Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo IV
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Capítulo IV

La jaula más segura sigue siendo una jaula.

Franz Kafka

La llamada del recuerdo

E l día amaneció espléndido, con un cielo despejado y un aire cálido que prometía una velada inolvidable. En la Mansión Marceau, el bullicio aumentaba con cada minuto que se acercaba la llegada de la noche, y los preparativos para la fiesta se intensificaban conforme el reloj avanzaba.

El jardín se había transformado en un escenario de cuento de hadas.

Cascadas de luces colgaban desde la fachada principal hasta unas columnas improvisadas, decoradas con flores frescas, que delimitaban la pista de baile.

En una esquina, un escenario de madera esperaba a los músicos, mientras largas barras, dispuestas a ambos lados del jardín, prometían bebidas para saciar a los invitados.

Margot avanzaba entre los camareros y floristas con la misma severidad con la que regía su propia vida.

Descendiente de una familia aristocrática venida a menos, había encontrado en Víctor la oportunidad de recuperar un esplendor perdido.

No en vano repetía a menudo la máxima de Wallis Simpson: «Nunca se puede ser demasiado rico ni demasiado delgado».

Un credo que había convertido en regla de conducta.

Aquella obsesión por la perfección se reflejaba ahora en la minuciosa organización del baile, donde cada detalle debía hablar de la grandeza de los Marceau.

Más allá, una imponente carpa blanca se alzaba entre los viñedos.

En su interior, mesas redondas engalanadas con manteles de lino y centros florales aguardaban a los comensales.

El personal del catering , siguiendo las instrucciones de Margot con una precisión casi militar, trabajaba sin descanso para asegurarse de que todo estuviera perfecto.

Cada detalle —desde la disposición de los cubiertos y la vajilla de fina porcelana hasta la alineación de las copas y la elección de los mejores vinos de la bodega maridados con cada plato— debía reflejar el buen gusto y la sofisticación que caracterizaba a la familia.

Todo apuntaba a que la noche sería inolvidable, aunque bajo el resplandor de las luces se adivinaba una tensión silenciosa.

Como todos los años, después de la cena, Élodie ofrecería un pequeño concierto para marcar el inicio del baile.

Para Víctor, aquel momento tenía un significado especial: lo veía como un símbolo de renovación y de continuidad.

Lo que había comenzado como una anécdota —ver a una niña, apenas más grande que el instrumento, arrancar un sonido tan magistral con sus diminutos dedos— pronto se convirtió en una tradición esperada por todos.

A medida que Élodie crecía, también lo hacía su talento, y su música se transformó en el preludio mágico de la velada.

El pueblo entero esperaba con ansias escuchar a la pequeña de los Marceau, cuya música poseía una calidad casi sobrenatural, como si de verdad la mansión respirara con cada nota.

Estaba previsto que Étienne y René también asistieran a la fiesta. En la familia Marceau, las tradiciones no se discutían: se acataban. La presencia de todos era innegociable, aunque la convivencia resultara forzada.

Los hermanos aprendieron a dosificar su estancia, reservando su llegada para el último momento, como quien entra en un territorio hostil con la cuenta atrás marcada.

Étienne acudió acompañado de su esposa, Laura, y Chloe, su hija de tres años. René, por su parte, llegó de la mano de Charly Durand, su nueva pareja.

Élodie estaba feliz; hacía tiempo que no veía a sus hermanos y se alegró de que estuvieran todos reunidos bajo el mismo techo.

—¡René! —gritó Élodie desde la escalera con efusividad, antes de lanzarse a sus brazos.

René, el mediano de los tres, era un hombre muy alto y de complexión extremadamente delgada, lo que le confería un aire frágil, casi lánguido.

Su aspecto era siempre impecable, fruto de un cuidado minucioso por los detalles.

Vestía con elegancia, siguiendo las últimas tendencias, y coordinaba con precisión cada uno de sus complementos: desde la montura de sus gafas hasta el pañuelo anudado al cuello, pasando por los colores de su americana y sus zapatos.

Con gestos ligeramente amanerados, René vivía su identidad con orgullo y naturalidad, excepto cuando visitaba la Mansión Marceau.

Aunque toda la familia sabía que era gay, el tema permanecía como un tabú.

Para Margot, y especialmente para Víctor, su orientación era un asunto incómodo, algo que preferían ignorar en un vano intento de mantener las apariencias.

La libertad que le ofrecía París, junto con su trabajo en una prestigiosa galería de arte, lo habían llevado a establecer allí su residencia habitual.

En esa ciudad, René se sentía en casa, lejos del peso de las expectativas familiares.

Tras un saludo efusivo y unos atropellados segundos para ponerse al día, René presentó a Charles, o Charly, como lo llamaban en su círculo más íntimo.

—Charly, esta es Élodie, mi encantadora hermana —dijo René con cariño.

Charly se inclinó y depositó dos besos en sus mejillas.

—Encantado de conocerte. Tu hermano me ha hablado mucho de ti. Estoy deseando escucharte tocar esta noche —añadió con una voz melosa que provocó un ligero rubor en Élodie.

Al igual que René, Charly vestía a la última, pero su estilo era más informal y desenfadado.

Con unos jeans y una camiseta ajustada que dejaban entrever un cuerpo definido, resultaba el contraste perfecto a la pulcritud clásica de René.

Su complexión fuerte y su altura, aunque notable, no sobrepasaba la de su pareja.

Élodie, aún algo cohibida, no acertó a responder al cumplido. Por suerte, en ese preciso momento, un coche gris metalizado se detuvo frente a las escaleras de la mansión.

El elegante Tesla pertenecía a Étienne, el mayor de los tres hermanos, quien hacía su entrada con la misma sobriedad que lo caracterizaba.

A sus treinta y un años seguía manteniendo una presencia imponente, realzada por un estilo clásico y elegante.

Étienne y su esposa Laura vivían al sur de Francia, cerca de los Pirineos, donde llevaban una vida discreta pero acomodada.

Ambos trabajaban en un prestigioso bufete de abogados, y en el último año Étienne había sido ascendido a socio, un logro que marcaba un cambio importante en su vida.

Aunque este éxito les había proporcionado mayor estabilidad económica, también implicaba nuevas responsabilidades y un ritmo de vida más exigente, algo para lo que Laura parecía no estar del todo preparada.

Étienne bajó del vehículo y se acercó a saludar a sus hermanos. Al reparar en Charly, una fugaz mueca de preocupación cruzó su rostro, pero se disipó al instante al ver a Élodie.

—¿Cómo estás, hermanita?

En un gesto espontáneo, Étienne abrazó a su hermana, la alzó del suelo y ambos giraron como una peonza, recuperando por un instante la alegría despreocupada de la infancia.

Élodie adoraba a sus hermanos, pero tenía una conexión especial con Étienne. Pese a la considerable diferencia de edad, él siempre había sido su protector, el hermano mayor que había estado a su lado en los momentos difíciles.

Después del abrazo, Étienne se giró hacia René, quien observaba la escena a cierta distancia, como siempre había sido su costumbre.

Con una sola mirada, René supo leer el gesto de desaprobación en el rostro de su hermano.

Ambos se fundieron en un abrazo, al tiempo que Étienne le formulaba una sola pregunta:

—¿Los papás lo saben? —susurró con una mezcla de preocupación y reproche.

El gesto resignado de René fue suficiente respuesta.

Los Marceau habían establecido una especie de acuerdo silencioso respecto a la orientación de su hijo: él podría llevar la vida que quisiera, siempre que no pusiera en riesgo el buen nombre de la familia.

«Nada de hombres en casa», había dictaminado el patriarca con un tono despectivo que no admitía réplica.

René había acatado la orden sin rechistar, hasta el día de hoy.

—Étienne, deja que te presente a Charly —dijo René, separándose de su hermano con cierto nerviosismo.

Charly le brindó la mejor de sus sonrisas mientras extendía la mano con naturalidad. Étienne, tras un breve instante de vacilación, aceptó el gesto y se la estrechó con firmeza.

—Un placer conocerte. Tu hermano me ha hablado mucho de ti.

—Me temo que no puedo decir lo mismo —respondió Étienne con un tono que parecía más bien un reproche.

Sin embargo, tras una breve pausa, esbozó una ligera sonrisa y añadió con voz más cálida:

—El placer es mío.

René, que contenía la respiración, exhaló aliviado al ver que su hermano aceptaba a Charly sin más comentarios.

Laura, que llevaba a Chloe en brazos, se la entregó a Élodie y se acercó con curiosidad. Sus ojos oscuros, herencia de sus raíces españolas, parecían escudriñarlo.

—Charly, esta es Laura, mi mujer —dijo Étienne.

Saltándose cualquier formalismo, Laura abrazó a Charly.

Era su manera de mostrar aceptación, directa y sincera.

Había crecido en un entorno muy distinto al de su marido.

Pasó los primeros años de su vida en España, y ese ambiente forjó en ella un temperamento cálido, abierto y extrovertido.

Precisamente fue ese carácter luminoso lo que cautivó a Étienne desde el primer momento en que se cruzaron.

—Bienvenido a la familia —susurró con una sonrisa franca que, sin embargo, parecía contener un aviso velado.

Charly, algo sorprendido, le devolvió la sonrisa mientras observaba a aquella mujer menuda, de piel morena y largo cabello de un negro brillante que le alcanzaba hasta la cintura.

Eran más de las cuatro de la tarde, y la calma precedía a la algarabía que traería consigo la noche. Después del ajetreo del día, todos se habían retirado a sus respectivas habitaciones para descansar antes de la fiesta.