Capítulo IV #3
La luz tenue del lugar empezó a desvanecerse, y Élodie sintió que algo la arrastraba de vuelta al presente. Un instante después, se encontró de pie frente al espejo, jadeando y con la pequeña lámpara aún en la mano.
Respiró hondo, intentando calmarse. La sábana que había retirado yacía en el suelo, pero ahora, con la mirada más clara, observó algo que antes no estaba allí. Junto a la sábana había un pequeño cuaderno, idéntico al que había visto en la visión.
—¿Qué está pasando aquí? —murmuró mientras su mente intentaba encontrar una explicación lógica.
Los pasos de alguien en el pasillo la hicieron sobresaltarse. Reconoció la voz de su madre, seca y autoritaria, dando instrucciones al servicio. Élodie apagó la lámpara de golpe, cubrió el espejo de nuevo y salió de la habitación con el cuaderno apretado contra el pecho.
Al llegar al pasillo, intentó parecer calmada, pero su mente era un hervidero de preguntas: ¿quién era Sophie?, ¿qué significaba el grabado? y, sobre todo, ¿qué secretos escondería el viejo cuaderno? Su malestar no le permitió ver la sombra que se retiraba sigilosamente del quicio de la puerta.
A las siete y media, Juliette entró en la habitación de Élodie sin llamar, cargando una gran bolsa en una mano —con el vestido y los accesorios para el baile— y, en la otra, una pequeña maleta. Aquella noche se quedaba a dormir en la Mansión.
Élodie escuchó el ruido desde la ducha.
—¿Eres tú, Juliette?
—¿Quién si no? ¿O acaso esperabas a alguien?
Élodie sonrió ante el comentario mientras Juliette entraba en el baño cargando un neceser.
—Traigo las pinturas de guerra.
—Mira que eres burra —respondió Élodie al salir de la ducha, envolviéndose en la toalla.
Ambas continuaron preparándose para el baile. Élodie apenas había terminado de secarse el cabello cuando, desde el vestíbulo, llegaron las voces de Margot y Víctor. Se detuvo un instante, atenta a los sonidos que ascendían desde la planta baja.
Margot y Víctor, ya listos para la fiesta, aguardaban en el salón para recibir juntos a los invitados.
Para la ocasión, Margot había elegido un vestido negro largo, ceñido al cuerpo y de escote pronunciado, sobre el que destacaba una gargantilla de oro blanco rematada en un diamante de talle medio.
Su porte, impecable, irradiaba una elegancia fría, casi distante.
Víctor, por su parte, vestía un esmoquin negro de corte clásico, sobrio y perfectamente ajustado.
Ambos estaban tomando un coñac cuando Étienne y Laura entraron en el salón. Étienne, al igual que su padre, vestía un impecable esmoquin. Laura, más atrevida, había optado por un vestido rojo que realzaba el tono de su piel.
Con el ajetreo de los preparativos, Margot y Víctor no habían tenido ocasión de saludar a sus hijos.
Étienne besó a su madre en la mejilla y estrechó la mano de su padre con una sonrisa medida.
Laura, en cambio, se limitó a un gesto rápido.
Su educación había sido distinta y detestaba los formalismos de su familia política.
La atmósfera se tensó con la llegada de René, que entró del brazo de Charly.
Al cruzar el umbral, los ojos de Margot se entrecerraron. Víctor, aunque intentó mantener la compostura, dejó entrever una leve contracción en la mandíbula.
René llevaba meses preparándose para aquel momento. Sabía que presentarse juntos como pareja en la Mansión Marceau no sería fácil, pero ya no estaba dispuesto a seguir ocultando una parte esencial de su vida.
—Mamá, papá —dijo René con una mezcla de firmeza y nerviosismo—. Quiero presentaros a Charly Durand. Es… muy importante para mí.
El silencio que siguió fue casi ensordecedor. Margot apretó los labios, conteniendo las palabras que realmente quería escupir. Víctor, por su parte, se limitó a asentir ligeramente, evitando mirar a Charly.
—Un placer conocerlos —dijo Charly, extendiendo la mano con una sonrisa educada.
Tras un instante tenso, Víctor le estrechó la mano con un gesto breve.
—Señor Durand, encantada —dijo Margot con frialdad antes de girarse hacia el mueble bar y servirse otra copa, sin añadir nada más.
El silencio volvió a caer sobre el salón como una losa. Laura estaba a punto de intervenir cuando aparecieron Élodie y su amiga.
—¡René! —exclamó Juliette al tiempo que corría hacia él y lo abrazaba con fuerza—. ¡Me alegra tanto que hayas venido!
Tras unos segundos, Juliette se volvió hacia Charly con su habitual desparpajo.
—Y tú debes ser Charly. ¡Bienvenido a la Mansión Marceau! —dijo, levantando las manos con teatralidad mientras señalaba cuanto los rodeaba.
Juliette se había criado prácticamente en la mansión y siempre había sentido a René como parte de su propia familia.
Conocía bien la distancia de sus padres, las frases medidas, el rechazo disfrazado de cortesía.
Por eso, al saber que había venido con su pareja, decidió mostrarse abiertamente a su lado y, de paso, incomodar a Margot.
La espontaneidad de Juliette aflojó ligeramente la tensión y arrancó algunas sonrisas, salvo de Margot y Víctor, que detestaban aquel tipo de familiaridad.
Sin embargo, por primera vez en años, René sintió que había dado un paso definitivo hacia la libertad.