Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo III
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Capítulo III

Los espejos han sido siempre portadores de desgracia. Reflejan lo que ven, pero también lo que ocultan.

Patrick Rothfuss

La mujer del espejo

Q uedaba tan solo un día para la celebración del baile de la cosecha, y el ajetreo en la Mansión Marceau era incesante. Proveedores, jardineros, floristas y personal del catering iban y venían, inundando la casa de ruido y movimiento.

Era tal el bullicio que Élodie tuvo que retirarse a su habitación para poder ensayar. Pero incluso allí llegaba el estruendo. Desesperada por encontrar algo de calma, cogió a Isabelle y se dirigió en busca de un rincón donde reinara el silencio.

La Mansión Marceau, construida a mediados del siglo XVIII por el renombrado arquitecto Émile de Lafontaine, seguía siendo un símbolo del clasicismo francés.

Originalmente diseñada para reflejar la riqueza y el prestigio de la familia Marceau, la casa contaba con una imponente fachada simétrica, altos ventanales adornados con celosías de madera y un tejado de pizarra que se alzaba majestuoso sobre los viñedos circundantes.

Pero aquel esplendor tenía un precio. De sus dos alas, solo la este seguía habitada; la oeste llevaba años sellada, como si custodiara un tiempo que ya no les pertenecía.

Cuando los hermanos mayores de Élodie, Étienne y René, se independizaron, sus padres decidieron clausurar varias habitaciones, preservándolas como reliquias de otro tiempo.

Mientras avanzaba por los pasillos silenciosos, Élodie pensó que mantener en pie semejante casa debía de costar una fortuna. Cada puerta cerrada parecía ocultar no solo muebles cubiertos de polvo, sino también los secretos de quienes la habían habitado.

Rara vez se aventuraba al ala oeste. Por eso le sorprendió el destello plateado que provenía de una de las habitaciones.

Una puerta, que siempre permanecía cerrada, estaba entreabierta, dejando escapar una luz desde su interior.

Se acercó despacio. Al escuchar el crujido de sus pasos resonando por el pasillo, contuvo la respiración, empujó la puerta y cruzó el umbral.

El interior de la habitación estaba a oscuras, salvo por un rincón donde una sábana cubría el objeto que emitía la luz. El aire olía a polvo y a tiempo detenido.

A medida que se acercaba, sintió cómo el silencio que la rodeaba se espesaba.

Retiró la tela con cuidado y descubrió un antiguo espejo de cuerpo entero.

El marco, de madera oscura, estaba delicadamente tallado a mano con motivos musicales: partituras en espiral, liras, arpas...

todo entrelazado en un diseño armonioso, casi hipnótico.

En la esquina superior derecha distinguió unas pequeñas notas grabadas en la madera. Reconoció de inmediato un fragmento de Claro de luna , de Claude Debussy. La sorpresa la dejó inmóvil.

Entonces advirtió la luz. No provenía de las rendijas ni del pasillo. Era una claridad tenue, irregular, como si el espejo respirara en la penumbra.

Fascinada por aquel objeto, Élodie sintió un impulso repentino, casi ajeno.

Colocó una silla frente al espejo, apoyó a Isabelle entre sus piernas y tomó el arco.

Al rozar las cuerdas, el primer acorde llenó la habitación con una suavidad engañosa.

Sus manos se movían solas, sin esfuerzo, como si recordaran un gesto antiguo.

A medida que la melodía avanzaba, algo cambió en el aire: la temperatura descendió apenas lo suficiente para erizarle la piel.

El olor de la habitación se transformó. La cera y la madera vieja dejaron paso a una humedad densa, terrosa. Le costaba respirar.

El arco pesaba más de lo habitual y, aun así, no pudo detenerse. El espejo ya no devolvía su reflejo con nitidez; la superficie parecía ondular, como agua inmóvil a punto de romperse.

Durante un instante, o tal vez fueron muchos, el tiempo dejó de tener sentido.

No había paredes ni techo, solo la música vibrándole en el pecho y una presión extraña, ajena, que no sabía nombrar.

Un sollozo apenas audible se filtró entre las notas, tan leve que no supo si provenía del cristal o de su propia garganta.

Cuando la última nota se extinguió, el silencio cayó con un peso físico.

Élodie parpadeó, desorientada. Separó a Isabelle con cuidado y se levantó despacio, como si temiera alterar algo invisible.

Avanzó hacia el espejo y recorrió el marco con la yema de los dedos, siguiendo las curvas talladas, la madera gastada por otras manos.

Al tocar el cristal, una sacudida le atravesó el brazo.

Retiró la mano de golpe. El espejo devolvió una imagen imprecisa, una que no era del todo ella.

Entre los reflejos, creyó distinguir una figura femenina, apenas un contorno, un rostro sin rasgos definidos, como visto a través de un recuerdo mal enfocado.

Élodie contuvo la respiración. Conocía aquel rostro, aunque no sabía de dónde.

El espejo palpitaba como si respirara, atrayéndola.

Extendió la mano otra vez, pero, antes de llegar a tocar la superficie, la silueta se disipó, dejando tras de sí solo su reflejo pálido y una inquietud que le cerró el estómago.

Súbitamente la embargó una sensación de mareo y tuvo que apoyarse en la pared para no desvanecerse.

Cubrió el espejo con un gesto torpe y salió de la habitación sin mirar atrás.

Al cerrar la puerta, supo que había traspasado un límite que aún no comprendía y que aquel objeto no la dejaría marchar tan fácilmente.

La visita a la «habitación encantada», como decidió bautizarla, había dejado en ella una inquietud persistente. Se preguntó si todo había sido fruto de su imaginación. Consideró contárselo a Juliette, pero desistió. Decidió investigar por su cuenta antes de compartir lo ocurrido con nadie.

Esa noche, Élodie no pegó ojo. Todos sus pensamientos giraban en torno a la mujer del espejo.

Su identidad seguía siendo una incógnita y, aunque había intentado recordar, no lograba descubrir dónde la había visto antes.

Aquella sensación de familiaridad y misterio la mantenía en un estado de intranquilidad constante, como si algo importante estuviera a punto de revelarse.

A la mañana siguiente, Élodie se levantó temprano. Su incesante malestar la había mantenido en vilo toda la noche y, agotada de dar vueltas en la cama, decidió ponerse en movimiento.

Aurore trasteaba por la cocina cuando entró Élodie.

—¿Dónde vas tan temprano? —preguntó la mujer, alzando la vista con sorpresa.

—No podía dormir, Aurore —respondió Élodie con un leve encogimiento de hombros.

Aurore no dijo nada. La conocía desde que nació y sabía que, si algo le preocupaba, no se lo diría a nadie. Era una joven reservada. Aun así, insistió:

—¿Estás nerviosa por el baile?

Élodie negó con la cabeza. En realidad, ese tipo de eventos le tenían sin cuidado.

Prefería pasar desapercibida y quedar con grupos reducidos de amigos.

Eludía los convencionalismos sociales y aborrecía ser el centro de atención.

Sabía que esa noche, ella y su familia pasarían por el escrutinio feroz de todo el pueblo.

Lo había vivido desde que tenía uso de razón.

Tras desayunar un café con leche acompañado de unas tostadas con mermelada, Élodie decidió salir a despejarse. No eran ni las siete de la mañana y el aire olía a salvia y a tierra húmeda.

Los campos comenzaban a llenarse de jornaleros que caminaban entre las hileras de vides, arrancando hojas innecesarias y brotes rebeldes. Aún quedaban más de dos meses para la recogida del fruto, y vigilaban cada planta como si guardara un tesoro.

El paisaje lucía radiante. Ni una sola nube cubría el cielo, como si la naturaleza se hubiera vestido con sus mejores galas.

Los viñedos se extendían como un tapiz ondulante de verdes intensos.

Las cepas, alineadas con una precisión casi matemática, se alzaban sobre sus estacas, y las hojas vibraban suavemente con la brisa templada del principio del verano.

Todo un espectáculo para la vista y el olfato.

Mientras caminaba, Élodie se dejó llevar por el ritmo pausado de la campiña, intentando calmar la inquietud que aún la acompañaba.

No podía dejar de pensar en la mujer del espejo y, sin pretenderlo, se encontró de nuevo subiendo las escaleras hacia los dormitorios, más concretamente hacia la habitación encantada.

Sin embargo, al pasar frente a la puerta entreabierta del dormitorio de su abuela, se detuvo en seco.

Margueritte, como si tuviera un sexto sentido, detectó su presencia de inmediato.

—Élodie, eres tú, ¿verdad? —preguntó con firmeza desde el interior.

La joven suspiró. Su abuela podía reconocer a cualquier miembro de la casa por la cadencia de sus pasos o el sonido que hacían al caminar.

—Anda, pasa y hazle un rato de compañía a tu abuela —añadió con tono autoritario, pero cariñoso.

Élodie, aunque frustrada, no pudo negarse.

Siempre que entraba en ese cuarto, sentía que retrocedía en el tiempo.

Para Margueritte, aquella habitación era su santuario.

Aunque vivía en una lujosa residencia en Évian-les-Bains, donde el clima era más amable con sus cansados huesos, solía pasar largas temporadas en la Mansión Marceau.

Después de todo, seguía siendo la propietaria en usufructo de la casa.

Tras la muerte de Bernard, su esposo, con quien había compartido más de cuarenta años —«los mejores de mi vida», pensaba Margueritte con cierta añoranza—, decidió conservar aquel dormitorio tal y como lo disfrutaron en vida.

La habitación, la más grande y soleada de la casa, había sido el refugio del matrimonio durante décadas. Cuando Víctor y Margot se casaron, habilitaron otra estancia para ellos, dejando el espacio intacto para Margueritte.

Élodie entró en el vestíbulo que daba a la habitación.

Margueritte estaba sentada en un coqueto sillón con amplias orejeras, que recientemente había sido tapizado en color crema a conjunto con las cortinas.

A su derecha, una amplia chimenea presidía la estancia, más bien como un elemento ornamental, pues desde que se instaló la calefacción central ya no se utilizaba.

—Acerca esa silla y siéntate a mi lado —ordenó Margueritte, señalando una silla cercana con un gesto de su mano.

Élodie obedeció sin protestar y se acomodó junto a ella. Sobre el regazo de Margueritte reposaba un libro grueso, de aspecto antiguo, mientras en la mesita a su izquierda descansaban una jarra de leche, un par de tazas y un plato de dulces que Aurore había dispuesto poco antes como desayuno.

—Toma un dulce, cariño. ¡Están tan ricos! Si no me ayudas me los zamparé todos.

Élodie sonrió débilmente mientras tomaba uno. Aunque su mente seguía rondando la habitación encantada y el espejo, no podía evitar sentirse intrigada por el libro que sujetaba su abuela.

—Geneviève ha ido a Tours. Tenía que comprarme unas medicinas y, de paso, despejarse un poco, ¡que falta le hacía! —dijo Margueritte, llevándose uno de los dulces a la boca.

La mujer observó que su nieta miraba el objeto de su regazo con curiosidad y, anticipándose a su pregunta, le aclaró:

—Es un viejo álbum de fotos. ¿Quieres verlo?

Élodie asintió mientras tomaba el álbum de manos de su abuela. Era un libro voluminoso, con una cubierta de cuero burdeos y el apellido Marceau grabado en el lomo con letras doradas. Al tacto, el material era suave y, pese a los años, se conservaba en excelente estado.

Cuando Élodie abrió la página, comenzaron a desfilar imágenes de sus antepasados. Margueritte señalaba cada foto, revelando la identidad de los rostros desconocidos.

—Estos son tus bisabuelos —dijo la anciana, señalando una foto en blanco y negro donde aparecían un hombre y una mujer.

La mujer llevaba un vestido largo cuyo color era indescifrable, pero su expresión irradiaba felicidad. A su lado, un hombre de semblante serio, vestido con un elegante traje negro.

—Mis padres, Madeleine y Víctor Marceau, el día de su boda. Mi madre era preciosa, ¿verdad? —comentó Margueritte con nostalgia—. Se llevaban varios años, pero se querían mucho.

Élodie reconoció el retrato, lo había visto antes en un mueble del salón.

Era la única foto antigua que se exhibía en la Mansión Marceau.

Las demás imágenes pertenecían al presente: instantáneas de Élodie, sus hermanos y padres; de la boda de Étienne con Elena; de su sobrina, Chloe; y muchas de los viñedos y la bodega durante su remodelación.

Mientras pasaban las páginas, Élodie observaba con fascinación momentos clave en la vida de sus antepasados. Fotos de París durante el viaje de novios de Madeleine y Víctor, y más tarde, imágenes de sus hijas: Isabelle, la mayor, y Margueritte, una rechoncheta bebé al lado de su hermana.

Sin embargo, algo captó la atención de Élodie. En una foto, Madeleine parecía mucho más vieja de lo que debería ser. A pesar de su juventud, sus ojos tristes y las ojeras marcadas hablaban de un cansancio que iba más allá de lo físico.

Ambas fueron pasando páginas, hasta que una imagen despertó de nuevo la curiosidad de Élodie. Ante sus ojos aparecía la mujer del espejo.

—Es ella —susurró sin poder contenerse.

En la foto, Isabelle aparecía casi idéntica a la figura del espejo: la misma ropa y el mismo gesto, aunque en la fotografía el rostro era más nítido, más humano.

Margueritte notó un cambio de actitud en su nieta cuando vio la imagen de su hermana.

—El parecido es sorprendente, ¿verdad? —preguntó la mujer.

Élodie asintió, sin dejar de mirar a Isabelle. Ahora conocía la verdadera identidad de la mujer del espejo: era su tía abuela. Aunque había oído hablar de ella, nunca le contaron su historia completa.

—Esta foto fue tomada antes de que la guerra lo destruyera todo. ¡Se la veía tan feliz! —Margueritte suspiró al pensar en su hermana.

—¿Qué le pasó? —preguntó Élodie, incapaz de contener su curiosidad.

El rostro de la anciana se ensombreció, y dudó unos segundos antes de responder:

—Desapareció, pero eso fue hace tanto tiempo…

Élodie sintió un escalofrío al escuchar aquellas palabras. Hasta ese momento, nunca se había preguntado qué había sido de Isabelle. Pero ahora sabía que su historia estaba envuelta en un misterio que la inquietaba profundamente.