Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo II
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Capítulo II

En las familias, lo más importante casi nunca se dice.

Natalia Ginzburg

L a casa despertó temprano, aunque no todos sus habitantes lo hicieron al mismo tiempo.

Cuando Élodie bajó a la cocina, el aroma del café recién hecho ya impregnaba el aire.

Margot estaba sentada a la mesa, impecable como siempre, con una taza de café entre las manos. A sus cincuenta y ocho años, poseía una apariencia sofisticada. Vestía un conjunto claro y unos zapatos de tacón alto que no parecían conocer el descanso.

Margot hojeaba el periódico con gesto concentrado, las piernas cruzadas y la espalda recta.

—Veo que por fin te has levantado —comentó, sin apenas levantar la vista del periódico.

—Buenos días, mamá —respondió Élodie, acercándose para darle un beso en la mejilla.

Margot dio un sorbo al café y continuó pasando hojas de forma mecánica, ajena a la presencia de su hija.

Fue Aurore quien rompió el silencio.

—Siéntate, niña. El café aún está caliente. Esta mañana no quise despertarte muy temprano. Parecías agotada.

El rostro de la joven se iluminó con una felicidad pura, casi infantil.

Élodie obedeció sin pensarlo. Desde que tenía uso de razón, era Aurore la que disponía en la cocina y en el resto de la casa.

La mujer se movía con la naturalidad de quien conoce cada rincón de la mansión: abriendo y cerrando armarios, colocando tazas, revisando el horno como si la casa respondiera a su sola presencia.

Había servido a la familia Marceau toda su vida.

Entró como doncella con apenas dieciséis años y, ahora, con más de sesenta, era quien llevaba las riendas de la casa.

Margot dio un sorbo a su taza y volvió a centrar la atención en el periódico. No preguntó cómo había dormido su hija ni mencionó la velada de la noche anterior. La normalidad, cuidadosamente mantenida, se imponía como una regla no escrita.

—¿Dormiste bien? —preguntó Aurore mientras dejaba un plato frente a Élodie.

—Sí —respondió y, tras una breve pausa, añadió—: Muy bien.

Aurore la observó con atención, recorriéndola de arriba abajo con una mirada experta, casi maternal.

Margot cerró el periódico con un gesto seco y se levantó.

—Esta mañana tengo varias reuniones en la bodega —anunció mientras se colocaba el bolso al hombro—. El baile requiere una organización impecable. No podemos permitir errores.

—Por supuesto —respondió Aurore.

Margot asintió y abandonó la residencia familiar en su todoterreno, dejando tras de sí su inconfundible fragancia floral.

La campiña era extensa, y la bodega familiar, situada a dos kilómetros al oeste de la Mansión Marceau, era el epicentro de la producción vinícola.

Cuando se quedaron a solas, Aurore repasó el aspecto de Élodie de arriba a abajo, como si quisiera asegurarse de que nada le faltaba.

—¿Seguro que comes bien? Te veo más delgada —inquirió frunciendo el ceño.

—Sí, Aurore —respondió Élodie con un deje de resignación en la voz. Siempre le decía lo mismo cuando regresaba de París.

—Ya… —protestó la mujer con una sonrisa ladeada—. Para eso estoy yo. En unos días recuperarás el color de las mejillas. Seguro que con tanto ensayo se te olvida comer.

Aurore se acercó y le acomodó un mechón de cabello tras la oreja, un gesto que repetía desde que era niña.

Élodie suspiró, acostumbrada al escrutinio cariñoso de Aurore.

—¿Y qué tal el Conservatorio? —continuó la mujer, como si quisiera ponerse al día con todo lo que había pasado en esos meses de ausencia.

—Me va muy bien. No te preocupes por mí —respondió la muchacha con un tono tranquilizador, aunque sabía que Aurore seguiría insistiendo.

Élodie era una joven alta y delgada como su madre, pero a diferencia de ella, poseía una belleza frágil, casi etérea, que ocultaba una fortaleza y obstinación fuera de lo común.

—En serio. Estoy bien —protestó finalmente, sonriendo para apaciguarla.

Aurore negó despacio, sin convicción.

—Ya veremos. Aquí te pondremos en tu sitio.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló. El silencio no resultaba incómodo. Era un silencio compartido, lleno de pequeñas rutinas y gestos conocidos.

—Tu abuela aún duerme —dijo Aurore en voz baja, como si temiera que alguien pudiera escucharla—. El viaje la dejó cansada.

Aunque no lo dijo en voz alta, estaba preocupada por la anciana. Había presenciado la discusión familiar desde un segundo plano, como siempre. La tensión vivida confirmaba la gravedad del asunto. Además, percibió que durante la cena Margueritte parecía ausente y apenas había probado bocado.

Élodie asintió.

—Me alegró mucho verla.

—Y a ella seguro que también. Ya sabes cuánto te quiere —añadió.

Élodie terminó de desayunar y se levantó despacio.

—¿Ensayarás hoy? —preguntó Aurore finalmente.

—Quizá más tarde.

—No te fuerces —le aconsejó.

En la finca, Élodie siempre encontraba la paz que buscaba. Además, necesitaba despejarse y recapacitar sobre lo que había escuchado la noche anterior.

Aurore, viéndola salir con una mezcla de orgullo y nostalgia en los ojos, añadió:

—Ve con cuidado, niña.

Élodie sonrió. Aurore había formado parte de su vida desde siempre. Para ella, era mucho más que una empleada.

Al salir de la cocina, se detuvo un instante en el pasillo. Desde allí pudo oír la voz apagada de su padre procedente del despacho. No distinguió palabras concretas, solo el tono grave de Víctor hablando por teléfono. Dudó unos segundos si entrar, pero decidió seguir su camino.

Cuando abrió la puerta de la calle, el suave viento de verano le rozó la piel como una caricia. Durante un breve instante, le devolvió la paz que siempre sentía en aquel lugar.

Élodie caminó sin rumbo durante un rato, dejando que el paisaje la envolviera. Pensó en la noche anterior, en las voces, en la música, en la presencia inesperada de su abuela, y sintió un presentimiento difícil de nombrar.

Se detuvo bajo el ciprés que coronaba la ladera. Desde allí, la mansión, recortada entre los viñedos, se veía pequeña, casi vulnerable.

El viento arrastraba un olor denso y dulzón del heno recién cortado, mezclado con hierbas aromáticas como el tomillo, el romero y una fragancia suave de lavanda.

Élodie cerró los ojos un instante, dejando que aquella quietud le atravesara el pecho. No sabía por qué, pero aquel lugar le resultaba extrañamente familiar, como si hubiera estado allí muchas veces sin recordarlo.

Al abrir los ojos, apoyó la mano en la corteza rugosa del ciprés y sintió cómo pequeños fragmentos se desprendían bajo sus dedos.

Permaneció así unos segundos, inmóvil, con los brazos rodeando el tronco, consciente de que aquel punto del valle guardaba algo que todavía no estaba preparada para comprender.