Capítulo V
A veces pensamos que el pasado fue un paraíso. Otras veces, que fue un infierno. Y, en realidad, solo era la vida.
André Maurois
El baile de la cosecha
A medida que la noche avanzaba, el jardín de la Mansión Marceau se llenaba de voces, de luces y del tintineo de las copas mientras los camareros servían el nuevo blanco de la casa.
Los invitados elogiaban la frescura y el equilibrio del nuevo vino, y Margot no perdió la ocasión de subrayar que aquel blanco llevaba la firma de Anne Duvaux, una de las enólogas más prestigiosas de Francia, recientemente incorporada a la bodega.
Bajo su dirección, los procesos de vinificación habían alcanzado un nivel de refinamiento inédito: la selección manual de las uvas y un cuidado casi artesanal en cada botella lo demostraban.
El prestigio de los Marceau ya no se limitaba al valle del Loira; Víctor hablaba con orgullo de las negociaciones abiertas para llevar sus caldos a mercados tan lejanos como Canadá, Sudáfrica o Japón.
Aquella noche, cada sorbo era una declaración de poder…
aunque nadie sospechaba lo frágil que era ese futuro.
Élodie observaba a los asistentes desde una esquina, con Isabelle , su violonchelo, apoyado contra la pared. Aunque estaba acostumbrada a la atención que traía su concierto anual, aquella noche se sentía distinta. Un remolino de pensamientos le nublaba la mente.
Margot había dispuesto varias sillas alineadas en el centro de la pista para que los invitados pudieran sentarse y disfrutar del recital de su hija.
Margueritte se sentó en primera fila, deseosa de escuchar a su nieta. No quería perderse ni una sola nota. A su lado, el resto de la familia permanecía en silencio, expectante ante la aparición de Élodie.
Cuando finalmente subió al pequeño escenario, un silencio reverente cayó sobre el público. La imagen de la joven descalza, con su vestido blanco, el largo cabello negro cayendo sobre los hombros y el violonchelo entre las manos, era evocadora, casi etérea.
Élodie tomó asiento, aprisionó a Isabelle entre sus muslos y cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de la mirada de todos sobre ella.
Mientras acariciaba con los dedos el arco del instrumento, rozó las cuerdas para arrancar las primeras notas.
Entonces, el mundo exterior desapareció.
Solo existían ella y la música, transportando a los presentes a un lugar donde el tiempo y el dolor no tenían cabida.
La elección de la partitura sorprendió inicialmente a Margueritte.
Claro de luna era la pieza preferida de Isabelle, y la última que le escuchó tocar.
El recuerdo la embargó con nostalgia, y su frágil cuerpo se estremeció, atrapado entre la pena y la añoranza.
Pero, a medida que la música llenaba el aire, los recuerdos le llegaron en oleadas, transportándola a otro tiempo.
La anciana, simplemente, cerró los ojos y se dejó llevar.
Mientras tanto, en el interior de la casa, una brisa ligera recorrió la estancia y arrastró consigo las notas hasta el rincón más oculto, donde el tiempo parecía haberse detenido. Entre los objetos del pasado, el espejo vibró con la misma frecuencia, como si respondiera al lamento del violonchelo.
23 de junio de 1936
Los preparativos previos al baile de la cosecha llenaban el ambiente de nerviosismo, anticipación y risas entre los más jóvenes de la mansión y sus alrededores.
Sentadas en el porche, Isabelle y Clare se susurraban confidencias, intercambiando miradas cómplices y risas discretas. Ambas parecían ajenas al bullicio de la casa, refugiadas en su propio mundo.
A unos metros de ellas, Margueritte, la hermana menor de Isabelle jugaba con Sophie, la hija de Elías Benhaïm, el capataz de la finca.
Las mayores esquivaban a las pequeñas con dulzura, deseando preservar la intimidad de su conversación.
Mientras tanto, Madeleine, la señora de la casa, ultimaba los preparativos para la fiesta junto con las mujeres de los trabajadores de la finca.
Hacia el mediodía, el carruaje de Víctor Marceau apareció en el camino de grava que conducía a la mansión. Las chicas corrieron a recibirlo con entusiasmo, y sus risas se mezclaron con el sonido de los cascos de los caballos.
Víctor descendió del carruaje con aire solemne. Su mirada se posó en Isabelle, y sus ojos se iluminaron con un orgullo innegable. Ni siquiera reparó en Madeleine, que se acercó con una sonrisa discreta, ni en Margueritte, que saltaba con alegría a su alrededor. Para él, solo existía Isabelle.
Acababa de cumplir los dieciséis años y ya no era una niña; Isabelle se había convertido en una joven de una belleza radiante.
Alta y esbelta, con una silueta que comenzaba a perfilarse con gracia, destacaba por encima de las demás muchachas de su edad.
Su cabello negro, largo y sedoso, contrastaba con el blanco impoluto de su piel, otorgándole un aire casi etéreo.
Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos almendrados, de un tono ambarino, casi hipnótico, que parecían capturar la luz de la tarde y devolverla en destellos dorados.
Madeleine observó la escena desde la distancia.
Su esposo miraba a Isabelle con una devoción que no recordaba haber visto en sus propios años de juventud.
Sintió una punzada de resquemor en el pecho, un sentimiento que no se atrevía a nombrar, pero que sí formuló en silencio: «¿Son celos, o tal vez miedo?
». Al instante, apartó ese pensamiento de su cabeza.
Víctor rodeó el carruaje y se dirigió a la parte trasera del vehículo. Envuelto entre mantas había un objeto de considerables dimensiones. Con la ayuda de Elías, su mano derecha, lograron bajarlo y trasladarlo al interior de la casa ante las miradas de sorpresa de su mujer y de sus hijas.
—Aquí estará bien, Elías —dijo Víctor mientras ambos depositaban el pesado bulto en el centro del salón.
Todos se quedaron expectantes, rodeando con curiosidad el objeto aún oculto bajo una gruesa y oscura manta.
—¿Necesita algo más, señor? —preguntó Elías con respeto.
—No, puedes retirarte —respondió Víctor con un simple gesto.
Nadie se inmutó ante la marcha del capataz. Cuando salió de la estancia, Madeleine se atrevió a preguntar:
—¿Qué es esto, Víctor?
Víctor ni siquiera respondió. Ignoró por completo a su esposa y centró su atención en su hija:
—Isabelle, ¿quieres acercarte, por favor?
No era la primera vez que Víctor la trataba como si no existiera, pero Madeleine prefirió ignorar, una vez más, el desprecio que su marido le mostraba desde hacía tiempo. Apretó los puños con disimulo; no iba a darle el gusto de verla molesta.
Isabelle miró a su madre en busca de aprobación. Madeleine tardó unos segundos en asentir con la cabeza. Con curiosidad, la joven avanzó hacia su padre, que la recibió con una sonrisa de satisfacción.
—Esto es para ti —anunció Víctor, mientras la apremiaba a retirar las mantas.
Isabelle se acercó y desveló el objeto oculto. Se trataba de un espléndido espejo de cuerpo entero con un marco tallado con exquisito detalle.
Un murmullo de asombro llenó el salón.
Víctor observaba a su hija. Quería ver su reacción, y su cara de asombro no hizo más que llenarle de gozo.
—Es… hermoso, papá —logró articular la joven.
—No es solo un espejo, Isabelle.
La muchacha lo miró con curiosidad, esperando a que continuara.
—Es parte de algo más grande. Está hecho con la misma madera de tu violonchelo.
Isabelle parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo…?
Víctor esbozó una sonrisa enigmática.
—Hace años, cuando retiramos un viejo arce de la finca, supe que debía hacer algo especial con esa madera. Primero, mandé fabricar tu violonchelo a un prestigioso luthier de la escuela cremonesa.
Isabelle sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y el espejo?
—Lo encargué después. Supervisé cada detalle del marco y le pedí al ebanista que tallara las notas de tu melodía favorita.
Con dedos temblorosos, Isabelle recorrió el marco con la mirada hasta encontrar la delicada inscripción.
Las notas de Claro de luna de Debussy estaban grabadas en la madera.
Fue entonces cuando algo se agitó por dentro: un presentimiento, una advertencia silenciosa que no supo descifrar. Algo en ese regalo no estaba bien.
Madeleine no dijo nada, pero el espejo la inquietaba. Parecía devolver una luz especial y eso, por algún motivo, le hizo sentir frío.
Después de la última nota, el público estalló en aplausos, y los recuerdos de Margueritte se desvanecieron como arrastrados por un viento insistente, llevándola de vuelta a un lugar lejano al que, por desgracia, jamás podría regresar.
La melancolía nunca es buena aliada y, para la anciana, que había vivido atrapada en ella los últimos meses, era la prueba tangible de que su final estaba cerca.
Precisamente, había regresado a la Mansión Marceau con un triste e inevitable propósito: despedirse del único lugar que alguna vez consideró su hogar.
Sin embargo, desde hacía tiempo le sobrevolaban pensamientos vagos, sueños…
o quizás, recuerdos fragmentados que la visitaban como sombras esquivas.
Su hermana Isabelle aparecía en ellos con insistencia.
A veces la veía riendo, otras veces llorando, pero siempre, siempre, con una expresión de súplica, como si intentara mostrarle algo que a ella se le escapaba.
Ese fue uno de los motivos que la llevaron de nuevo a la mansión.
Tal vez, entre esas paredes, lograra hallar las respuestas que necesitaba antes de abandonar este mundo para siempre.
Élodie, en cambio, apenas escuchó los aplausos y vítores que resonaban a su alrededor. Al bajar del escenario, tuvo la sensación de que había tocado algo más que música esa noche, y un cansancio que no era físico se apoderó de ella.
El resto de la velada transcurrió con aparente normalidad.
Tras la cena, los invitados continuaron bailando, riendo y bebiendo hasta altas horas de la madrugada.
Sin embargo, Élodie se mostró más distante, sumida en un retraimiento poco habitual en ella.
Algo en su actuación le había provocado una sensación inexplicable que no logró sacudirse en toda la noche.
Pero hubo algo más. Un pensamiento persistente la mantenía en vilo: el diario.
Aquel misterioso cuaderno que ahora descansaba en un cajón de su habitación.
Por el contrario, Juliette no paró quieta en toda la noche. Se entregó al baile con la mayoría de los jóvenes, como si quisiera exprimir cada instante, deseando que la velada nunca terminara.
En otro rincón de la pista, René y Charly, ajenos a las miradas de reprobación de sus padres y a los murmullos de los invitados más conservadores, se dejaban llevar, compartiendo una intimidad que solo se permitían en los ambientes más liberales de París.
Margueritte, turbada en parte por los viejos recuerdos que la asaltaban y vencida por una vejez que no le daba tregua, decidió retirarse a sus aposentos acompañada de Geneviève.