Los secretos de la Mansión Marceau Capítulo I #2
8%

Capítulo I #2

—¡Qué alegría tenerte en casa! ¿Cómo van las clases? Cuéntame todo… —comenzó a decir Víctor, pero Margot lo interrumpió antes de que pudiera continuar.

—Venga, que podéis hablar durante la cena. No hagamos esperar a nuestras invitadas —protestó, mientras tomaba a Víctor del brazo y le instaba a que las acompañaran al comedor.

Élodie, que aún llevaba la bolsa con la ropa colgada del hombro, se excusó:

—Permitidme unos minutos para arreglarme. Enseguida estoy con vosotros.

Su madre la increpó con la mirada, pero no dijo nada.

Mientras subía apresuradamente las escaleras que conducían a su habitación, Élodie no pudo evitar preguntarse de qué estaban discutiendo sus padres con su abuela.

La joven notó que había cierta incomodidad en la sala y el eco de algunas palabras, sin sentido para ella, retumbaba en su cabeza: «mamá, por favor», «lo necesitamos», «mis nietos», «tierras» y una palabra que se le quedó grabada sin comprender del todo: «hipoteca».

Nunca había oído a su padre emplear un tono tan áspero.

Con el corazón acelerado, empujó la puerta de su cuarto, dejó la bolsa sobre la cama e intentó distraerse.

Entró en el baño, se despojó de los vaqueros y de la camiseta, y, todavía con un nudo en el estómago, abrió la maleta sin deshacer.

Tras revolver entre la ropa, localizó por fin un discreto vestido azul a rayas, ideal para la cena que comenzaría en apenas media hora.

Al mirarse en el espejo, no supo si el temblor en su interior provenía del frío o de las palabras escuchadas.

A los pocos minutos, abandonó de nuevo su cuarto en dirección a la planta baja.

Cuando entró en el comedor, todos estaban sentados tomando un aperitivo.

El ambiente seguía siendo tenso. Sus padres presidían la mesa.

Élodie ocupó su silla, a la derecha de Víctor.

Frente a ella estaba Margueritte y a su lado la discreta Geneviève.

—Dígame, señorita Martin, ¿cómo soporta a mi madre? —preguntó Víctor en broma mientras bebía un sorbo del excelente Pouilly-Fumé blanco.

—Por favor, llámame Geneviève. Le aseguro que es un placer cuidar de su madre —respondió la mujer, que no gozaba de mucho sentido del humor.

—Es verdad, Víctor, a mi edad hago lo que me place —dijo Margueritte, siguiéndole el juego a su hijo—. Ya ves, he sido capaz de arrastrar a Geneviève por toda Francia para venir a veros.

El tono de la conversación cambió cuando Margueritte añadió con un suspiro:

—Tengo tantas ganas de asistir al baile de la cosecha...

Al terminar la frase, la melancolía había arrastrado a la anciana por las abruptas sendas del pasado.

Élodie notó un cambio en la mirada de su abuela, una mezcla de nostalgia y tristeza.

Margueritte llevaba años sin asistir al baile. Aunque la Mansión Marceau había recuperado parte de su esplendor gracias a los esfuerzos incansables de Víctor y Margot, para ella nunca volvió a ser lo mismo después de la guerra.

La cena se prolongó hasta bien entrada la noche.

Las conversaciones, distendidas, giraron en torno a la salud de Margueritte, el estado de los viñedos y, cómo no, los estudios de Élodie en el Conservatorio.

No hubo ni rastro de la tensión que Élodie había percibido antes, y los presentes parecían disfrutar de la mutua compañía.

En un momento de la velada, Víctor le pidió a Élodie que tocara el violonchelo. Aunque cansada, la muchacha aceptó con una sonrisa para complacer a su padre.

Unos minutos después, apareció en el salón con Isabelle entre las manos. Los presentes se acomodaron en silencio, incluso Aurore, que se colocó discretamente en una esquina, expectante.

Los dedos de Élodie comenzaron a acariciar las cuerdas con delicadeza, arrancando bellas notas que flotaron en el aire como susurros, entremezclándose con los crujidos silenciosos de la vieja casa.

Había elegido el Adagio para violonchelo en sol menor de Tomaso Albinoni, una de sus piezas preferidas, cuya melancolía y profundidad siempre la llevaban a un estado de completa abstracción e intimidad con cada una de las notas que le arrancaba a Isabelle .

Élodie se abandonó al placer de la música, como solo ella sabía hacer, perdiéndose en cada nota y dejando que Isabelle se expresara con voz propia.

La melodía llenó la estancia con un magnetismo casi palpable, y todos los allí reunidos quedaron paralizados, temerosos de respirar siquiera por miedo a romper el hechizo.

Durante unos minutos, la Mansión Marceau pareció detenerse en el tiempo.

Margueritte cerró los ojos y los recuerdos de otro tiempo la envolvieron.

En su mente, vio a Isabelle sentada en ese mismo salón, tocando con la misma pasión y delicadeza que Élodie.

Las imágenes se mezclaron con el presente, y una lágrima rodó lentamente por su mejilla.

No era tristeza, era la nostalgia dulce y amarga de quien sabe que algunas cosas nunca regresarán.

Entonces, cuando la última nota se apagó y el arco descansó en silencio, un crujido seco resonó en lo alto de la sala, como si algo, tras una puerta cerrada, hubiera cedido.

Nadie pareció notarlo salvo Élodie. Al alzar la mirada, vio un destello en el viejo espejo del corredor.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Por un instante tuvo la certeza de que no estaban solos.