Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo IV #2
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Capítulo IV #2

Élodie se tumbó en la cama con la intención de dormir un poco, pero los nervios previos al baile no la dejaron reposar ni un instante. Además, desde hacía un par de noches, no dejaba de pensar en la habitación encantada, aquella que perteneció a Isabelle.

La curiosidad y la ansiedad no la dejaban en paz.

Decidida, salió al pasillo intentando hacer el menor ruido posible y se encaminó hacia el ala oeste, pasando frente al resto de los dormitorios hasta llegar a su destino.

La puerta estaba cerrada, pero cedió con un leve chirrido cuando hizo girar el pomo con suavidad.

El interior estaba prácticamente a oscuras, sin rastro de la luz que había visto aquel día.

Contuvo la respiración antes de entrar y, una vez dentro, cerró a sus espaldas.

El corazón de Élodie latía con fuerza mientras buscaba a tientas el interruptor, guiándose por el débil haz de luz que se colaba entre las rendijas de las persianas y se disolvía en una neblina fina, casi irreal.

Al encender la pequeña lámpara, la estancia quedó bañada por un resplandor tenue que parecía no terminar de asentarse. El tiempo se volvió espeso, inmóvil. Nada de lo que la rodeaba parecía del todo real.

Todo permanecía exactamente como lo habría dejado su dueña años atrás.

Frente al tocador distinguió un cepillo de púas finas con mango de nácar y varios frascos de perfume alineados con una precisión inquietante.

No había rastro de polvo ni huella de abandono, como si alguien hubiera ordenado la habitación poco antes de su llegada.

Élodie no se atrevió a tocar nada; simplemente se limitó a observar conteniendo la respiración.

Al abrir uno de los armarios encontró vestidos de otra época colgados con un cuidado casi ceremonial.

El roce leve de las telas despertó en ella una sensación difícil de nombrar, una cercanía íntima con la mujer que había habitado aquel espacio, como si compartieran algo más que la sangre.

Avanzó hacia el espejo con la lámpara en la mano y retiró con cautela la sábana que lo cubría.

Al principio, el cristal devolvió su reflejo, pálido y expectante.

Luego, la superficie se onduló apenas, como si el vidrio respirara, y en esa vibración apareció una forma imprecisa. Esta vez era la silueta de una niña.

—Soy Sophie —susurró una voz que no supo ubicar.

La luz de la lámpara pareció inclinarse hacia el interior del espejo, y el aire a su alrededor se volvió más denso. Élodie sintió un leve mareo. El suelo bajo sus pies dejó de ser firme. Un olor a humedad y piedra antigua le llenó los pulmones.

La mansión se plegó y, cuando volvió a abrirse, el reflejo había cambiado.

Era la bodega, pero no como ella la conocía.

Las paredes parecían más toscas; el espacio, más estrecho, sin rastro de las reformas posteriores.

Reconoció aquel lugar no por haberlo visto así en persona, sino por las fotografías antiguas que colgaban ahora en la bodega actual, testigos mudos de su transformación.

Élodie miró a Sophie, intrigada por la intensidad de su mirada. La niña no parecía atemorizada, pero había una urgencia en sus gestos que hizo que Élodie diera un paso hacia adelante.

—Ven conmigo —susurró Sophie, girándose rápidamente y avanzando hacia el fondo de la bodega.

Élodie la siguió sin pensar. Cada paso resonaba en el suelo de piedra, amplificado por un silencio opresivo. La bodega era la misma y, al mismo tiempo, no lo era. El aire resultaba pesado y, en uno de los rincones, un hilo de luz se filtraba por una rendija para caer sobre el suelo.

—Aquí.

Élodie se inclinó para observar mejor. Entre el polvo y las sombras distinguió un grabado apenas visible. Se arrodilló y pasó la mano por la superficie rugosa, revelando lentamente unas letras y unos números: C & I - 13·9·1941.

—¿Qué es esto…? —murmuró.

La niña no respondió. Señaló la pared contigua al grabado. A simple vista no había nada extraño, pero Élodie percibió un desnivel casi imperceptible en la piedra. Pasó los dedos por la superficie hasta encontrar un resquicio oculto.

Élodie frunció el ceño y presionó ligeramente. Hubo un leve clic, y la pared cedió unos centímetros hacia atrás. Su corazón latía con fuerza mientras empujaba con ambas manos, revelando una pequeña puerta camuflada en la piedra.

La madera, desgastada por el tiempo, crujió al contacto.

Con un chirrido agudo, la puerta se abrió lentamente, dejando al descubierto una estrecha escalera que descendía hacia un nivel más profundo de la bodega.

Un aire viciado salió de la abertura, y Élodie, con la lámpara temblando en su mano, dudó por un instante antes de bajar.

El descenso la condujo a una pequeña sala de paredes de piedra desnudas y suelo de tierra compactada.

A primera vista parecía completamente vacía, pero en un rincón llamó su atención una vieja mesa de madera.

Sobre ella descansaba un cuaderno polvoriento y un viejo candil cuya mecha parecía no haber sido encendida en décadas.

Élodie extendió la mano hacia el cuaderno, pero un ruido abrupto la detuvo en seco.

Era el retumbar de una puerta que se cerraba con fuerza, seguido del golpeteo de unas botas pesadas sobre el suelo, como si alguien hubiera entrado apresuradamente.

En su mente escuchó los gritos apagados de alguien, como si el eco de un tiempo lejano aún resonara en las paredes de la bodega.