

Juliette, que hasta ese momento solo pensaba en el café, levantó la vista y la miró seria por primera vez.

—Pero ¿qué dices, tía? Si eres la persona más cuerda que conozco.

Élodie desvió la mirada. En ese preciso momento, Juliette comprendió que se trataba de algo importante.

—Vale, Élodie, cuéntame qué te pasa. —Su tono dejó de ser despreocupado y acercó la silla, dispuesta a escuchar a su amiga con atención.

La calidez en su voz le sirvió de bálsamo. Élodie respiró y comenzó a hablar. Sobre el espejo, las visiones, el diario... todos y cada uno de los detalles que la atormentaban.

Juliette la escuchó sin interrumpirla. Solo asintió de vez en cuando, concentrada en cada palabra, procesando la historia que su amiga le confiaba.

Cuando Élodie terminó, el silencio entre ambas pesaba más que las palabras pronunciadas.

Juliette exhaló lentamente, dejó la taza sobre la mesa y la miró con una mezcla de incredulidad y fascinación.

—Vale… esto sí que no me lo esperaba.

Élodie no había vuelto a ver a Étienne desde la noche del baile. Él y Laura se habían retirado temprano; Chloé requería su atención y ambos prefirieron compartir el día con su hija antes que trasnochar y acabar hechos una piltrafa a la mañana siguiente.

Habían pasado la jornada haciendo turismo. Étienne llevó a Laura y a Chloé a recorrer la finca, mostrándoles los rincones más antiguos de la propiedad. Más tarde, comieron en un encantador restaurante del pueblo.

Cuando volvieron a la mansión, Chloé dormía profundamente en su carrito, agotada por las emociones del día. Llegaron justo a tiempo para despedirse de René y Charly, quienes ya acomodaban las maletas en el coche para su regreso a París.

Desde lo alto de la escalera, Margot observaba cómo su hijo se alejaba, llevándose consigo una herida irreparable. En el fondo se odiaba por ello, pero era una mujer demasiado orgullosa para admitirlo.

Víctor, en cambio, seguía ausente, refugiado en el trabajo como de costumbre. Era su forma habitual de evadir los conflictos. Margot pensaba en ello con una mezcla de resignación y cansancio.

Élodie, en medio de todo, sintió melancolía. Le encantaba tener a toda la familia reunida bajo un mismo techo, pero siempre parecía haber algo que los alejaba.

La única que no bajó a despedirse fue Margueritte.

La anciana había pasado la noche en vela y decidió quedarse todo el día en su alcoba, bajo el atento cuidado de su fiel enfermera.

René, sin embargo, sí se despidió de su abuela; Margueritte siempre lo había comprendido más que nadie.

Desde que era niño, sus padres habían sido implacables con él.

Cada gesto suyo era corregido, cada inclinación natural era reprimida y cada expresión de sensibilidad era tachada de inadecuada.

«Si tan solo lo hubieran escuchado…». Margueritte había intentado sin éxito que lo dejaran ser libre, que no lo forzaran a encajar en una imagen masculina rígida y anticuada.

René se inclinó y depositó un tierno beso en la frente de su abuela.

«Quizás sea la última vez que lo vea», pensó Margueritte en silencio, con el corazón encogido. No quería incomodar a su nieto, que parecía querer alejarse lo antes posible.

Cuando René salió de la habitación, la anciana se quedó a solas con Geneviève. El murmullo lejano de la casa se apagó y, en ese silencio, alzó la vista hacia el ventanal. Por algún motivo, le vino a la mente un episodio del pasado…

—La guerra siempre vuelve, aunque creamos haberla enterrado —susurró con un hilo de voz, como si hablara para alguien invisible.

Élodie, que pasaba por el pasillo en ese instante, se detuvo en seco. No entendía a quién se dirigía su abuela, ni cómo su tono podía sonar tan resignado y, a la vez, tan profético.

El silencio se quebró con un golpe seco, un ruido que parecía venir de la habitación encantada. El aire del pasillo se volvió gélido, cargado de un olor a polvo y madera húmeda. Élodie notó un hormigueo en la nuca, como si alguien la observara desde la penumbra.

Instintivamente se giró hacia el pasillo, pero no había nadie. Solo aquel eco sordo que parecía insistir, como una llamada del subsuelo.

La muchacha contuvo la respiración. Entonces, muy tenue, juraría haber escuchado el roce de un arco sobre las cuerdas de un violonchelo, un sonido que no pertenecía a ese tiempo ni a ese lugar.